El manuscrito Capítulo 45
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Capítulo 45

Cuando abrió los ojos, una luz intensa inundaba la habitación.

Los rayos del sol hacían brillar las molduras de la puerta.

La villa estaba sumida en el silencio, y se escuchaba al mar cantando en la bahía, animado por el grito de las gaviotas.

Por la ventana, las cumbres de las dunas habían cambiado de forma, más suaves, más redondeadas, como si las nubes hubieran caído del cielo.

Bajó las escaleras con calma, envuelta en su camisón. El delicioso olor le recordó los instantes felices del pasado. A Jullian le encantaba cocinar. Cuando entró en la cocina, su marido vertía una cucharada de aceite sobre los trozos de carne que se doraban en la sartén.

—Arroz al curry. Creo que es una de mis especialidades.

No sabía hasta qué hora dormirías, así que he aprovechado para ir a hacer la compra para la cena de Nochebuena para nosotros y mi padre.

He cogido el coche, conducido y encontrado un supermercado sin plantearme demasiadas preguntas.

Está bien, ¿no? He tenido que utilizar el efectivo que llevaba en la cartera, porque he olvidado que…

En fin, ¿te sabes el código de mi tarjeta?

Jullian se apoyó el dedo índice en la sien.

—Guardado. He comprado marisco, foie gras y chardonnay . Creo que te gusta todo, ¿no?

Léane asintió y sonrió con cierta timidez.

—También he limpiado un poco. Ya me he deshecho del polvo negro de las huellas, que estaba por todas partes… No quiero más malas vibras en esta casa.

Léane no era capaz de deshacerse de la sonrisa que se dibujaba en su rostro. Los recuerdos se agolpaban en ella. Jullian estaba allí, como si nada hubiera pasado. Se acercó para abrazarla. Luego se apartó y la miró a los ojos.

—Te prometo que llegará el momento en que entenderé lo que pasó. Te prometo que voy a luchar por recuperar la memoria y seguir haciendo lo que llevaba haciendo desde hacía cuatro años: buscar la verdad.

Le enseñó su ordenador portátil, ya encendido. Después de haber borrado su contenido cinco días atrás, lo había vuelto a coger y había empezado a reinstalar aplicaciones. En la pantalla y saliendo de la impresora, había montones de artículos sobre el caso Jeanson.

—Y, si tengo que empezar de cero, que así sea. No voy a rendirme. Tú estarás aquí, conmigo, y vamos a reconstruirlo todo juntos, ¿te parece?

Ella asintió y se sentó a la mesa. Jullian sirvió dos platos.

Luego se sentó en el sitio de siempre. ¿Al azar?

¿Por reflejo? ¿O sería una mejora progresiva de su memoria?

Léane comió, aunque sin apetito. El plato estaba demasiado picante, pero disimuló.

Evidentemente, no dejaba de darle vueltas al tema de Barbara, a sus descubrimientos en el despacho del psiquiatra y a Giordano.

Tenía que ir a verlo a toda costa, forzarlo a hablar hasta el final, hasta que escupiera la verdad, porque ya no podía más.

Era inviable caminar al borde del abismo de por vida.

La pesadilla tenía que terminar de una vez por todas.

Pero ¿cómo podía hacer una ida y vuelta de Berck a Ambleteuse durante el día con la presencia de Jullian? ¿Cómo mentirle? ¿Cómo salir de la situación inextricable en la que se había metido sin que él se enterara?

Sonó el timbre de la puerta principal. Jullian se levantó antes de que a Léane le diera tiempo a reaccionar.

—Ya voy yo.

Abrió la puerta, con una mano apoyada en el marco.

Al principio se quedó paralizado, y luego dio un paso atrás, boquiabierto.

Léane se irguió como una cobra y, al igual que su marido, se quedó inmóvil, hipnotizada.

Sintió cómo una flecha envenenada le atravesaba el corazón: la sensación de saber que había llegado el momento tan esperado y temido al mismo tiempo.

El individuo tras la puerta era el mesías y la muerte encarnada.

Por fin sabrían la verdad…

Era ahora.

Era el momento.

Entonces se precipitó hacia la puerta, con la impresión de moverse a cámara lenta, como si el rostro aterrorizado de Jullian estuviera atrapado en una masa blanda.

Lo primero que vio del hombre —sabía que se trataba de un hombre incluso antes de que apareciera en su campo de visión— fue el zapato izquierdo lleno de arena, seguido por un guante negro que sostenía una identificación policial: era imposible no identificar ese azul, blanco y rojo que se veía en la esquina derecha.

No era especialmente alto, pero sí delgado como un palo, con una postura algo desgarbada.

Era un tipo que, en otra vida —en un mundo mejor, donde las cosas fueran más justas y donde los niños pudieran crecer felices junto a sus padres—, probablemente habría sido alguien amable, a pesar de la seriedad grabada en su rostro y de las profundas ojeras negras que demostraban que él tampoco dormía mucho.

Y, si se había desplazado hasta allí en Nochebuena, no era por gusto.

Se quedó ahí plantado durante unos segundos.

Luego se aclaró la garganta, como si no lo hubiera podido hacer antes, en su coche o fuera, poco importa dónde, lo único que importaba era que hablara de una vez, que soltara lo que Léane temía desde hacía mil días, o millones de segundos, tantos como latidos del corazón y punzadas en los pulmones.

—Me llamo Vic Altran y este de aquí es mi compañero, Vadim Morel. Somos tenientes de la brigada de investigación criminal de Grenoble… Nos reunimos con el señor Bercheron en la comisaría de Berck antes de venir a verlos. Nosotros…

Léane se fijó en la presencia de Colin, que entró en la casa con ellos, en último lugar; la cabeza un poco gacha, incapaz de alzar la mirada. Léane ya no escuchó lo que siguió a aquellas palabras y se derrumbó en los brazos de Jullian.

Sarah estaba muerta.