El manuscrito Capítulo 43
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Capítulo 43

Léane había llamado a la consulta del psiquiatra John Bartholomeus desde un teléfono público del hospital.

Le había contestado la secretaria. Sí, el doctor trabajaba ese día, hasta las seis de la tarde, y no, ya no había hueco para una cita durante el día.

Aun así, Léane se había puesto en camino: tenía que hablar con el médico costara lo que costara.

Aparcó en una calle adyacente a la consulta del psiquiatra, una vía sin semáforos ni señales de stop que permitía girar rápidamente el volante y desaparecer en la curva situada a apenas cien metros sin ser vista.

Porque lo presentía: una vez saliera del consultorio, tendría que correr, ser rápida.

Ni un solo cabello asomaba bajo el gorro; iba embutida en ropa que ocultaba hasta parte de su rostro y llevaba unos guantes de lana en las manos.

Llamó a la puerta del consultorio ubicado entre dos edificios.

Según la placa que colgaba del ladrillo, el edificio, con grandes ventanales opacos, estaba compartido por cuatro profesionales, desde un psicólogo hasta un psiquiatra infanto-juvenil.

Sonó un pitido, entró y se dirigió a la secretaria, sentada detrás del mostrador.

—Querría hablar con el doctor Bartholomeus.

—Hoy su consulta está cerrada de forma excepcional de la una a las tres de la tarde, lo pone en la entrada. El doctor ha salido a comer. ¿Tiene cita?

Léane salió murmurando un agradecimiento apenas audible.

Se colocó frente al edificio, bajo el soportal de un inmueble, y volvió a consultar la foto de Bartholomeus que había encontrado en internet.

Era un hombre de unos cincuenta años, con gafas de culo de botella y rostro seco como la madera muerta; la verdadera cara del secreto profesional.

No le quedaba más remedio que matar el tiempo durante dos horas.

Regresó al coche para coger el libro de Michel Eastwood y, de vuelta a su puesto de observación, apoyada en la pared, comenzó a leerlo.

Le resultó atrapante desde el principio.

El escritor secuestrado, la trama policial, los capítulos cortos…

Cada página que descubría la desconcertaba aún más.

Estaba claro que era diferente de El manuscrito , pero…

Léane se empezó a sentir muy incómoda y, cuanto más se sumergía en la lectura, más se daba cuenta de que Pamela había minimizado la magnitud del desastre, o simplemente no lo había percibido.

Léane había escondido enigmas en su novela, sin revelárselos a nadie.

En particular, había reforzado la presencia del número 2 y había resaltado los palíndromos para simbolizar el espejo, los dobles.

Laval , Noyon , el grupo ABBA … Eastwood había usado el mismo recurso.

O, mejor dicho, había sido ella quien había reproducido lo que Eastwood había escrito.

Una palabra por aquí, una idea por allá.

Ahora le saltaba a la vista. Había escrito con espontaneidad, convencida de que las ideas provenían de su propia mente, sin ninguna intención de dañar o plagiar.

Plagiar… Le entraron ganas de vomitar. ¿Qué le había pasado a su memoria?

¿Por qué había ocultado aquel libro por un fenómeno de criptomnesia?

«¿Ese seudónimo es una especie de penitencia, una forma de no olvidar jamás?

», le había preguntado Giordano. Pero… ¿olvidar el qué?

Léane pensó en esa visión recurrente que la había acompañado durante gran parte de su vida —la mano de Enaël subiendo por su garganta—, en la oscuridad de sus escritos, en la misma razón de su necesidad de escribir.

A diferencia de lo que les contaba a los periodistas, todo aquello debía de tener un significado.

El psiquiatra apareció a las 14:50 h y la liberó un poco de sus tormentos. Iba embutido en un abrigo negro tres cuartos, con un sombrero Stetson verde botella calado hasta la frente. Léane guardó el libro en el bolsillo, corrió y se interpuso en su camino.

—¿Doctor Bartholomeus? No lo entretendré demasiado. En el marco de un trabajo que le explicaré, necesitaría cierta información sobre un juicio en el que usted intervino como experto. ¿Podríamos reunirnos rápidamente? ¿Después de sus citas, tal vez? No irá para largo.

La miró visiblemente sorprendido, la esquivó y siguió caminando con las manos en los bolsillos, cerrado a cal y canto, como la puerta de una prisión.

—Lo siento, pero no trabajo de esa manera, y tampoco divulgo información de esa índole ni de ninguna otra sin una solicitud expresamente escrita por…

Léane abrió el faldón de su abrigo.

—¿Esto le sirve como solicitud?

El hombre se detuvo en seco. Léane apretaba con fuerza la pistola con la mano derecha y apuntaba el cañón hacia él a través de la tela de su abrigo. Bajo su gorro de lana negro tenía la frente perlada de sudor. Pensó en la foto de Sarah para darse el valor que necesitaba.

—Una sola palabra, un solo gesto, y no dudaré en utilizar esta arma. Vamos a entrar con tranquilidad; usted primero. No haga ninguna tontería y todo irá bien.

Se colocó detrás de él. Bartholomeus obedeció.

Le pidió a su secretaria, con una voz que no le salió tan firme como pretendía, que no los molestara bajo ninguna circunstancia, y entraron en su despacho.

Léane cerró con llave, sin apartar la mirada de él.

El psiquiatra se refugió detrás de su escritorio, con las manos un poco alzadas, las palmas visibles.

—Escuche, yo…

—No estoy aquí para hacerle daño. Me da la información que le pido y me voy, eso es todo. Por favor, no me hable del secreto profesional.

—Yo… ¿Puedo sentarme, al menos?

Léane asintió. Midió cada una de sus palabras, pronunciadas a través de su bufanda. Tenía que decir lo menos posible y mantener el anonimato. En el peor de los casos, que solo pareciese alguien recién escapada de un hospital psiquiátrico. Eso le venía muy bien.

—El juicio Giordano, Lyon, 2011. Participó como experto. ¿Qué me puede contar al respecto?

El profesional de la salud apretó los labios.

—Nada, yo no…

—¡Doctor!

Miró el cañón de la pistola, que temblaba.

—¿Qué quiere saber?

Léane le lanzó una memoria USB.

—Todo. Imagino que elabora un informe para cada juicio, y que lo guarda en su ordenador. Por favor, métalo en esta memoria USB. Y luego explíquemelo.

Miró fijamente el USB, lo cogió y obedeció a regañadientes. Léane lo vigilaba, manteniéndose justo detrás de él. Una vez pegó el archivo en el USB, ella lo cogió y se lo guardó en el bolsillo.

—Perfecto. Ahora le escucho. Sea preciso; eso me evitará tener que leer todo el expediente.

Como no decía nada, Léane le pegó el cañón del arma a la nuca.

—Última vez que se lo pido.

—El… el juicio del señor Giordano se llevó a cabo a puerta cerrada, a petición de una de las partes civiles, porque…

porque involucraba actos de violación y barbarie.

No hubo ninguna difusión mediática, y la prensa nunca llegó a enterarse.

Fue un caso delicado que podría haber causado mucho daño dentro de las filas de la policía francesa.

Violación… Barbarie… Léane sentía cómo el arma temblaba bajo el agarre de sus dedos. Nerviosa, se sentó en el sillón situado a la izquierda del psiquiatra.

—¿Qué hizo Grégory Giordano?

—Primero… Primero hay que ponerse en contexto.

El departamento en el que trabajaba el señor Giordano en aquella época, es decir, la unidad contra la trata de seres humanos, es sin duda el más duro de todos los servicios de la Policía.

Pedofilia, violación, esclavitud, malos tratos…

ese es el pan de cada día para esos agentes.

Para ellos es… convivir a diario con el mal más abyecto y la violencia en estado puro, desde que se despiertan hasta que se van a dormir, cuando consiguen conciliar el sueño, claro.

Coquetean constantemente con los límites; se enfrentan a horrores tan extremos que llega un momento en que les resulta difícil saber dónde está la frontera entre el bien y el mal…

Sin hacer ningún movimiento brusco, se quitó el sombrero y lo colocó frente a él. Su cabello desgreñado le daba el aspecto de un espantapájaros aturdido.

—Me acuerdo de ese juicio, de ese… ambiente tan particular, ese encierro opresivo en la sala de audiencias…

Grégory Giordano era un buen policía. Estaba muy comprometido, obtenía resultados y resolvía numerosos casos importantes.

Los primeros hechos probados en su contra se remontaban a unos diez años atrás.

Se demostró que Giordano se aprovechaba de su posición: felaciones, servicios sexuales gratuitos, noches de depravación, a cambio de las cuales hacía la vista gorda ante ciertas actividades ilícitas.

Durante todos esos años frecuentando los bajos fondos de la sociedad, había aprovechado las investigaciones para construirse una valiosa agenda de contactos.

Conocía cada red, cada esquina, cada lugar prohibido.

Se masajeó los ojos con el pulgar y el índice de la mano derecha, cuyos globos estaban enrojecidos por el cansancio.

—El juicio reveló el aumento de sus impulsos en 2008.

Sus relaciones sexuales se volvieron cada vez más violentas, era como…

si tuviese una bestia que habitaba en su interior y que despertaba cuando se encontraba a solas con esas prostitutas de los suburbios de Lyon.

Al mismo tiempo, llevaba una vida normal con su esposa y su hija.

Salían, tenían amigos. Por supuesto, la señora Giordano no sospechaba absolutamente nada de sus actividades, aunque su matrimonio ya empezaba a resquebrajarse.

Llevaba una doble vida perfecta… Es difícil vivir con un policía que trabaja en esos entornos oscuros y que nunca cuenta nada…

Limpió los cristales de sus gafas con serena dedicación, y se las puso.