Capítulo 35
Si no salía de casa de Giordano a toda leche, estaría jodida.
Los policías avanzaban por el sendero que daba a la entrada. Iban a ver las huellas, dar la vuelta a la propiedad y entrar del mismo modo que ella.
Léane dejó de pensar: bajó corriendo las escaleras y se abalanzó hacia el vestíbulo; luego al garaje.
Abrió la puerta trasera sin hacer ruido y corrió hasta el fondo del jardín sin mirar atrás.
Con las suelas pesadas por la nieve, se deslizó entre dos cipreses, trepó la verja y acabó en otra propiedad.
Sin aliento y tras un recorrido de obstáculos, saltando vallas, cortavientos y cercas, llegó a un camino que empezó a subir a trote ligero.
Por fin alcanzó el asfalto mojado. Una calle, coches. Léane sentía que echaba humo como una caldera. Se abrió el abrigo para recuperar el aliento y dejó escapar una nube de vaho. Tras cinco minutos intentando orientarse, reconoció el lugar y regresó al coche.
Los policías seguían allí cuando pasó frente a la casa de Giordano.
La mujer hablaba por teléfono; su compañero se adentraba en el garaje.
Si hasta ese momento no sabían que Giordano había desaparecido, en cinco minutos lo descubrirían.
Iban a registrar la casa, hallar la sangre y abrir una investigación por desaparición.
Rezaba para que Jullian no hubiera dejado ningún rastro, ninguna huella.
Si ese era el caso, nada los vinculaba con Giordano, salvo el gorro.
Los policías probablemente interrogarían a Roxanne, que les contaría cómo se conocieron…
, pero, con suerte, no entenderían nada y no serían capaces de atar cabos.
Se dio cuenta de que aún le temblaban las manos sobre el volante cuando por fin llegó a la autopista tras unos atascos infernales, causados por el mal tiempo.
Las tenía completamente blancas. Léane había huido, sin pensar, sin plantearse en ningún momento entregarse o explicar la situación en la que se había metido.
En ese instante, le quedó claro como el agua: había cruzado la línea. Estaba protegiendo a su pareja.
Los paisajes cubiertos de nieve fueron desvaneciéndose poco a poco, dando paso a extensiones infinitas de tierras negras y gélidas.
El padre de Jullian la llamó alrededor del mediodía: ¿dónde estaba?
¿Cómo podía no estar al lado de su marido?
Jullian no paraba de preguntar por ella y por Sarah.
Jacques gritaba al otro lado del teléfono. Léane colgó, con el oído ardiendo.
A las dos de la tarde se detuvo en un área de servicio, echó gasolina, comió algo rápido y reanudó la marcha.
Cuando se incorporó a la A1 ya empezaba a anochecer.
Pisó el acelerador para llegar a La Inspiradora a las 16:45 h.
Le zumbaban los oídos por el largo trayecto.
Además, sentía los músculos duros y entumecidos por tantas horas sentada.
Se deshizo de las fotocopias de su libro y escondió la pistola en una bolsa, que guardó a lo alto, en el fondo del vestidor.
Apenas había terminado cuando Colin llegó antes de lo previsto, acompañado por tres expertos de la Policía científica.
Léane se atusó el pelo de forma automática y fue a abrir.
Él la saludó con un gesto de la barbilla casi imperceptible.
—¿Has arreglado las cosas con tu editor?
—No es algo que se vaya a solucionar de un día para otro. Consiste en una batalla de abogados.
Colin la observaba con una mirada inquisitoria.
Léane sabía que no estaba actuando como siempre, pues desprendía estrés y miedo por todos los poros de su cuerpo.
Había mantenido un tono de voz neutro y deseaba con todas las fuerzas una cosa: que Colin se largara de una vez y pudiera ir a interrogar a Giordano.
—Puedes sentarte en el sofá, pero no toques nada más mientras tomamos muestras de todo. Uno de los técnicos te tomará las huellas.
—¿A mí?
—¿Te asusta que te fichemos?
—No, pero…
Colin esbozó una sonrisa.
—No te preocupes. Es solo para compararlas con las que vamos a extraer de los elementos de contacto, como las manijas, el volante y las puertas del cuatro por cuatro.
Eso nos permitirá proceder por eliminación.
Haremos lo mismo con las de Jullian, pero no vamos a ir a molestarlo al hospital, ya que cogimos sus huellas después del allanamiento.
—¿Cuánto tiempo vais a tardar?
—Unas dos horas. ¿Vale?
Colin se quitó el abrigo y la bufanda, dejó la cartera en una esquina del mueble y les indicó a los técnicos en qué zonas trabajar.
Léane los observó mientras aplicaban unos productos y polvos por todas partes, incluso en los interruptores del dormitorio.
Colin los ayudó para que avanzaran más rápido.
A petición de uno de los técnicos, Léane hundió los dedos en tinta y él mismo se encargó de presionar sus falanges sobre un papel.
Con discreción, consultó la tabla de mareas en su smartphone e hizo un cálculo rápido.
Una vez en Ambleteuse, alrededor de las nueve de la noche, dispondría de dos horas para interrogar a Giordano antes de un nuevo ciclo. No podía permitirse perder tiempo.
Colin no dejaba de lanzarle miraditas, pero mantenía las distancias.
Se tomaba muy en serio la recogida de huellas: daba órdenes, participaba, iba de una habitación a otra…
Terminaron poco antes de las ocho. El policía se puso el abrigo y dejó salir a los técnicos de la Policía científica. Él se quedó en el umbral de la puerta.
—Tenemos todo lo que necesitamos. Perdón por los rastros de polvo que hemos dejado por todas partes. Por desgracia, no nos encargamos de la limpieza tras nuestro paso. Ya le enviarás la factura al Ministerio del Interior.
Léane no tenía la menor idea de si estaba de broma o no.
—No pasa nada, ya me encargo yo.
—Te mantengo informada si conseguimos algo sobre el intruso gracias a las huellas. ¿Estás segura de que va todo bien? Te noto rara.
—Es… complicado. Por un lado, está todo el asunto con mi editor. Y, por el otro, pienso que… que alguien pudo estar aquí, en mi casa. Imagino que entenderás que, con todo lo que ha pasado, no es algo fácil de digerir.
—Yo… ¿Quieres que te haga un poco de compañía? Tengo una botella de vino blanco bastante buena en casa y… —miró su reloj de pulsera— tengo que recoger dos docenas de ostras en la pescadería. La tienda está cerrada, pero conozco al dueño y me va a abrir. Es lo bueno de tener contactos.
Léane empezó a cerrar la puerta.
—Muy amable por tu parte, Colin, pero mejor lo dejamos para otra ocasión. Estoy agotada. Voy a picar algo rápido y acostarme temprano.
Él asintió, pero para Léane no pasó desapercibida la tristeza que cruzó su rostro.
—Otra vez será. No olvides activar la alarma.
Se despidió con la mano, pero se quedó petrificado en el umbral.
Entonces se dirigió hacia el cobertizo de los carros a vela.
Léane palideció: había olvidado la ventana rota.
Si entraba allí, descubriría los planos del instrumento de tortura y las botas embarradas junto al charco gélido. Léane se apresuró a seguirlo.
—¡No te preocupes, fui yo quien hizo eso! No sabía dónde había puesto Jullian la llave del candado.
—¿Te entraron ganas de conducir un carro a vela?
—De ir a ver las focas, más bien. Ayer. Para aclararme un poco las ideas. Guardamos los prismáticos en el cobertizo.
Colin echó un vistazo por la ventana, pero no se veía nada.
—Vale… Pero es un sitio demasiado húmedo para guardar los prismáticos…
Le hizo un gesto con la mano y siguió con su camino.
Cuando se dio cuenta de que se había olvidado la cartera, dio media vuelta.
Un cuarto de hora después de salir de La Inspiradora, volvió a llamar a la puerta, pero no obtuvo ninguna respuesta.
Las luces estaban apagadas, y el coche de Léane, antes aparcado frente al garaje, había desaparecido.