Capítulo 34
Vic condujo hasta comisaría sin abrir la boca, con Las cuatro estaciones , de Vivaldi, sonando en bucle y de fondo por los altavoces.
Estacionó de cualquier manera en el aparcamiento, dejó la puerta abierta, le pidió a su compañero que lo esperara ahí y volvió a salir del edificio cinco minutos más tarde, con algo bajo la chaqueta que Morel no conseguía distinguir.
—¿Puedes parar con tus dichosas adivinanzas y explicarme qué cojones haces?
—Un poco de paciencia. Nos vamos cagando leches al Instituto de Medicina Legal, Ehre nos espera allí. Está terminando un informe.
—No sabes lo coñazo que es trabajar contigo.
—Gracias.
—Dame una pista al menos…
—Las pistolas de colección en casa de Delpierre… me llevaron a pensar en el arma que encontramos en el asiento del copiloto, cuando pasó todo lo de Quentin Rose, y, por asociación de ideas, en el móvil que encontramos al mismo tiempo.
—Muy bien. ¿Y?
—¿Qué? ¿No lo entiendes? ¡Delpierre nos envió el SMS a nosotros!
—Creía que fue al Doctor Watson.
—Delpierre es el Doctor Watson.
—Y yo el papa. Me cago en la puta, Vic. No entiendo nada.
—Ya lo entenderás.
Morel cerró la boca. Prefirió clavar la mirada en las farolas que pasaban, en las reverberaciones anaranjadas sobre la nieve acumulada en las aceras, en las decoraciones suspendidas en el aire: estrellas amarillas y abetos parpadeantes que le recordaban que se avecinaban las fiestas más asquerosas de toda su vida.
Reflexionó sobre las recientes conclusiones a las que llegaron en la granja: Félix Delpierre quizá no era más que un secuaz cuyo papel se limitaba deshacerse de los cadáveres.
Sus fantasmas lo habían alcanzado y empujado a cometer esos actos horribles con los muertos, y a secuestrar a Apolline.
Pero, si él limpiaba, ¿quién mataba? ¿Quién mutilaba y remataba a esas pobres chicas antes de entregárselas? ¿Qué acontecimiento había desencadenado esa especie de pánico la noche en que Delpierre cometió una imprudencia y le robaron el coche?
Llegaron al aparcamiento casi desierto del Instituto de Medicina Legal. Un viento polar los recibió al salir del coche. Ehre fue a recibirlos en la recepción.
—Últimamente os tengo muy vistos. Ya era hora. Si hubierais llegado cinco minutos más tarde ya no me pillabais. Me pienso tirar bajo una palmera hasta el año que viene. Vacaciones.
—Yo estoy oficialmente de vacaciones esta noche. Y Vadim también.
Vadim se encogió de hombros.
—Sí, estamos todos de vacaciones. Pero nosotros mañana no estaremos tumbados bajo una palmera, precisamente. En todo caso, una palmera es lo que nos van a meter bien profundo, ya sabes dónde.
La forense se echó a reír y, por petición de Vic, bajaron hacia la morgue. Un neón crepitó en el silencio; una luz de un blanco lechoso les agredió las retinas e hizo relucir el acero de los cajones alineados en varias hileras.
—Tengo que ver a Delpierre.
La forense asintió y se dirigió hacia uno de los cajones.
Tiró con un golpe seco y el carrito surgió de las tinieblas como una lengua diabólica.
Apareció una bolsa negra. Vadim se rascó la cabeza mientras intentaba resolver el enigma.
Vic abrió la cremallera y reveló el rostro medio desfigurado del verdugo.
—Hola, Doctor Watson.
Vic se sacó del bolsillo la bolsa de pruebas que contenía el móvil con la pantalla rota. La batería y la tarjeta SIM habían sido retiradas, por razones de procedimiento. Morel frunció el ceño.
—¿Qué haces con el móvil de Rose? Mierda, Vic, es una puta prueba. No tienes derecho a…
—Lo encontramos en el asiento del pasajero del Ford, junto al dinero y la Beretta. Pero ¿quién dice que era el suyo?
Los ojos de Morel empezaron a brillar.
—¡Hostia! Es el de…
—Nos equivocamos por completo. Félix Delpierre conducía con urgencia esa noche. Quizá estaba recibiendo y enviando mensajes al mismo tiempo, ya que tenía ese segundo teléfono al alcance de la mano. Cuando salió a echar gasolina, lo dejó sobre el asiento a su lado.
—Y nosotros, después del accidente, lo guardamos junto al dinero y la Beretta, creyendo que pertenecía a Rose. Por eso dejamos de prestarle atención…
—Delpierre envió el misterioso SMS con su móvil oficial porque sabía que, si teníamos su coche, también teníamos su teléfono fantasma. Nos mandó ese mensaje directamente porque estaba seguro de que acabaríamos encontrándolo.
Vic rompió la bolsa por la parte inferior, bajo la atenta mirada de un Morel contrariado.
—Tenemos bolsas de pruebas de sobra. Y no te preocupes, no voy a tocar la SIM.
Para respetar el procedimiento, había que evitar las reubicaciones y la destrucción de datos, de ahí la prohibición de reactivar la tarjeta SIM fuera de un laboratorio de la Policía científica. Vic se limitó a colocar la batería en su compartimento y a encender el teléfono, que estaba bloqueado.
—Es un móvil de última generación. Identificación por huella dactilar…
Sujetó la mano del cadáver, forzó un poco para despegarla del cuerpo, agarró el pulgar y lo apoyó sobre la pantalla.
El teléfono se desbloqueó y mostró varios datos ilegibles debido a la pantalla destrozada. Vic le lanzó una mirada satisfecha a su compañero.
—El Doctor Watson nos acaba de abrir las puertas de su casa. Aquí se encuentra el mensaje que recibió justo cuando se disponía a matar a Apolline y que lo desencadenó todo. Solo nos queda leerlo.