Capítulo 44
Léane dejó caer el abrigo y se abalanzó a los brazos de su marido. Lo abrazó fuerte, con el rostro hundido en el hueco de su hombro. No quería pensar en nada más. Tan solo anhelaba quedarse así, los dos, en la despreocupación del momento presente.
Pasó las manos por su cabeza, con delicadeza alrededor de la herida, le acarició las orejas, la nuca.
Luego lo besó y se apartó un poco para poder observarlo mejor.
Vestía ropa vieja, una camisa que le quedaba demasiado larga.
A pesar de los hematomas y su rostro todavía un poco hinchado, le pareció que estaba guapo.
Siempre le había parecido atractivo, con o sin sus arruguitas, incluso recién levantado o cuando era más joven e iba siempre despeinado.
Había adelgazado mucho desde la última vez que lo había visto, antes de que se publicara el libro. Sentía sus huesos.
—¿Te han dado el alta?
—Sí. Me dejaron firmar los papeles del alta a primera hora de la tarde; Bercheron estaba presente. De hecho, ese tío siempre está en todas partes. Le prometió al personal del hospital que me traería a casa, y aquí estoy. ¿Dónde estabas?
—He tenido que hacer una escapada rápida a París. Tenía unos asuntillos pendientes con la editorial. Me habría gustado estar en el hospital para…
—Ni lo pienses, todo ha salido bien. Volveré a las sesiones con el logopeda el día después de Navidad. Por cierto, el poli se había dejado la cartera en la mesa.
Jullian señaló con la barbilla los restos de polvo negro sobre los muebles, los cristales y los pomos de las puertas.
—Bercheron me lo ha explicado todo sobre el parásito.
El robo con allanamiento de hace dos meses, todo lo que se sabe acerca de mi agresión…
Me enseñó el cuaderno con sus notas, las fotos con esa palabra escrita en el maletero del cuatro por cuatro…
VIVA . Y también la historia del gorro. Es incomprensible, es horrible. Yo…
—No debería haberte contado nada de eso, me correspondía hacerlo a mí. Lo siento.
Léane se sentía enfadada con Colin, pues estaba convencida de que intentó forzar y agredir la memoria de Jullian. Este último se sentó y apoyó la cabeza entre las manos.
—Yo soy el que lo siente, por no acordarme de nada, por haberte dejado así, en medio de la niebla.
Pero te admito que para mí también es difícil.
Me encantaría entender qué ha pasado, qué ha podido pasarme, lo que…
, lo que hacía en esta casa durante los momentos en los que ya no estábamos juntos.
Tiene que haber una explicación para todo lo que ha sucedido.
Léane se sentó a su lado y se acercó a él, hombro contra hombro. Miró la pantalla de la televisión, pausada en la imagen de un vídeo antiguo en el que ella misma había grabado a Jullian haciendo el tonto a la orilla del mar, cerca de Wimereux, creía recordar.
—Lo acabaremos entendiendo. Descubriremos la verdad, los dos juntos. Estoy convencida.
—¿Crees que la verdad está escondida en las profundidades de mi mente?
—Eso espero, Jullian. Lo espero de todo corazón.
El viento soplaba bajo las tejas, la lluvia golpeaba los cristales. Se dirigió al mueble bar, cogió un vaso y lo agitó en el aire.
—Ni siquiera sé qué servirte. No sé qué te gusta ni qué odias. No sé nada sobre ti.
—Me gusta el whisky . Una escritora no podría beber otra cosa. Y odio el vodka, la cerveza y el gin-tonic .
Jullian también se sirvió un trago. Brindaron y, en el momento en que sus vasos chocaron, unos destellos tristes y alegres brillaron en sus ojos.
Ese vacío abismal a su alrededor, la carencia, la ausencia de Sarah…
Léane tenía ganas de cogerlo del brazo y llevárselo al fuerte, de hacer que se enfrentara con Giordano, de explicárselo todo, pero eso habría sido tomarlo como rehén, volverlo enemigo de sí mismo.
Y, además, ¿qué decisión podría llegar a tomar ante aquel hombre encadenado?
Jullian se levantó, bordeó la librería y luego el ventanal. Ya no se veía nada afuera, entre las gotas, los relieves de las dunas y el largo pasillo de tinieblas que se precipitaba hacia la bahía azotada por el viento.
—¡Este sitio es precioso!, tan puro y salvaje.
Y esta villa… Me siento bien aquí. Es curioso porque, por un lado, siento que todo aquí me resulta familiar: la colocación de los objetos, la atmósfera…
Sí, he vivido en estas estancias y he acariciado estos muebles, estoy convencido en lo más profundo de mi ser.
Pero, por el otro, es como si visitara esta casa por primera vez en mi vida.
Léane apretó los labios y no dijo nada. ¿Cómo no pensar en Giordano y llegar a la conclusión de que eran dos personas con los días contados?
En algún momento tendrían que liberarlo para impartir justicia, y entonces serían ellos los que acabarían encerrados; a no ser que él no fuese el culpable y que no le hubiese hecho daño a Sarah.
Su teléfono empezó a sonar y ahuyentó esos pensamientos. Daniel Évrard, su contacto en la Policía judicial de Lille, intentaba ponerse en contacto con ella. Dudó si contestar, pero era importante. Le hizo un gesto a Jullian.
—Mi editor…
Se aisló en la cocina y respondió la llamada.
—¿Sí? ¿Daniel?
—Ya sé quién es Nathan Miraure. Tengo un expediente sobre él delante de mis narices. Pero no es el tipo de cosas que se deberían contar así, por teléfono… Quizá deberíamos hablar en persona y…
Léane miró a su marido a lo lejos. Analizaba los libros de la librería y tocaba los objetos colocados sobre los muebles con la mirada perdida, dirigida hacia los ventanales, como si intentara recordar. Acto seguido, susurró:
—Explícamelo, por favor. Ahora mismo se me complica un poco acercarme hasta Lille. Es tarde, mi marido acaba de salir del hospital…
—No me gusta la idea, pero vale. El caso sucedió en 1991…
Léane arrastró una silla y se sentó; la ansiedad, poco a poco, iba en aumento.
—Nathan Miraure tenía diecinueve años por aquel entonces. Era un joven de Calais, desempleado. Fue encarcelado por violación en febrero de 1991, y se lo encontraron colgando del techo con una sábana en su celda una semana más tarde. Se había suicidado.
—¿En… encarcelado por violación, dices?
—Sí, violó a una niña llamada Barbara Vuillard. Tenía dieciséis años en el momento de los hechos. Al igual que tú, según el expediente… Erais amigas.
Léane se sintió como si acabara de recibir un balonazo en el pecho: uno de esos que te dejan tirado en el suelo y te cortan la respiración.
Barbara había sido su mejor amiga en el colegio y hasta cuarto de secundaria.
Siempre estaban juntas, hasta que su amiga se mudó…
, aunque Léane no era capaz de recordar adónde.
—Sucedió durante el Carnaval de Dunkerque, en febrero.
Aquel día, habíais quedado un grupo de cinco chicas.
Barbara conoce a Miraure en una cafetería, la noche de la procesión de carnaval en Malo-les-Bains.
Fiesta, alcohol, locura… Perdéis de vista a tres de vuestras amigas, cuando habíais quedado en que no os separaríais.
El grupo se divide y te encuentras sola con Barbara y Nathan Miraure, que no se despega de vosotras en toda la noche.
El tipo propone acompañaros de vuelta a casa, pasando por la playa y las dunas.
Espera a que estéis solas para ponerse muy insistente con tu amiga.
Ella se niega, tú intentas interponerte, pero él saca un cuchillo…
Te prohíbe que te muevas y que grites, luego te obliga a sentarte en la arena.
Durante ese tiempo, viola a Barbara delante de ti.
Tengo las fotografías del… del estado de tu amiga, pero te ahorro los detalles.
La Policía arrestó a ese animal unos días más tarde.
Léane se encogió en su asiento, como un animal herido. No recordaba nada. Ni un grito, ni una imagen.
—No… no me acuerdo. Eso no… No, no es posible.
—Siento contártelo de este modo, Léane, pero tú estabas allí, tu identidad aparece por escrito en el informe.
No fuiste capaz de testificar porque no recordabas nada, ni siquiera cómo habías salido del carnaval, como si hubieras estado bajos los efectos de GHB.
Pero no tenías ni rastro de ningún estupefaciente en la sangre, ni siquiera de alcohol, pues no bebías.
El informe redactado por el psicólogo menciona una «amnesia traumática».
Para protegerte, tu cerebro creó una especie de burbuja alrededor de aquel episodio.
Por desgracia, Barbara no tuvo esa suerte.
Lo que tus ojos vieron aquella noche está ahí, en lo más profundo de tu ser, pero de una forma inaccesible.
No soy psicólogo, pero me atrevería a decir que la elección de tu seudónimo, años más tarde, es como si…
En fin, parece una especie de fuga de tu subconsciente hacia tu consciencia.
Por más que Léane rebuscara en lo más profundo de su mente, las imágenes no regresaban, pero el sufrimiento sí estaba presente.
De hecho, siempre había estado ahí de manera implícita, surgido desde la parte más oscura de su memoria.
A pesar de que no recordaba la tragedia, sí recordaba los silencios de sus padres, sus ojos sombríos cuando les preguntaba por qué su mejor amiga no volvía al instituto y por qué ya no quería verla.
Ahora comprendía su angustia cuando salía de fiesta o iba a lugares públicos abarrotados…
Y eso entre muchas otras cosas más. La verdad estallaba en ese instante, un cuarto de siglo después, en medio de uno de los peores momentos de su vida.
Jullian entró en la cocina y le dedicó una mirada interrogadora.
—Tengo que dejarte. Gracias por todo.
Colgó sin darle tiempo a responder, a punto de estallar de dolor, pero se contuvo porque debía hacerlo, porque nada de todo aquello tenía sentido. Se abalanzó sobre el vaso, que vació de un trago antes de seguir con otro.
En 1991, la fecha de publicación del libro de Michel Eastwood. Así que lo había leído, pero había formado parte de la burbuja de amnesia, había sido borrado de su conciencia, como la violación de Barbara. Inaccesible, pero no borrado del todo, solo guardado bajo llave.
Al igual que Jullian, también tenía la memoria fracturada, pero de otra manera, y ese recuerdo infecto que su propio inconsciente le había robado sin duda había hecho de ella la escritora que era.
Del horror de una noche había nacido su éxito.
Jullian le quitó el vaso de las manos.
—¿Qué ha pasado?
Si no hacía nada, acabaría por derrumbarse.
Así pues, lo besó con el deseo de amar y de dar que le atravesaba el cuerpo hasta las entrañas.
Y era él, su marido, Jullian, quien iba a llevar su luz, mientras ella guardaría la oscuridad dentro de sí, como siempre había hecho, porque ese era su destino: vivir permanentemente detrás de un seudónimo, otro yo, un doble insólito, un espejo engañoso que no reflejaba la verdad.
«Barbara… Perdóname…».
Y la rueda de los sentidos comenzó a girar, transportándola.
Sentía como si unos pétalos de flor estallaran tras sus párpados, como si el zumbido de unas alas hiciera estremecer sus muslos.
Y el fuego del deseo ardió, un verdadero géiser que la aturdió y apartó los pensamientos oscuros para dar paso a la violencia abrupta de un segundo nacimiento: el alumbramiento de una nueva vida en pareja, a pesar de las tormentas, los fantasmas y los vendavales que los rodeaban.
Cuando Jullian la llevó hasta la cama, con el sonido del viento que gritaba entre las tejas y las gotas del mar proyectándose contra la fachada, ella no dejó de besarlo, como si quisiera recuperar el tiempo perdido, los meses de abstinencia y sufrimiento.
Sentía el cuerpo arder, cada latido en sus arterias, la electricidad de los nervios bajo su piel.
Y, cuando recuperó el sentido, no fue la resurgencia de su relación lo que la guiaba, sino su instinto.
Todo fue muy rápido por la carencia, esa misma carencia que impide tomarse el tiempo, que acelera los segundos y comprime los minutos.
¿Quedaba la memoria del amor? Jullian había perdido su delicadeza, sus gestos atentos, sus caricias tan particulares.
Léane esperaba que le mordisqueara las orejas, los pechos, pero no hubo tiempo ni recuerdos, solo ese vaivén devastador, su cuerpo delgado aplastado contra el suyo, su pecho en llamas.
Y, en medio de todos esos destellos incandescentes, en su mente vio los rostros girar ante sus ojos: Sarah, Barbara, Roxanne, Giordano.
Capturó ese último rostro, esa cara hinchada, ese ojo derecho magullado, y no lo soltó.
Mientras disfrutaba, lo imaginaba en el fondo del fuerte, muriéndose.
Que se muriera ese hijo de puta, de hambre, de sed, de frío, de dolor incluso, ya que a ese cerdo le gustaba eso: el dolor.
Iba a sufrir, la vocecita dentro de ella se encargaría de ello.
Entonces gruñó, una mezcla de ira y placer, un sonido extraño, y Jullian gruñó también, con la boca abierta contra su hombro. Temblaba como un recién nacido.
Cuando terminaron, exhaustos y aturdidos, él se dio la vuelta y se tumbó de lado; el pecho ambarino en la oscuridad del cuarto, como la cima de una duna; el rostro azorado, desbordante de inocencia e ingenuidad.
Se acurrucó junto a él, que dormía del lado opuesto al que solía pasar la noche.
Más tarde, bajo el efecto combinado del alcohol, los medicamentos, el cansancio y todo lo demás, fue consciente del abismo que sentía Jullian, porque ella también padecía amnesia.
«Amnesia traumática», había dicho el policía.
Por más que intentaba recordar, no era capaz.
Se podía vivir con ello; la amnesia no dolía, hasta que te dabas cuenta de que ciertos fragmentos de tu vida habían sido robados por tu propio cerebro y quizá nunca te los devolvería.
Por eso Giordano era importante. Él era ese fragmento de memoria perdido de Jullian.
Empezó a hundirse en el sueño con la firme convicción de que lo obligaría a hablar.