Capítulo 40
Fuerza, ternura y asombro: así se resumía la sensación que despertaba el parque natural de Vercors en el viajero.
Las colinas, suaves y ondulantes, podían quebrarse de pronto en crestas salvajes, y tras una curva cerrada estallaban paisajes majestuosos, donde la roca cedía su lugar a un mar de pinos, llanuras abiertas y horizontes sin fin.
Después de un tramo de autopista, Vadim empezó a encadenar curvas talladas en los desfiladeros ocres y marrones, con el pie ligero sobre el pedal, mientras que Vic y sus dos compañeros —Jocelyn Mangematin y Ethan Dupuis, una mole de puro músculo con el cráneo rapado—, sentados en la parte trasera del vehículo, habían bajado las ventanillas por completo, tan mareados que tenían el rostro blanco como la leche.
Los hombres del equipo de Manzato habían conseguido una orden judicial de registro a media tarde, el documento que les permitía entrar en la vivienda cuya dirección figuraba en la página de la darknet .
El juez de instrucción suplente se había tomado en serio esa información, sin duda publicada por Moriarty y encontrada junto con las fotos de los cadáveres que Delpierre había enterrado.
La Chapelle-en-Vercors se situaba entre las altas mesetas nevadas. Bien podría uno creer que se hallaba en Laponia. Con el azul del cielo, el blanco centelleaba como una gruesa alfombra de diamantes.
Guiados por su GPS, los policías cruzaron el pueblo, salieron por el sur y, en el extremo del paraje conocido como Serre Beau, divisaron la colina, al pie de la cual serpenteaba una carretera a la que se incorporaron.
Con los neumáticos de invierno cuyos clavos se aferraban a la nieve, continuaron hasta el final del camino, tras una última curva.
Un poco más allá se alzaba Edelweiss, sola en el mundo: una hermosa construcción de troncos claros, erigida sobre un amplio sótano. A Vic le pareció una casa de lujo. La chimenea humeaba, y un imponente cuatro por cuatro, tipo Range Rover, estaba aparcado justo delante.
Los cuatro hombres bajaron del vehículo sin decir una palabra; todos los sentidos en alerta.
Vic observó a su alrededor: el lugar estaba atrapado en una belleza helada, una especie de banquisa mineral arrancada del mismísimo Ártico.
Ni un solo vecino en quinientos metros a la redonda, solo ese silencio insólito en el que se podía oír murmurar a la naturaleza.
En la parte trasera del terreno, dos niños de unos diez años, que daban vueltas alrededor de un muñeco de nieve, se detuvieron al verlos acercarse.
El niño corrió hacia la vivienda, llamando a su padre.
Vadim intercambió una mirada con todo el equipo y deslizó la mano bajo su abrigo abierto, listo para intervenir.
Alexandre Mattioli apareció en el umbral, embutido en un grueso suéter irlandés, con vaqueros y unas chanclas en los pies.
Distaba bastante de las fotos encontradas en internet: llevaba el pelo largo y la barba le cubría el rostro; tenía aspecto de leñador.
Pasó la mano por el cabello de su hijo, que se aferraba a él, e hizo un gesto a su hija para que entrara, con el semblante serio.
La niña se precipitó hacia el interior del chalé.
El dueño de la casa hizo amago de bajar los escalones, pero Vadim tomó la iniciativa mostrando su identificación policial.
—Brigada de investigación criminal de Grenoble. Deje las manos donde podamos verlas y todo irá bien. Además de sus hijos, ¿hay alguien más en el interior de la vivienda?
El hombre parecía estupefacto: dejó la mano derecha apoyada en la barandilla y la izquierda un poco levantada.
—Solo estamos los tres, pero… ¿La Policía? ¿Qué ha pasado?
Vandim le entregó un papel.
—Disponemos de una orden de registro del juez que nos autoriza a entrar en su chalé.
—¿A entrar en mi casa? ¿Ha…? ¿Ha pasado algo?
Mangematin y Dupuis lo rodearon y, a pesar de sus protestas, empezaron a cachearlo. Como no dejaba de revolverse, terminaron esposándolo.
—Y le aconsejo que cierre la boca ahora mismo o lo detendremos de inmediato.
Una vez dentro del chalé, Vic sonrió a los niños y les dijo que fueran a ver la televisión.
Clavó la mirada en el árbol de Navidad, bajo el que se acumulaban un montón de regalos. La decoración, el ambiente festivo, la sorpresa de Alexandre Mattioli cuando los vio... Nada encajaba con la idea de que fuese Moriarty.
Mientras Dupuis vigilaba al propietario, sus tres compañeros se recorrieron todas las habitaciones.
Era un chalé de categoría, con jacuzzi , dos baños, tres habitaciones grandes, cocina americana y todas las comodidades correspondientes.
Un amplio ventanal de cristal ahumado ofrecía una vista de ciento ochenta grados sobre las altas mesetas.
Tras la inspección, Vic se reunió con Vadim en el pasillo de la planta baja.
—¿Has encontrado algo?
—Nada de nada.
Vic divisó unas escaleras al final del pasillo.
Las bajó y llegó hasta una puerta que daba al amplio sótano.
Esquís, trineos, cuerdas y piquetas se amontonaban en un compartimento bajo las escaleras de madera.
Vadim se adentró en ese desorden y tiró unos esquís, lo que provocó la caída de otros objetos.
—¡Mierda!
Vic lo dejó desentramar el caos y continuó con su registro. Levantó una lona, lo que formó una nube de polvo que ocultaba una gran motonieve que no se usaba desde hacía años. Se agachó y observó el suelo de linóleo. Pasó el dedo por encima.
—Suelo limpio. Ni rastro de polvo a pesar de que hay sobre la motonieve e incluso sobre la lona que la cubría.
—¿Se ha limpiado recientemente?
—Eso me parece.
Se enderezó mientras reflexionaba. Una multitud de herramientas pendían por encima de una mesa de trabajo sobre la que había material de bricolaje acumulado. Vic cogió una goma elástica gruesa y azul, que colgaba de un clavo junto a otras docenas de ellas, y se la dio a Vandim.
—El mismo tipo de elástico que se utilizó para mantener la bolsa de plástico alrededor de la cabeza de la víctima que hallamos en el coche.
—¿Estás seguro?
—Al cien por ciento. Una goma elástica azul y muy gruesa. Aquí sucedió todo. Ve a buscar a Mattioli. Y trae el BlueStar.
Vadim se puso en marcha, mientras Vic sentía cómo le trepaba la angustia por la garganta.
Sabía lo que iban a descubrir allí. Dos minutos más tarde, su compañero regresaba con Mangematin y el propietario, así como con un frasco pulverizador lleno de un producto que, en la oscuridad, permitía revelar rastros latentes de sangre, incluso aunque se hubieran borrado o limpiado.
Vic se dirigió a Mangematin.
—Voy a apagar la luz. Vigílalo.
El compañero agarró el brazo de Mattioli y Vic pulsó el interruptor. Frasco en mano, se colocó en medio de la estancia y empezó a accionar el pulverizador.
En ese entonces, el suelo se cubrió de un azul luminiscente, tan intenso que los rostros y las manos de los policías y de Mattioli se veían blanquecinos, dando la impresión de que estuvieran flotando. Vic se desplazó unos tres metros y repitió la operación. La misma reacción en todas partes.
—Está demasiado extendido y uniforme. Creo que se ha limpiado el suelo por completo con lejía. Además, contiene sodio, que reacciona con el BlueStar e impide la detección de sangre.
—¿Qué dice? No entiendo nada de todo ese vocabulario técnico, ¡pero nunca he hecho algo así!
Al cabo de unos treinta segundos, la luminiscencia comenzó a desvanecerse. Vic fue a encender la luz y clavó la mirada en los ojos de Mattioli.
—Va a tener que explicarse.
—¿Explicar el qué? Se plantan en mi casa, me esposan, empiezan a echar productos en mi sótano… Pero ¿qué coño buscan? ¿Qué ha pasado?
Vadim lo sujetó del cuello del suéter y lo estampó contra la pared.
—Lo que pasa es que una pobre niña que hallamos el lunes por la noche en el maletero de un coche probablemente haya sido asesinada en su puto sótano.
Y que, después de eso, el asesino lo limpió todo para no dejar ni un solo rastro.
Va a hablar, señor Mattioli. Ahora o encerrado en una celda, usted decide.
O bien Mattioli era un actor de comedia o de verdad estaba completamente desubicado. Cuando Vadim lo soltó, se desplomó contra la pared hasta quedar sentado en el suelo, con las manos a la espalda, aturdido. Tardó más de un minuto en empezar a hablar:
—Yo… Yo he llegado esta mañana a Edelweiss, pueden…
pueden preguntárselo a mis hijos. Mi mujer se unirá a nosotros mañana por la mañana para que…
preparemos la cena de Nochebuena. ¡Mañana por la noche tenemos veinte invitados que vendrán a casa!
Excepto por algunos periodos que… que reservo para mi familia, alquilo el chalé en plataformas en línea, como LocHolidays.
El chalé estuvo alquilado durante una semana, hasta esta mañana.