El manuscrito Capítulo 42
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Capítulo 42

La Unidad de Identificación Judicial, que llegó a última hora del día tras ser convocada por Alain Manzato, decidió centrarse en el sótano.

Después de ponerse los monos, cubrezapatos y gorros y delimitar el lugar con cinta policial, un equipo reducido de tres hombres examinó cada centímetro cuadrado de la estancia, que, todo indicaba, era la escena del crimen donde la chica del maletero, y quizá otras más, habían sido asesinadas.

Dos horas después de la llegada de los policías, el propietario, Alexandre Mattioli, seguía afectado.

Hablaba con Mangematin en el salón, sentado al borde del sofá, con las manos entre las piernas y la mirada perdida.

¿Cómo celebrar Nochebuena con veinte invitados al día siguiente, cuando una chica había sido asesinada en su casa, o incluso puede que varias?

¿Cómo dormir en el lugar de una o varias masacres? ¿Cómo seguir viviendo allí?

Vic, Vadim y Manzato estaban en la entrada de una de las habitaciones del primer piso.

Vadim sacaba fotos de los cuartos con su móvil.

Otros dos compañeros, que habían llegado con el comandante, se habían ido a llamar de puerta en puerta por el pueblo a un kilómetro de distancia: ¿los habitantes habían notado, escuchado o visto algo en los últimos días?

Mientras tanto, Vadim intentaba buscar explicaciones para todo aquello.

—Según Mattioli, solo se utilizó esta habitación durante la estancia de la semana pasada.

Las otras estaban en un estado impecable.

Al llegar esta mañana, encontró las sábanas de esta cama en la lavadora, todavía húmedas porque habían quedado en el tambor.

Por lo tanto, es probable que el inquilino estuviera solo, y no acompañado por su mujer y su hija, como decía en la reserva…

Alain Manzato mascaba un chicle con la boca cerrada. Los huesos de su mandíbula hacían que se le moviesen las sienes, y le otorgaban toda la pinta de un matón. Vic tomó el relevo:

—Mattioli nunca llegó a ver a Paul Michalak, ni a Pierrette Mavrotte, ni a Patricia Muette, lo que corresponde con el personaje de Moriarty, creado por Conan Doyle: no tenemos ni idea de cómo es físicamente, pues nadie es capaz de describirlo.

En cada ocasión se creó un perfil solo para alquilar el chalé.

Las fotos probablemente las sacara de internet y los pagos son anónimos.

El chalé siempre se devolvió como los chorros del oro.

Manzato avanzó por el pasillo y se plantó delante del ventanal con vista de ciento ochenta grados, que se reducía a unas sombras recortadas por la claridad de la luna.

—Quizá sepamos quién fue asesinado en este sótano la semana pasada.

Por fin hemos obtenido el perfil de ADN de la víctima del maletero con el rostro desgarrado.

Ahora mismo lo están comparando con la base de datos del banco de ADN.

La llamada llegará en cualquier momento, esperemos que con una identidad.

En cuanto a los perfiles de ADN de los trozos de piel de la «cosa» hallada en el sótano de Delpierre, deberían estar listos en unos días.

Regresó hacia donde estaban sus hombres.

—Bueno, parece que todo este embrollo se empieza a esclarecer. Aunque no sepamos dónde iba a enterrar el cuerpo Delpierre, por lo menos ya sabemos de dónde lo sacó: del sótano de este chalé, el lunes pasado, es decir, dos días después del inicio del periodo de alquiler.

Vic empezó a hacer idas y venidas a lo largo del ventanal.

—Si repasamos toda la historia, ¿qué obtenemos?

Delpierre, alias Doctor Watson, se dispone a acabar con la vida de Apolline, la joven ciega, alrededor de las cuatro de la tarde del lunes.

Le llega un SMS de un tal Moriarty a su teléfono desechable y le pide que se conecte inmediatamente a la darknet .

Delpierre accede a un sitio oculto donde la sesión abierta nos permite infiltrarnos en el sistema.

En esa página aparece una dirección dejada por Moriarty: la de este chalé…

Tiene que recoger un «paquete». Delpierre viene hasta aquí a todo correr.

Desconocemos por qué era tan urgente, pero algo desencadenó la secuencia de acontecimientos que ya conocemos.

Delpierre llega con su Ford y su matrícula falsa, entra en el chalé…

El teniente cruzó el pasillo y acabó en el lado de la fachada, lugar al que habían llegado en coche.

—Es difícil precisar si alguien esperaba a Delpierre. En todo caso, Moriarty y él no se cruzaron ese día.

—¿Por qué lo dices?

—Por los SMS. A las 19:28 h, Delpierre le envía un mensaje a Moriarty para informarlo de que ha recogido el paquete… La desconocida del maletero es ese paquete, y se encontraba aquí, entre estas paredes.

Los ojos de Vic se enturbiaron. Miró fijamente la obscuridad, imaginándose a los viandantes paseando por los alrededores, echando un vistazo a la fachada de ese magnífico y silencioso chalé sin imaginar los espantosos actos que se estaban cometiendo en el interior.

—Delpierre mete a su víctima en el maletero de su coche, asesinada de un tiro en la cabeza.

Se toma su tiempo en limpiarlo todo, mete las sábanas en la lavadora y limpia el sótano con lejía, el producto más eficaz para deshacerse de cualquier resto biológico.

Luego se pone en camino. En teoría, debería ir a deshacerse del cadáver: enterrarlo, fotografiarlo y publicar la prueba de su trabajo en la darknet para que lo vea Moriarty.

Pero se desvía hacia su casa para cortarle las manos, desgarrarle el rostro y arrancarle los ojos con el objetivo en mente de completar su «cosa».

Vuelve a salir alrededor de las nueve de la noche.

Pero sucede todo lo de la gasolinera… Y, ahora, aquí estamos…

Manzato no dijo nada; tampoco Vadim. Ambos se limitaron a escuchar.

—Moriarty alquiló este chalé en tres ocasiones, siempre bajo identidades diferentes y de tal forma que no podamos rastrearlo.

No hay lugar más aislado y protegido de miradas curiosas.

Nadie puede oír los gritos en un sitio como este.

¿Venía solo? ¿Acompañado de la chica del maletero en cada ocasión?

¿O de otra chica? ¿Se han cometido más asesinatos aquí?

Imposible saberlo por ahora. Pero… pondría la mano en el fuego a que Moriarty reproducía este mismo patrón en otros lugares: identidad falsa, alquiler de una vivienda de forma totalmente anónima a través de un sitio especializado…

Vadim asintió y dijo:

—De lo contrario, Moriarty no tendría que haberle transmitido la dirección a Delpierre. Solo habría dicho algo como «paquete a recoger». ¿Por eso lo dices?

—Exacto. Si especifica la dirección, es porque hay varias. Además, tenemos la piel de ocho víctimas sobre el maniquí, ocho víctimas que pasaron por el maletero de Delpierre… Hacían lo mismo en otros sitios, y podría ser en cualquier parte de la región.

Los tres hombres se sumergieron en el silencio, en plena reflexión.

¿A qué se estaban enfrentando? ¿Moriarty torturaba a chicas en viviendas de alquiler aisladas antes de deshacerse de ellas con la ayuda de Delpierre?

¿Quién las secuestraba? ¿Cuál era el modus operandi ?

El politono del teléfono de Manzato los sacó de sus pensamientos.

Mientras el comandante respondía, un técnico les pidió a los dos tenientes que se unieran a ellos en el sótano, junto a Mangematin, que se encargaba de redactar con precisión el acta de la escena del crimen.

Este último señaló un martillo guardado en una bolsa de pruebas.

—Estaba colocado allí, en esa pared, pero reaccionó al BlueStar: es la única herramienta que se ha limpiado con lejía.

De repente, Vadim sintió como si cargase con el peso del universo entero sobre los hombros.

—El cabrón de Delpierre les reventaba el cráneo con un puto martillo, una ejecución de lo más fría… Y el muy hijo de puta se disparó en la cabeza sin que pudiésemos hacer nada. Estoy hasta los cojones, de verdad, hasta los cojones de todo esto…

Mangematin los invitó a seguirlo. Se dirigieron hacia el hueco bajo la escalera.

—Hemos desplazado el material de esquí y hemos encontrado esto. El propietario lo tiene claro: ni él ni su mujer hicieron ese grabado. Mucho menos los niños.

Dirigió el haz de luz de su linterna detrás del tercer peldaño, una zona invisible a menos que uno se agachara. Vic entornó los ojos. Un dibujo grabado en la madera. Se trataba de un pececito con una larga aleta caudal puntiaguda.

—Un xifóforo.

Vadim también se acuclilló.

—¿Un qué?

—Un xifóforo. Un pez cola de espada, ideal para los acuarios de agua dulce. Un clásico, como el guppy o el tetra neón. Este pez no tiene nada de especial, excepto por su forma de nadar. No es agresivo ni requiere de un cuidado complejo.

Vic pasó los dedos por la madera tallada.

—Está hecho con un cuchillo, con sumo cuidado.

Vadim sacó una foto con su móvil.

—¿Crees que podría ser una especie de firma?

—Un lugar oculto bajo una escalera… Sí, tiene toda la pinta.

Quizá el cabrón de Delpierre quería dejar su huella en este sitio; una forma de marcar territorio, de apropiárselo.

Creo que, si no hubiera pasado lo de la gasolinera, habrían seguido alquilando el chalé como si nada.

Es elegante, está aislado, y no hay nadie cerca para ver lo que haces aquí.

Manzato acababa de finalizar la llamada y bajaba las escaleras a toda prisa.

Seguía mascando el chicle, pero con una lentitud extrema, como si su organismo trabajara a cámara lenta.

Infló el pecho, exhaló y se acercó a sus hombres, con los hombros caídos.

Señaló con la barbilla en dirección al suelo.

—Bueno, pues el banco de ADN ha hablado: ya sabemos quién es la chica que fue asesinada en este sótano. Y tenemos un problema bien gordo.