El manuscrito Capítulo 43 #3
58%

Capítulo 43 #3

—Me había olvidado de mencionarlo. Se trata de un club al que Giordano solía asistir.

La investigación reveló que, mientras tenía a esa prostituta bajo su control, mantenía desde hacía meses una relación sadomasoquista con una de las empleadas del Torreón Negro: Mistik, cuyo verdadero nombre es Charlotte Henry.

Ella fue artista escénica hace más de veinte años…

Su móvil empezó a sonar, pero lo puso en silencio con un gesto lento.

—Si investiga un poco sobre ella, verá en qué consistía su arte y comprenderá mejor el ambiente que se respiraba en el juicio.

Fue convocada como testigo, con el objetivo de mostrar hasta dónde Giordano era capaz de llegar en sus prácticas sexuales.

Pero no fue en contra de él, al contrario: estaba de su lado.

Jullian quizá no había llegado tan lejos. Probablemente encontró la pista del Torreón Negro en los informes de Giordano, pero ¿había visto en algún lugar el nombre de Mistik? Tal vez su investigación se había quedado atrapada en un callejón sin salida.

—Una… una última cosa, doctor. ¿Cuál era el perfil físico de las chicas que le interesaban?

El psiquiatra meditó. Alzó su mirada hacia el techo antes de posarla en Léane.

—Que yo recuerde…, guapas, delgadas, ojos grandes y azules, y rubias.

Aquellas palabras golpearon con tanta fuerza a Léane que fue incapaz de pensar con claridad, porque todo se mezclaba en su cabeza, porque ya no podía más con ese camino, con esa tensión, con ese estrés, con la falta de sueño.

Observó el arma, ese cañón que había apuntado al psiquiatra.

Ella, Léane Morgan. Y tuvo la impresión de que ese brazo, esa mano que apretaba la empuñadura, no le pertenecían.

Se enderezó, casi tambaleándose, y dio un paso atrás.

—No me… No me verá nunca más, se lo prometo… —Cerró los ojos e hizo un esfuerzo titánico por encontrar las palabras que quería transmitir—: Si me entero de que llama a la Policía, volveré. Yo… Olvídeme.

Lo siguió apuntando hasta que llegó a la puerta, guardó el arma bajo la chaqueta y salió sin mirar a la secretaria.

No corrió, pero caminó a paso apresurado por la calle, giró a doscientos metros, volvió al coche y arrancó a toda velocidad.

Su corazón latía tan fuerte y rápido que tenía la sensación de haber corrido hasta agotarse.

Jullian y ella tenían secuestrado a un hombre que había estado en prisión por, entre otras cosas, torturar y violar a una joven de dieciocho años, un hombre que mantenía relaciones sadomasoquistas, que fantaseaba con rubias de ojos azules, como Sarah.

Entonces pensó en Roxanne y su cabello teñido de negro.

El negro, el truco de una madre para desviar las pulsiones del padre, para proteger a su descendencia.

Aunque había quedado en libertad y tenía permiso para ver a Roxanne, Grégory Giordano seguía siendo un depredador.

Y pensó en el gorro, el gorro de Sarah que Giordano había puesto en la cabeza de su hija.

De repente, recordó las palabras de la adolescente: «A mi padre le gusta cuando me lo pongo».

Y entonces vio a su propia hija, su hija mayor, su bebé, con ese mismo gorro, su larga cabellera rubia cayendo en cascada sobre sus hombros, dando vueltas por la nieve, probablemente llorando, con los brazos como escudos ante Giordano; Giordano, que la había sometido en ese rincón perdido del Vercors, con un destello gris en el fondo de sus ojos y un cigarrillo en los labios.

¿Y si Giordano, el depredador, había vuelto al lugar de sus fechorías con su propia hija, para revivir ahí sus sucios fantasmas de perverso? ¿Y si, cuando veía a Roxanne con el gorro puesto, en realidad estaba viendo a Sarah?

Sus dedos se aferraron con fuerza al volante, hasta hundirse en el caucho. Ya no había lugar para coincidencias. Giordano tenía algo que ver con todo aquello, Léane estaba convencida. Y tenía que obligarlo a hablar.

La carretera hacia el norte parecía interminable.

Se sorprendió cabeceando varias veces. Encontró un chicle en la guantera que mascó rápidamente para no quedarse dormida.

El clima había cambiado, no lo suficiente como para que cayeran copos de nieve, pero la lluvia golpeaba el parabrisas.

Tuvo que sujetar el volante como si fuera el timón de un barco en plena tormenta.

Finalmente, llegó a su destino alrededor de las seis y media de la tarde.

Primero atravesó Berck-Ville, y luego Berck-Plage, un complejo turístico desierto y azotado por la llovizna, hasta tal punto que uno podría llegar sentirse en medio del mar.

A la izquierda, el faro surcaba la noche, y en su haz amarillento se reflejaba toda la furia de la naturaleza.

Era como si todo el pueblo se plegara sobre Léane, aprisionándola.

Aparcó en la parte baja de La Inspiradora para evitar acabar empapada. Quería cambiarse rápidamente y comer algo antes de salir disparada hacia Ambleteuse, en unas condiciones meteorológicas que la desanimaban de antemano. Había luz en la casa.

¿Sería posible que…?

Subió apresuradamente por las escaleras que daban al pasillo y se precipitó hacia el salón.

Jullian estaba sentado en el sofá, con un álbum de fotos en la mano.