El manuscrito Capítulo 36
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Capítulo 36

Diez minutos después de que se fuera Colin, Léane salió con una mochila de deporte en la mano.

Estaba tan tensa que casi se quedó atascada en la arena cuando dio marcha atrás.

Luego le llevó más de una hora y cuarto llegar a Ambleteuse.

El viaje se había alargado debido a la niebla espesa que borró el paisaje justo después de Le Touquet.

La imponente silueta del fuerte no apareció hasta el último momento, como una orca surgiendo de las tinieblas.

Léane reunió fuerzas, se metió en la boca del lobo y descendió hacia el almacén.

Las fotos de Sarah, con las que se volvió a cruzar mientras avanzaba, le daban la fuerza necesaria para continuar.

Inspiró y entró en la estancia.

Bajo la iluminación lúgubre de la bombilla se encontraba Grégory Giordano, con los ojos cerrados y la cabeza gacha, apoyada sobre el pecho.

Parecía un títere desarticulado, y a Léane le dio la impresión de que se le había dislocado el hombro izquierdo.

Tenía la muñeca de un tono azulado y la mano liberada llena de sangre: había rascado la piedra alrededor de la estaca que sujetaba la cadena, cincuenta centímetros por encima de su cabeza.

Las latas de conserva estaban vacías, volcadas.

Solo le quedaba un culo de agua en una botella.

Después de avanzar unos pasos, Léane ocultó la nariz en la bufanda y, sin hacer ruido, le volvió a colocar la mano liberada en una de las esposas y la cerró rápidamente. El prisionero se despertó, gruñó y forcejeó como un animal enjaulado.

—¿Qué haces?

Sin responder a su pregunta, cogió el cubo de metal y salió a vaciarlo al exterior. Volvió con un recipiente lleno de agua de lluvia, adquirida de las goteras de la casamata. Luego sacó una manopla de baño de la mochila de deporte, la empapó de agua helada y la acercó al rostro de Giordano.

—Deja que te asee. Deja que lo vea todo un poco más claro.

—¡Libérame! ¡Deberías haber vuelto! ¿Cuánto tiempo más… pretendes dejar que me pudra aquí?

Se negó a que lo tocara. Su tos había empeorado y le desgarraba el pecho. Terminó cediendo. Con delicadeza, Léane le limpió la sangre seca. Después cogió de la mochila un paño y un antiséptico y le curó las heridas de la frente, del ojo y a la altura de la oreja.

—Todavía tienes el ojo hinchado. No parece que tengas fiebre, pero te voy a dar algo por si acaso de todas formas. Te he traído ropa interior y ropa calentita. Son de mi marido, así que deberían servirte. Podrás asearte y cambiarte enseguida.

Giordano enderezó la espalda e hizo una mueca cuando movió la nuca.

Léane le dio dos cucharas de jarabe para la tos, espray para la garganta y un paracetamol con agua, que se tragó sin rechistar.

Le miró el pie herido: estaba casi violeta, dos veces más gordo que el otro y agrietado por el frío.

Léane no tenía ninguna solución, por lo que prefería no pensar en ello: volvió a rebuscar en la mochila y sacó un paquete de Marlboro y un mechero Zippo de plata.

—¿Lo reconoces?

Él asintió. Léane le colocó un cigarrillo entre los labios y lo encendió. El hombre absorbió antes de toser hasta desgarrarse los pulmones.

—¿Qué día… es hoy?

—Es viernes… 22. Pronto serán… las diez de la noche.

—Viernes… ¿Dónde estamos? Dime dónde estamos.

Léane se sentó sobre la mochila, enfrentándolo cara a cara.

Jullian ni siquiera le había dicho dónde lo tenía encerrado.

Lo había privado de toda dignidad, no le había dejado ni una pizca de esperanza, con el objetivo de evitar que se creasen vínculos entre ellos.

Había estudiado ese tipo de relación entre el verdugo y su víctima.

De hecho, la había descrito claramente en El manuscrito .

Giró el mechero entre los dedos y mantuvo un tono de voz neutro cuando dijo:

—He hablado con tu hija, Roxanne.

Giordano movió las manos suspendidas, hizo fuerza con las cadenas que lo sujetaban; un esfuerzo en vano.

—¡Como te atrevas a tocarle un pelo, te vas a enterar!

Léane no se movió ni un milímetro y esperó a que se calmara. Continuó cuando estuvo segura de que la escucha atentamente:

—Me dijo que habías encontrado el gorro en medio de un sendero, cuando estabais de excursión cerca de La Chapelle-en-Vercors, el pasado febrero. ¿Dónde exactamente?

Giordano escupió el cigarro al suelo.

—¿De verdad crees que el tarado de tu marido no me lo ha preguntado ya? Primero dime dónde estamos.

—No.

Un nuevo ataque de tos. Su mirada volvió a posarse en Léane; brillaba con una especie de resignación.

—¿Qué quieres que te diga? Allí, todos los senderos se parecen…

Fue hace casi un año. Había bosques, árboles por todas partes…

—dijo, antes de tomar una bocanada de aire—.

Escucha, estoy al tanto de todo lo que le sucedió a tu hija.

Desde que estoy aquí encerrado, tu marido me ha hablado de la historia largo y tendido.

—Me dijiste que no la conocías cuando te enseñé su foto.

—¡Porque quería salir de aquí! Creo que lo puedes entender, ¿no?

Señaló el mechero haciendo un gesto con la barbilla.

—Me has enseñado el mechero para… para demostrarme que has estado en mi casa…, que has rebuscado en mi casa, al igual que tu marido… Ya estás al tanto de todo lo que pueda contarte, ¿eh? Simplemente me estáis poniendo a prueba…

Cada gesto iba acompañado por una mueca de dolor. Léane permaneció impasible. Debía ser más fuerte que la piedad, aunque una vocecita en su interior le dijera que aquel hombre era inocente. Fue a buscar la foto de Sarah que estaba bajo el adoquín, en la esquina, y se la enseñó.

—Vas a un pueblo perdido en medio de la nada y dices que te encuentras el gorro de mi hija.

Este gorro. Trabajabas en el mismo edificio que el servicio que lleva la investigación sobre la desaparición de Sarah.

Son unas coincidencias un tanto extrañas que me llevan a pensar que mi marido tiene buenos motivos para mantenerte aquí encerrado.

Léane ignoraba si el ojo derecho de Giordano lagrimeaba por culpa del frío o si se trataba de una lágrima de emoción genuina. Mantuvo silencio y cerró el pesado párpado tumescente.

—Tú lo has dicho, ¡son coincidencias! Las coincidencias no… hacen que una persona sea culpable. Escribes novelas policíacas, deberías saberlo…

—¿Cómo lo sabes?

—Los libros, en mi casa… Tu marido estaba convencido de que…

los había robado de vuestra casa, de vuestra librería…

Pero es mentira. Es completamente falso, esos libros me pertenecen.

No tiene ni pies ni cabeza… He pasado veinte años de mi vida metiendo a deshechos sociales en la cárcel, a cabronazos que trataban a las mujeres y a los niños como…

si fueran objetos, que te harían vomitar solo con contarte las cosas que hicieron. ¿Y es a mí a quien se juzga?

La voz de Giordano sonaba áspera. Léane sintió que el frío del sótano la envolvía. Ella también era prisionera de la memoria de su marido, de su ignorancia. Giordano parecía abrumado cuando dijo:

—Estás aquí, pero… no sabes nada. Tu marido no te ha contado nada de nuestras conversaciones. ¿Por qué? ¿Qué le ha pasado?

—Le dieron una paliza y ha perdido la memoria. Y algo me dice que no estás aquí sin motivo.

Durante la fracción de un segundo, a Léane le dio la impresión de ver un movimiento en la comisura derecha de su boca, como si fuera a esbozar una sonrisa.

Sin embargo, no se había movido; sus labios seguían igual de inmóviles.

¿Se estaba volviendo loca? ¿Tenía visiones por culpa de la falta de sueño?

Giordano señaló las cadenas con la barbilla.

—¿También me vas a acusar de la agresión a tu marido, cuando fue él quien me encerró aquí?

—Quizá haya sido un cómplice. Alguien que te esté buscando…

—Estás delirando…

—Quiero saber exactamente qué fue lo que pasó el día de tu secuestro.

—No gano nada dándote lo que quieres.

—Te divorciaste en 2010. ¿Por qué? ¿Y por qué cambiaste de trabajo? ¿Quién transformó tu vida?

—Claro que sí… Me divorcio, al igual que una persona de cada tres, dejo mi trabajo porque ya no tengo fuerzas para seguir trabajando en el peor departamento de la Policía, y por eso soy culpable de lo que le pasó a tu hija…

¿Qué? ¿No tengo derecho a cambiar de trabajo?

Diga lo que diga, siempre verás algo que me inculpe.

Vas a seguir el camino del chalado de tu marido. Mátame a golpes. Venga.

Hizo repiquetear las cadenas.

—¡Hazlo!

Léane no se sentía capaz. Se enderezó y caminó para desentumecerse las piernas. No podía cederle terreno, tenía que recuperar el control de la situación.

—Lo descubriré todo por mí misma. Y, durante todo el tiempo que me lleve hacerlo, permanecerás en esta ratonera. Además, mi marido pronto recuperará la memoria. Y no me gustaría estar en tu pellejo cuando llegue ese día.

—Ah, porque sí que te gustaría estarlo hoy, ¿no?

—¿Sigues sin querer contarme nada?

No respondió. Léane se dirigió al fondo de la estancia. Luego le lanzó comida y una botella de agua. Dejó los medicamentos pegados a la pared, justo a su lado, y le liberó una mano.

—Traje de todo para que te aseases un poco, pero el tiempo apremia. Te dejo los medicamentos aquí. Volveré mañana. O pasado mañana. O puede que nunca.

—¡No, no! ¡Por favor!

Léane se alejó, pero una voz se alzó a su espalda:

—Era policía operativo, realizaba las tareas directas sobre el terreno… Trabajaba todos los días con proxenetas y prostitutas…

Léane se quedó quieta.

—También trataba con el mundo del espectáculo y con los peces gordos, porque todo eso está relacionado. Droga, dinero, sexo… Creo que no hace falta que te haga un croquis.

Léane se giró y se volvió a acercar a él. Giordano la miró con desprecio, pero siguió hablando:

—¿Qué quieres que te cuente? Dormía en hoteles cutres donde, en las habitaciones contiguas, unas prostitutas recibían reprimendas, o en palacios con una…

una tribu de abogados o jefes que solicitaban chicas a tres mil euros la noche…

Porque en eso consistía mi trabajo: observar, infiltrarme, para pillarlos con las manos en la masa.

Solo volvía a casa una vez cada dos días, con restos de cocaína en la nariz. A eso se debe el divorcio. ¿Contenta?

—Sigue. ¿Por qué dejaste la Policía?

—Fue a mediados de 2010. Llevábamos meses vigilando una red de proxenetismo gestionada por dos hermanos en Rumanía, que…

reinvertían el dinero en el sector inmobiliario…

Doce mujeres se prostituían entre Grenoble y Chambéry.

Los hermanos amenazaban a las familias en su país si ellas no obedecían.

Dos madamas las vigilaban, las aterrorizaban y las agredían…

Esas chicas se alojaban… en un campamento de romaníes a las afueras de Grenoble.

Creyeron que llegarían a Francia para trabajar como camareras o limpiadoras, pero acabaron convirtiéndose…

en esclavas sexuales… Así funcionan las cosas en ese tipo de redes.

Su mirada se perdió en el vacío. Estaba allí, con ellas. Léane permaneció inmóvil, muy recta.

—Una noche, intervenimos… Mi mujer me acababa de decir que me dejaba, así que huelga decir que… no estaba bien. Cuando… tuve a una de las madamas delante de mí… yo… Se me fue la cabeza. Yo…

Hasta sus ojos parecían pesados cuando los alzó hacia Léane.

—Lo que tu marido me ha hecho… no es nada si lo comparo con lo que le hice a ella.

Si uno de mis compañeros no hubiera intervenido…

la habría matado. Busca en internet «caso de los hermanos Petrescu», y verás que es cierto.

Fue hace siete años. Mis jefes encubrieron mi error, sobre todo para salvar el culo, pero…

tuve que dejar la Policía y encontrar un trabajo nuevo.

Así que, como puedes comprobar, ni siquiera estaba en la Policía local cuando empezó el caso Jeanson. No tengo nada que ver con él.

Sin ser consciente, Léane tocaba la foto de Sarah con la punta del pulgar, y la frase escrita por su marido con tinta negra.

—Podrías estar mintiendo.

Una tos larga atacó a Giordano, antes de que pudiera responder:

—No miento. Llama a la Policía y verás.

—¿Para que vengan a por mí? Buen intento. ¿Qué es el Torreón Negro?

—No tengo ni idea.

Había contestado de inmediato.

—¿Trabajas en ese mundillo y no lo conoces?

—Trabajaba en ese mundillo, en pasado. Joder, ¿esas coincidencias merecen tanto la pena como para que tenga que vivir esta pesadilla? Solo fue un gorro que me encontré en medio de la nada, hostia. Un simple gorro.

Léane ya no podía más.

—Lo… lo siento.

Salió corriendo hacia las escaleras, a pesar de los gritos y las suplicas, y cruzó el patio con las lágrimas derramándose por sus mejillas. ¿Qué había hecho?

¿Qué habían hecho?

En cuanto empujó la pesada puerta de madera, un vendaval de bruma marina le azotó la cara.

Los últimos escalones habían desaparecido bajo el agua, mientras unas corrientes poderosas danzaban al pie de los muros, emergiendo de una espesa niebla.

Más allá, en ese gris suspendido en gotitas heladas, las rocas a ambos lados del camino aún asomaban, asediadas por unas blancas cortinas de espuma a ambos lados.

El fuerte se había convertido en isla.