El manuscrito Capítulo 37
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Capítulo 37

A Vic le había caído la bronca de su jefe por lo del móvil sacado del armario de pruebas y por la bolsa rota.

Le llovieron las amenazas —amonestación, suspensión, cambio de servicio—, pero sabía que Alain Manzato lo necesitaba demasiado, sobre todo para ese caso, como para ejecutar todas sus amenazas.

Vic estaba más que acostumbrado: ya llegaría el momento de ajustar cuentas.

Así pues, tras algunos chanchullos administrativos, el móvil fantasma hallado en el vehículo de Delpierre —el mismo que habían confundido con el de Rose— recibió un nuevo número de precinto, sin que nadie se diera cuenta.

Luego, gracias a una solicitud del fiscal y una orden de peritaje, el dispositivo terminó con una petición de análisis prioritario en manos de un perito del departamento de tecnología digital, en el laboratorio de la Policía científica de Écully, cerca de Lyon.

En aquella víspera de Nochebuena, Vic y Vadim estaban junto a Marin Tremblay, el especialista en tecnología digital en cuestión. Tras haber creado una tarjeta SIM de prueba, idéntica a la original, el experto la insertó en el dispositivo y lo encendió.

—El teléfono se va a reiniciar en el mismo estado en el que estaba tras su última utilización. Como tenía identificación por huella dactilar, al propietario no le pareció necesario establecer un código PIN, así que un obstáculo menos.

Como no se veía nada con la pantalla rota, Tremblay conectó el teléfono a su ordenador. Con ayuda de un programa informático, podía controlar el móvil desde el teclado y el ratón. Una aplicación de mensajes SMS apareció en pantalla. Vadim se concentró en el monitor.

—Tenías razón. Lo último que hizo Delpierre antes de que le mangaran el Ford fue contactar con alguien por mensajería…

El experto fue ascendiendo en el hilo de la conversación entre Delpierre, alias Doctor Watson, y su contacto, del que solo aparecían las iniciales: PM.

—Ya tenemos un Doctor Watson, yo apuesto por Profesor Moriarty —soltó Vic—. El malo de las novelas de Conan Doyle.

—Menudos graciosillos…

En la pantalla se encontraba el primer mensaje de la conversación, que remontaba al día del robo en la gasolinera, el 18 de diciembre de 2017.

16:02:23 PM: urgente. Conéctate

16:03:12 DW: ¿problemas?

16:03:52 PM: Limpieza. No hagas preguntas.

Envía confirmación cuando esté todo OK

16:04:18 DW: Hecho

[…]

19:28:12 DW: paquete recogido

19:31:23 PM: OK, confirma cuando termines

[…]

22:31:02 PM: ¿Y bien? ¿Las fotos?

22:47:22 PM: ¿ha ido todo bien?

23:54:30 PM: ¿por qué no respondes? ¿Qué cojones haces?

Marin Tremblay movió la ventana a un lado.

—Nada más.

Navegó por la aplicación y después por la lista de contactos.

Decepción absoluta: «Moriarty», escrito con todas las letras, era su único contacto, y ese trozo de conversación que acababan de leer los policías eran los únicos SMS que quedaban en el móvil de Delpierre. Vadim toqueteaba un paquete de tabaco.

—Delpierre se molestaba en borrar todos los mensajes. Pero estos los dejó, como si no los hubiera podido eliminar porque le robaron el móvil al mismo tiempo que el coche.

—Parece que solo utilizaba este teléfono para ponerse en contacto con el Profesor Moriarty. ¿Vamos a poder recuperar los SMS?

—Habrá que ver. En teoría, el chip de memoria del móvil nunca pierde los mensajes, ni siquiera los que se han borrado.

Pero, para simplificar, los datos que logremos recuperar estarán desordenados.

Habrá que mapear la estructura del chip, identificar el código y reorganizarlo todo.

En fin, dado el modelo del teléfono y el empeño de los fabricantes en reforzar cada vez más la seguridad de sus dispositivos, esto va a llevar tiempo, al menos una semana, y sin garantía de resultados.

También vamos a solicitar el historial de llamadas de ese tal Moriarty.

Por desgracia, eso es todo lo que podemos hacer sin tener el móvil en nuestro poder.

Todos los datos importantes están almacenados en la tarjeta SIM…

Vic señaló el primer mensaje de la conversación.

—Moriarty le ordenó a Delpierre que se conectara. ¿Quizá a una página web?

—Vamos a comprobarlo.

El técnico hizo doble clic en un botón del teléfono y mostró todas las aplicaciones que estaban en funcionamiento. La de los SMS, un navegador de internet abierto en una página de compra de material de moldeado y una aplicación cuyo logo era una cebolla.

El técnico pasó a esta última.

—Vuestro Delpierre había abierto un navegador TOR: la puerta de entrada a la darknet .

Vic y Vadim sabían lo que significaba. La darknet , el internet profundo…

, un espacio escondido y desconocido para el común de los mortales, un mundo electrónico donde poder navegar de forma anónima y acceder a las desviaciones más oscuras, un lugar donde comprar y vender droga o armas, organizar asesinatos, almacenar y visualizar imágenes pedófilas con total impunidad.

Los terroristas lo utilizaban para comunicarse, fabricar bombas y recibir instrucciones.

Para acceder, era necesario instalar TOR y, sobre todo, conocer las direcciones de acceso: una secuencia aleatoria de números y letras que solo se obtenía a través de personas informadas, redes oscuras…

Fue una suerte para Vic y Vadim que Delpierre no hubiera tenido la oportunidad de cerrar su navegador, ya que el sistema no dejaba rastros en el historial ni puntos de entrada.

Al abrirlo, solo aparecía una pantalla en blanco que solicitaba una dirección.

TOR estaba ubicado en una página negra con una dirección incomprensible, con dos animaciones colocadas justo en el centro.

A la izquierda, la de un hacha de cuya hoja caía sangre, y, a la derecha, la de un ojo cuya pupila se dilataba y se contraía; un verdadero amateurismo en lo que ha creación de páginas web se refiere, pero a quienes fabricaban estos accesos no les importaba la estética.

El experto cogió un pósit y un bolígrafo.

—Os anoto la dirección antes de clicar.

—No hace falta.

—¿Estás… seguro?

Vadim giró la mano a la altura de la sien.

—La ha recordado y la recordará hasta el fin de sus días. No intentes entenderlo, él es así.

Tremblay miró fijamente a Vic, sorprendido. Luego clicó en el ojo animado. Se abrió una página de identificación, en la que se solicitaba una contraseña. Tecleó cualquier cosa y clicó en «Confirmar», sin éxito.

—Inaccesible.

—¿Podrías encontrar la forma de penetrar en el sistema?

—Sin la contraseña, puede llevarme semanas en función de la complejidad. Tenemos robots que pueden probar diferentes contraseñas, pero deben enviar solicitudes y esperar la respuesta antes de pasar a la siguiente.

Volvió a la página de inicio y seleccionó el hacha en esa ocasión. Apareció un mensaje por un breve instante —«Identificación exitosa»— y el sistema lo dirigió a una nueva página, que ofrecía dos enlaces: «Moriarty» y «Doctor Watson».

—Estamos de suerte: la sesión de Delpierre estaba abierta. ¿En cuál entramos primero?

—En Doctor Watson.

Obedeció. Apareció una galería de fotos.

El técnico se echó hacia atrás en la silla, conmocionado por lo que acababan de descubrir.

Delpierre había publicado fotografías de los cadáveres colocados sobre las lonas, todavía con la cabeza cubierta por bolsas de plástico.

Cada fotografía había sido sacada junto a un agujero cavado en la tierra, con flash y probablemente de noche, en plena naturaleza.

Había colocado los cadáveres de distintas formas: a veces de frente, a veces de espaldas o de perfil, de manera que nunca se viesen las partes despellejadas.

Quedaba claro que Delpierre no quería que Moriarty descubriera lo que les hacía antes de llevarlos allí. Vic suspiró.

—Ya sabemos cómo nuestro «limpiador» le enviaba al Profesor Moriarty las pruebas del trabajo realizado.

Publicaba las fotografías de los cadáveres al lado de los agujeros donde los acababa enterrando.

Móviles desechables, la darknet , intercambios minimalistas…

Son invisibles y están muy bien organizados. No son principiantes.

—Ocho cadáveres enterrados. El noveno estaba en el maletero: había ido a recogerlo a algún sitio y se preparaba para deshacerse de él. Eso es lo que esperaba Moriarty aquella noche, que Delpierre publicara las fotos de los cuerpos al lado de su tumba.

Se instaló un silencio largo. No tenían nada más allá de esas imágenes. Ni fechas ni identidades. Tremblay volvió a coger el ratón.

—Meteré estas fotografías en mi disco duro y os las haré llegar a lo largo del día.

Mostró la pantalla anterior y, tras lanzarles una mirada a ambos policías, clicó en el enlace «Moriarty». La página era negra, con solo un mensaje escrito en blanco en el centro:

«La limpieza se llevará a cabo en el chalé Edelweiss, aislado a la derecha, al final del sendero de la colina Serre Beau, La Chapelle-en-Vercors».