El manuscrito Capítulo 39
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Capítulo 39

La ducha le quemaba la nuca a Léane. Las imágenes del cuerpo demacrado de Giordano desfilaban por su mente como una cabalgata.

Él defendía que el gorro, el lugar donde trabajaba y todo lo demás eran meras coincidencias; un conjunto de elementos independientes que, puestos uno tras otro, podían convertirlo en sospechoso.

Pero en el fondo tenía razón: ella veía lo que quería ver, porque quería que Giordano fuera culpable a toda costa, y que Sarah estuviera viva.

Varias voces luchaban dentro de ella: una gritaba alto y claro que tenía a un inocente secuestrado; la otra, que Giordano era culpable. ¿Culpable de qué, de todos modos? ¿De haber secuestrado a Sarah hacía cuatro años? ¿De haberla matado? ¿Él, un policía de alto rango de la Policía judicial?

Se puso un nuevo conjunto —vaqueros, jersey de cuello alto y botas de la marca Kickers—, se peinó y observó su rostro en el espejo.

Le dio miedo su propio reflejo. La luz de la lámpara tipo spot acentuaba los ángulos de sus pómulos y rodeaba sus ojos claros con un halo oscuro.

El clima y la falta de sueño la consumían como una hoja de papel vieja.

Antes de ponerse en marcha hacia el hospital, hizo una búsqueda en internet sobre Nathan Miraure, pero no encontró nada, ni una sola línea.

¿Quién era ese tipo, maldita sea? Giordano afirmaba que había buscado en los expedientes de la Policía.

¿Estaba Miraure fichado o el policía secuestrado se lo había inventado todo?

Léane pensó en pedirle a Colin que investigara, pero se negaba a involucrarlo o a despertar una mínima sospecha.

¿Y si era una trampa de Giordano para llamar la atención? ¿Y si ese tipo la estaba manipulando, como solían hacer los policías durante los interrogatorios? La había llamado por su nombre y había mencionado a su hija para ablandarla. Sabía cómo hacerlo.

Dudó sobre cómo actuar, pero las ganas de saber quién era ese hombre ganaron la batalla interna de Léane.

Revisó su agenda de contactos y se puso en contacto con Daniel Évrard, un teniente de la Policía judicial de Lille, quien le había enseñado a disparar con pistola, y su referente para todo lo relacionado con procedimientos judiciales e investigaciones.

¿Podía darle información sobre un tal Nathan Miraure?

¿Aparecía su nombre en el expediente de infracciones? ¿Tenía antecedentes penales?

—¿Por qué quieres saberlo?

—Un lector me habló de él durante una firma de libros.

Hacía mucho tiempo, al menos veinte años, que había leído algo relacionado con un tal Nathan Miraure.

Le sonaba que el apellido Miraure estaba vinculado a algún problema con la justicia en aquella época.

Además, uso su nombre como seudónimo, así que me gustaría saber un poco más sobre él.

—De acuerdo, veré qué puedo hacer. Por cierto, ¿qué tal todo?

Charlaron un rato más, le dio las gracias y colgó soltando un suspiro: el hombre no había dejado pasar la oportunidad de invitarla a tomar algo.

Lo primero que hizo al salir de casa fue mirar el buzón, y encontró el libro que le había enviado Pam: Michel Eastwood, La rueda de sangre .

Sostenerlo entre sus manos le produjo una sensación extraña.

Leyó la contraportada y le sorprendió el resumen, que, sin duda alguna, tenía varios puntos en común con su última novela.

Lo puso en el asiento del copiloto de su coche, junto a un paquete de fotos antiguas, y se dirigió al hospital.

Una vez allí, subió al primer piso. Le entregó las fotos a una enfermera, le explicó que eran para el logopeda, para que las utilizara en los ejercicios de memoria, y entró en la habitación de Jullian, que estaba desayunando.

Sin darle otra opción, apartó el anaquel que sostenía la bandeja y se recostó junto a él. Lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Te necesito…

Léane se quedó en silencio. Podría haberse quedado allí horas durmiendo junto a él.

Lo besó, y en la pasión de ese beso se dibujaba el deseo furioso de revelarle que quizá tenían a un expolicía cabrón capaz de decirles dónde estaba su hija, que quizá estaba viva.

Viva, después de esos interminables años.

Sin embargo, también había tantas probabilidades de que se hubieran equivocado del todo…

, de que hubieran recuperado la esperanza en vano.

La esperanza podía hacerte perder la razón.

Jullian no dijo nada, tan solo la atrajo hacia él y Léane sintió su erección contra el vientre. Se apartó antes de entrar en calor.

—No podemos. No ahora, no aquí.

—Me habría gustado —dijo, mientras cerraba los ojos y respiraba ostensiblemente—. Tu olor… lo reconozco.

Jullian se levantó y se acuclilló frente a ella.

—Te eché de menos ayer. No te vi en todo el día. Mi padre me contó que habías tenidos problemas con la editorial, ¿es cierto?

—Sí, pero nada grave.

Le cogió la mano.

—Dicen que puedo salir pronto de aquí, seguramente mañana. Según ellos, un entorno familiar acelerará aún más las cosas. Pero hay una condición: que vaya todos los días al servicio de rehabilitación para ver a mi logopeda y que alguien se ocupe de mí en casa, al principio. ¿Estarás aquí?

—Claro que estaré aquí. Las cosas ya no funcionaban muy bien entre nosotros dos.

Ya sabes, con todo lo que pasó… Pero vamos a empezar de cero, ¿vale?

Como… como si iniciásemos una nueva vida.

Mañana es Nochebuena… —dijo, dándole un apretón a la mano de Jullian—.

A pesar de todo lo que ha sucedido, quiero que sea una noche mágica.

Siempre le hemos dado mucha importancia a la Navidad. Tu padre también estará.

—Me alegro. Ayer pasé el día con él, y… En fin, la muerte de mi madre ha sido difícil para él. Veo que tiene pensamientos oscuros, no logra superarlo, y mi amnesia no es que ayude demasiado precisamente. Tengo miedo por él.

—Por eso no podemos dejarlo solo en Nochebuena.

—¿Por qué se suicidó mi madre, Léane? Mi padre casi no me contó nada sobre ella. Se siente extraño cuando toco el tema, como si se tratara de un secreto.

—La verdad es que no llegué a conocer demasiado a tu madre.

Tu padre siempre la mantuvo alejada de ti y de mí, como si…

Sí, como si fuera un secreto, como dices.

Había algo indefinible entre ellos, y siempre me he preguntado por qué no se llegaron a separar, porque…

claramente faltaba amor por parte de tu padre.

Cada vez que venía hasta aquí, venía solo.

Cuando íbamos allí, tu madre se quedaba acostada, hasta las cejas de medicamentos…

Es difícil explicarte todo esto aquí, en unas pocas palabras.

—Tendremos que hablar de ello detenidamente. Quiero saber más acerca de mi pasado, de nuestro pasado. Y que también hablemos de todo lo demás, ¿de acuerdo? Quiero decir… de Sarah, de estos cuatro años… No quiero esperar a que mi memoria decida devolverme mis recuerdos; tienes que contármelo.

—Lo que le hizo Jeanson es muy duro, Jullian. Es… un monstruo, y…

—Me lo imagino, pero tengo que compartir todo eso contigo, aunque sea doloroso. Tengo que saberlo todo, absolutamente todo, ¿entiendes?

Léane dudó un segundo y sacó la pesada llave de la puerta del fuerte, que puso en la mano de su marido. El metal estaba tan frío que hizo una mueca.

—Mírala, tócala. Huele a mar y a sal, y tiene un significado especial para ti. Es importante, muy importante. Intenta recordarlo.

La hizo rodar entre sus manos, la olió. Cerró los ojos. Léane observaba cada arruga que se marcaba en su rostro.

—Dime que te acuerdas. Dime que… ves cosas.

—Parece la llave de una mansión o de un castillo.

—De un fuerte… Es la llave de un fuerte.

Jullian negó con la cabeza.

—Lo siento. ¿Por qué no me lo explicas?

—No puedo. Todavía no.

Jullian miró por encima del hombro de Léane.

—Me da la sensación de que no tendremos ni un segundo tranquilo mientras esté en este hospital.

Léane se dio la vuelta y se sorprendió al descubrir a Colin en la entrada de la habitación. El policía fingió llamar a la puerta.

—¿Molesto?

Ella le quitó la llave a Jullian de inmediato, la guardó en el bolsillo y se levantó, incómoda. Colin siguió el movimiento, pero no pudo ver que era una llave.

—Qué va.

El policía le estrechó la mano a Jullian. Ambos hombres estaban de pie, cara a cara.

—¿Alguna novedad sobre mi agresión?

—Vamos poco a poco. Pero no tenemos nada concreto por ahora. —Se giró hacia Léane—. ¿Tienes un minuto?

Léane besó a su marido con cariño.

—Tengo cosas que hacer esta tarde. Ya sabes, hacer la compra y eso… Vuelvo a última hora, ¿vale?

—Vale…

Cuando se dio la vuelta, Colin ya había desaparecido por el pasillo. Lo alcanzó junto a la máquina de café. Se había servido un expreso y, por primera vez, no le ofreció nada para beber. ¿Un simple olvido o algo intencional?

—Quería hablar contigo de un par de cosas. Primero, he analizado la cuenta bancaria de tu marido. He descubierto algo curioso. En definitiva…

A Léane no le gustaba su tono de voz, pero optó por no decir nada.

—la mañana de su agresión, a las 9:02 h, alcanzó su límite permitido para las retiradas en efectivo: sacó dos mil euros en un cajero del centro. Pude ver las imágenes de la videovigilancia del banco, y no queda la menor duda de que era él…

Léane siguió sin emitir ni un sonido. Un enigma más en toda aquella historia.

—Después, sobre las huellas que recogimos ayer en tu casa…

Algunas no son ni tuyas ni de Jullian. No sabemos de quién son, el tipo no está fichado, pero una cosa está clara: pertenecen al parásito que cometió el robo con allanamiento hace dos meses, las huellas dactilares son las mismas.

Y, como Jullian limpió la casa porque dejamos rastros de polvo por todas partes en aquel entonces, las que se recogieron ayer son nuevas sí o sí.

Por lo tanto, están relacionadas con el famoso día de la agresión.

Léane introdujo una moneda en la máquina y se sirvió una bebida. Colin dejó pasar a un paciente en silla de ruedas.