Capítulo 38
—Un fuerte rodeado de agua por la marea alta, cerca de Boulogne-sur-Mer…
Así que ese era el secreto… ¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto?
Que empecé mi carrera en Boulogne, hace más de veinte años.
Conocía este fuerte, pero nunca lo había visitado.
Un regreso a las raíces, por así decirlo, pero no en las mejores condiciones, por desgracia…
Grégory Giordano se aclaró la garganta y escupió hacia un lado, lo más lejos posible.
—Tu marido también se quedó atrapado por culpa del mar varias veces. Estaba tan obcecado dándome palizas que las mareas lo pillaban siempre por sorpresa… Nunca llegué a entender por qué desaparecía y volvía unos minutos después, todavía más enfadado que nunca…
Se miró el pie hinchado con una mueca. Léane, muerta de frío, estaba sentada frente a él, con la espalda apoyada en la pared y los brazos rodeándole las piernas. Lo observaba sin decir nada, intentando penetrar en sus secretos.
—Cómo disfrutaba esos momentos.
Hizo un gesto con la cabeza hacia el mecanismo de tortura.
—Imagino que sabes lo que le hizo a mi pie.
Al igual que lo describiste de una manera brillante en tu libro, tu marido lo metió en esa puta máquina y giró, poco a poco.
Esos crujidos… Era imposible ignorarlos, porque resonaban dentro de mí, como si la mente los amplificara.
Aún los escucho, los recordaré toda mi vida.
Ni siquiera sé si algún día volveré a caminar bien.
Tu marido se volvió loco, sonaba como un verdadero paranoico.
Ya no era él mismo cuando me golpeaba. Pero tú… Tú no eres como él.
Léane intentaba convencerse de la culpabilidad de Giordano, de su implicación, de una forma u otra, en la desaparición de Sarah. Pero, cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que su detención se basaba únicamente en elementos de los que no conseguiría pruebas.
En el patio, acababa de hacer una búsqueda rápida en su móvil: la historia del desmantelamiento de la red de prostitución por parte de la Policía de Lyon era cierta, aunque, como había dicho Giordano, no se mencionaba la paliza a la madama. Evidentemente, le hizo preguntas al respecto.
—¿Qué te creías? ¿Que iban a ir pregonando la historia de un poli que le da una paliza a una madama? No, lo hicieron pasar por un arreglo de cuentas entre proxenetas y barrieron el caso bajo la alfombra, como te dije.
El expolicía miró el paquete de tabaco colocado al lado de sus piernas.
—¿Me darías otro?
Léane jugueteaba con la llave de las esposas, pero no hizo amago de moverse. Giordano sonrió e hizo un gesto con la mano libre.
—Bah, no pasa nada.
—El gorro… Lo encontraste tirado en el suelo, sin saber de dónde salía ni si estaba sucio, y se lo pusiste a tu hija… ¿No te parece raro?
—Por Dios, no. Ya basta con el maldito gorro.
—Roxanne me dijo que se lo pusiste en la cabeza ese día.
—¿Y? ¿Qué pasa?
Léane cerró la boca. Parecía una araña recluida en su guarida, apenas iluminada por la bombilla del techo. Giordano intentó acercarse el paquete de cigarrillos con el pie sano; un gesto muy sencillo, pero, para él, todo un suplicio.
—Vas a encontrar un pretexto para acusarme en todo lo que diga… Porque, a pesar de lo que parezca, tú eres la víctima… Es a ti a la que están torturando, ¿eh?
Léane no respondió, así que aprovechó para continuar:
—No puedo ponerme en tu lugar, pero soy capaz de imaginarme lo terrible que tiene que ser perder a un hijo.
No sabes la de veces que he tenido que enfrentarme a eso en mi trabajo; todos esos padres a los que tuve que contarles que a sus hijos les pasó algo horrible.
Creo que eso era lo más difícil: las miradas vacías de los padres de las víctimas.
En el momento de la noticia, la luz en sus ojos se apagaba. Y uno sabe que no volverá a encenderse.
Había conseguido hacerse con el paquete con la mano libre. Se las apañó para sacar un cigarrillo y colocárselo entre los labios. Pero el mechero estaba fuera de su alcance, posado a dos metros de distancia. Se rio a carcajadas y volvió a atragantarse.
—Aunque no me lo pueda fumar, tan solo tenerlo entre los labios me sienta de maravilla. Te doy las gracias solo por eso.
—No me las des.
—Sí, lo digo en serio. Crees que me conoces, y me condenas sin juicio, solo por unas ideas preconcebidas. Pero yo también podría juzgarte a ti. Tal vez no debería decírtelo, pero te conozco mejor que tú a mí… Y, créeme, no tiene nada que ver con la desaparición de tu hija. Viene de mucho antes.
—Me muero de ganas de saberlo.
—Primero, dame el mechero…, por favor. Te lo explicaré todo.
Léane dudó, pero terminó acercándose a encenderle el cigarro. Él dio una larga calada, exhaló por la nariz y soltó un gruñido de satisfacción.
—Qué bien sienta…
—Soy toda oídos.
No reaccionó de inmediato, pues se limitó a deleitarse con el sabor del tabaco. Al cabo de dos minutos, por fin empezó a hablar:
—Tienes un secreto…, un terrible secreto que le ocultas hasta a tu marido, porque… él me habló de ti, pero sin sacar el tema. Y, teniendo en cuenta de qué me acusaba, estoy convencido de que, si supiera tu secreto, lo habría mencionado. Digamos que tocamos… ese tema.
Léane sintió como un pinchazo: una alerta que venía de su inconsciente.
—No tengo ningún secreto.
—Por supuesto que sí, todos tenemos alguno… Has sufrido mucho. Y no solo por… la desaparición de tu hija. Basta con leer tus libros para darse cuenta de que no tuviste una adolescencia normal y corriente.
—Estás muy equivocado. Si alguien tuvo una adolescencia normal, fui yo.
—¿De verdad? Nadie lo diría, por los temas que abordas, la oscuridad y la precisión de las descripciones sórdidas.
En… Ay, ya no recuerdo en cuál. En uno de tus libros describes una escena de violación, y yo, que trabajo en eso desde hace tantos años, considero que hay que estar realmente bien informado, casi haberlo vivido, para hablar de esa manera…
Léane permaneció en silencio, sin saber adónde quería llegar.
—Te escondes detrás de tu seudónimo, detrás de tus historias.
La primera vez que descubrí uno de tus libros fue hace siete u ocho años, y pensé: «Este tío ha tenido que pasarlas canutas para escribir algo así».
Este tío…, Enaël Miraure. Miraure… no es un apellido muy común, ¿no? ¿Cómo se te ocurrió?
Léane se tensó; de nuevo esa mano que subía desde el fondo de la garganta, los cinco dedos que se aferraban a su lengua, que le abrían la mandíbula cada vez que llegaba la inspiración, cada vez que Enaël venía a habitarla. Intentó mantener la calma.
—No es complicado. Miraure viene de miroir , «espejo» en francés. Y Léane/Enaël. Se me ocurrió así, sin más.
—Así, sin más… ¿Es la frasecilla preparada que le sueltas a todos los periodistas? Pues que sepas que a mí me decía algo ese apellido, un viejo recuerdo atrapado en lo más profundo de mi memoria.
Léane no entendía nada. A pesar de la densa bruma, podía ver el ojo negro de Giordano brillar, como un inmenso diamante en el fondo de una mina. Se mantuvo alerta; sentía que se estaba adentrando en su juego y empezaba a volverse peligroso.
—Un día, en Lyon, con uno de tus libros en el despacho y el ordenador conectado a los expedientes de la Policía, se me ocurrió buscar… Y lo encontré. Se llamaba Nathan Miraure. ¿Me equivoco?
—¿De quién coño hablas?
—Debías de ser muy jovencita. ¿Cuántos años tendrías? ¿Quince? ¿Dieciséis? ¿Y no te acuerdas de aquello?
Quince, dieciséis años… Entonces, tuvo un recuerdo súbito: 1991, esa era la fecha de publicación de la novela de Michel Eastwood, La rueda de sangre , un libro que, evidentemente, había leído y olvidado, por un fenómeno de criptomnesia.
¿Otra coincidencia? Léane ya estaba harta.
Se dirigió hacia el bolso, sacó la pistola, quitó el seguro con un movimiento del pulgar y apuntó a Giordano.
Los temblores la obligaron a sujetar el arma como si fuera un hacha.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué pasó en 1991?
Giordano alzó su mano liberada sin mediar ni una palabra.
—¿Ese seudónimo es una especie de penitencia, una forma de no olvidar jamás?
Léane respiraba de forma pesada; un ácido que irradiaba de su vientre le quemaba la garganta. Se percató de que tenía el dedo índice apretando el gatillo. ¿Qué demonios le ocurría?
—¿De olvidar el qué, joder?
Selló los labios y no volvió a hablar, pues sabía de sobra que no lo mataría.
¿Había detectado claramente la debilidad que desprendía su mirada?
Léane volvió a su sitio y dejó el arma a su lado.
No le quitaba el ojo de encima, como un adversario en una partida de ajedrez.
¿A qué juego estaba jugando? ¿Trataba de desestabilizarla? Si era así, lo había conseguido.
Pensó en sus revelaciones. ¿Quién era ese tal Nathan Miraure? Léane recordaba su primera novela… En el momento de elegir un seudónimo, Miraure se le vino a la mente de forma natural, como un reflejo de su nombre. Pero ¿por qué ese en concreto? Nunca se lo había preguntado.
El tiempo pasaba y empezaba a hacer mella en sus hombros y riñones.
¿Cuánto tiempo hacía que no dormía? Por más que intentó resistirse, sus ojos se cerraron y, cuando los volvió a abrir, estaba tumbada en el suelo, acurrucada sobre sí misma como un gato.
Le echó un vistazo a su reloj: las tres de la madrugada.
Se incorporó con torpeza, febril, con los músculos doloridos y la impresión de ser prisionera del fuerte ella también.
Del lugar emanaba una especie de opresión.
Faltaba el aire. Esa vez, era Giordano quien la observaba fijamente, sin moverse, en silencio, con una expresión extraña.
Léane no era capaz de discernir en su mirada si era la presa o el cazador.
Subió y fue a orinar en medio de la noche helada.
La niebla la aislaba de sí misma, tan densa y gris que Léane tuvo la sensación de que sus miembros ya no le pertenecían.
Ascendió hasta la cima de la torre. No podía ver ni a un metro de distancia, pero el rugido de las olas le pareció lejano.
El mar se había retirado y había liberado al fuerte de su dominio.
Tomó una bocanada de aire fresco y bajó al sótano.
Recogió la pistola del suelo.
—Te voy a quitar las esposas para que te puedas asear y cambiar de ropa. Tienes todo lo necesario en la mochila. No hace falta que te diga que sé disparar y que lo sé todo sobre esta pistola; ventajas de escribir novela policíaca y de tener contactos en el mundillo.
Le lanzó la llave al pecho y se alejó hacia el fondo de la estancia sin bajar el arma. No le tenía miedo a nada: con el pie en ese estado, Giordano no sería capaz de abalanzarse sobre ella. Él se deshizo de las esposas y se masajeó las manos y los puños, haciendo una mueca de alivio.
—Gracias.
—Cierra la boca.
Intentó mantenerse firme, pero se le desgarró el corazón cuando Giordano quiso levantarse apoyándose en una pierna y cayó de rodillas, provocando un ruido sordo.
Empezó a dar vueltas por el suelo, gritando.
Una parte de ella quería ayudarlo, calmarlo, llevarlo al hospital.
Ningún hombre, culpable o inocente, merecía un trato así.
Se recompuso; debía mantener las distancias.
A cuatro patas como un perro, rebuscó en la mochila y sacó una toalla, jabón, una manopla de baño y la ropa vieja de Jullian.
—¿No has traído nada para que me afeite?
—Tampoco pidas tanto. Date prisa.
Giordanó esbozó una sonrisa. Tenía los dientes blancos y bien colocados. Por primera vez, Léane vio algo más que desesperanza en su rostro. De repente lo veía demasiado humano. Hizo un esfuerzo sobrehumano por permanecer impasible.
—¿Vas a mirar?
—No es la primera vez que veo un culo. Basta con que te des la vuelta.
Obedeció y se desvistió con la lentitud de un caracol.
Apretó los dientes cuando la tela rozó su pie magullado y tembló cuando el agua le acarició la piel.
Tenía un tatuaje en el hombro derecho: un pez de color naranja con una larga aleta caudal.
Su cuerpo estaba demacrado, pero la ropa limpia le devolvió un poco de dignidad, cosa que Léane lamentó: era aún más duro mantenerlo encerrado en ese zulo. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?
—Ahora, vuelve a ponerte las esposas. Con una muñeca será suficiente. Quiero escuchar el chasquido.
Giordano siguió sus órdenes al pie de la letra y le lanzó la llave antes de que se la pidiera. Léane le acercó comida y agua.
—La próxima vez traeré una férula para tu pie y medicamentos para aliviar el dolor de las fracturas. Debo de tener en casa. Mi marido se lesionaba de vez en cuando con el carro a vela. De todas formas, no se puede hacer mucho más para ese tipo de lesiones.
—¿Cuándo vas a volver?
Léane se sentía demasiado débil, demasiado influenciable. Tenía que irse ya. Metió la ropa sucia en la mochila a todo correr, cerró la cremallera y se dirigió hacia la salida, sin dedicarle ni una sola mirada.
—¿Léane?
Cuando oyó su nombre, sintió la debilidad de darse la vuelta.
—No olvides que yo también tengo una hija, como tú. Y que buscará a su padre.
Sentía que estallaría si se quedaba un segundo más, así que se adentró en la escalera. Esa vez, él no suplicó cuando desapareció.
Solo se hizo el silencio.