Capítulo 33
—¿Un limpiador de cadáveres?
Esa noche de viernes, tras la insistencia de Vic, los dos compañeros regresaron a la habitación escondida en el sótano de Félix Delpierre.
V&V habían vuelto a enfrentarse a la carretera, al frío, a las curvas, y, aunque la mayoría de los caminos habían sido despejados de nieve, conducir seguía siendo peligroso y agotador, sobre todo en la montaña.
Moral, ocupado con las autopsias, no había asistido al informe que Vic le había hecho al equipo tras la visualización de los DVD .
En ese momento, se trincaba su segundo sándwich de atún con mayonesa del día y se quitaba las migas del cuello de la chaqueta con el dorso de la mano. Vic echó un vistazo bajo las cortinas rojas.
—Sí, un limpiador. Eso es lo que pienso. Félix Delpierre solo se deshacía de los cuerpos, no los torturaba. Algunas de las víctimas presentan varias quemaduras de cigarrillo, sobre todo en las partes genitales y los senos. ¿No dijiste que Ehre te mencionó que Delpierre no era fumador?
—Sí. Pulmones y dientes limpios. Ni rastro de nicotina en las puntas de los dedos. Por supuesto, falta que lo confirme el informe toxicológico. Pero ¿y si fumaba de forma ocasional? ¿O si compraba los cigarros única y exclusivamente para sus torturas?
Morel lanzó una mirada al bies, con los ojos apagados, hacia el lugar donde, el día anterior, habían encontrado el marco con el cuerpo en posición del Hombre de Vitruvio .
Las autopsias, en especial la de la «cosa», si es que a eso se le podía llamar una autopsia, habían sido un completo calvario.
Ehre y dos asistentes se encargaron de deshacer lo que Delpierre había creado, y de separar cada trozo de piel colocado en el esqueleto metálico.
Luego enviaron las muestras a los servicios de toxicología y de biología. Un puzle macabro.
El policía se espabiló y le dio un buen bocado al sándwich. Como siempre, Vic no le había explicado a su compañero el motivo de su regreso a la granja y había mantenido el misterio.
—Por favor, dime que no hemos vuelto a esta ratonera pasadas las ocho de la tarde para buscar cigarrillos. Ya se ha peinado toda la zona, así que no encontraremos ninguno. Ni rastro de ningún cenicero.
—No es eso. Ya te lo he dicho: no fue Delpierre quien quemó a las chicas. Un móvil… Eso es lo que tenemos que buscar.
Vadim giró todo el cuerpo hacia él.
—¿Un móvil? Pero si ya lo tenemos: el que estaba en medio de la mesa cuando vinimos la primera vez.
—Tenemos que buscar un segundo móvil no registrado, un teléfono que debía de utilizar para otra cosa.
La prueba se encuentra en el último DVD .
Justo cuando se preparaba para matar a Apolline, se escuchó el sonido de que había recibido un mensaje, y no fue el «canto de la rana» del móvil de la mesa del salón.
Esa noche, un mensaje fue el detonante de todo.
Tenemos que descubrir de qué se trataba.
—Delpierre nos esperaba. Sabía que íbamos a venir, así que se hizo cargo de la limpieza.
En caso de que existiera un segundo móvil escondido, se habría deshecho de él.
De lo contrario, lo habría dejado en la mesa del salón con el otro, acompañado de una notita en nuestro honor, como hizo con los DVD .
Algo así como: «Pasadlo bien, coleguis».
Vic buscó durante unos diez minutos. Luego frotó una mano contra la otra.
—Vamos a mirar en la basura.
—Qué romántico. Una hora de coche para hurgar entre la mierda.
Subieron hacia la cocina.
—Entonces, según tu teoría, ¿son dos?
—Sí. Delpierre no fue quien mutiló a las víctimas.
Primero, escogía las partes de los cuerpos exentas de cualquier herida o quemadura para despellejarlas y construir su «cosa».
En algunas de las pelis se puede observar cómo le molestaban esas mutilaciones.
Segundo, su comportamiento con Apolline me llevó a pensar que hay un segundo implicado: se podría decir que la trataba con cierto cuidado, quería dañarla lo menos posible.
Está claro que era un objeto sexual para él, un sujeto de excitación, pero no buscaba su placer en la tortura. Esa no era su movida.
—¿Su movida solo era violar cadáveres y pelarlos? Ah, bueno, entonces ni tan mal.
Morel se pasó las manos por el rostro con un suspiro.
—Perdón. Ayer mi mujer me preguntó en qué caso andaba metido.
Llego a casa tarde, estoy molido, olvido la Navidad…
He tenido que mentir otra vez, porque lo que estamos viviendo no es algo que se pueda contar a la ligera.
Mi hija tiene la edad de todas esas víctimas, joder.
Y, mientras estaba en la autopsia, no fui capaz de pasar ni un puto segundo sin imaginarme a Hélène ocupando el lugar de alguna de ellas.
Metió los restos del sándwich en el envoltorio en un gesto mecánico y lo dejó sobre la mesa. Luego salió al patio con una bolsa de basura y vació todo el contenido. Mientras tanto, Vic se encargó del gran cubo de plástico. Ya había encendido la luz del porche.
—Suelo olvidarme de que ya casi es Navidad. Lo siento.
—No pasa nada. Volvamos al tema que nos atañe.
—Vale. El lunes pasado, Delpierre recibe un mensaje justo cuando termina de cortarle las manos a Apolline para finalizar su obra.
Se trata de un mensaje urgente, imprevisto.
Lo sabemos porque Delpierre, quien normalmente es tan organizado, se olvida de llenar el depósito de gasolina.
Alguien le pide que vaya a un sitio, creo que para recoger un cadáver y limpiar una escena del crimen: la de la chica del rostro despellejado.
¿Te acuerdas de que en el cofre hallamos unas fregonas húmedas y ensangrentadas, bidones de lejía, cubos e incluso cal viva?
Morel asintió con las manos metidas en la basura.
—Cambia la matrícula, mete el cuerpo en el coche, limpia la zona, pero, en vez de deshacerse del cadáver directamente, se desvía hacia su casa para quitarle los ojos, el rostro y las manos.
Los ojos de Apolline no le acaban de convencer, seguramente porque su estrabismo le molesta.
Además, necesita encontrar otras manos, pues las de ella están dañadas por las incisiones en braille.
No le da tiempo a grabar, como tiene por costumbre.
En esta ocasión, actúa de forma precipitada.
Corta las manos, despelleja el rostro y arranca los ojos de la nueva víctima.
Una vez hecho, vuelve a meter el cuerpo mutilado en el maletero, junto a las manos inutilizables de Apolline, y regresa a la autopista para ir a enterrarlo todo.
Ya sabemos lo que ocurrió en la gasolinera.
Morel se enderezó:
—No he encontrado nada.
—¿Qué hizo con Apolline? Esa sigue siendo la incógnita.
—Está muerta, Vic. Que le cortó las dos manos, me cago en la leche. ¿Qué te crees, que sigue con vida?
—Si la hubiera matado, ¿por qué no estaba en el maletero la otra noche? ¿Por qué no hemos encontrado su cuerpo en la granja?
—Porque la mataría más tarde y la enterraría lejos de aquí.
—¿Por qué habría hecho eso si sabía que lo teníamos en el punto de mira? ¿Por qué vistió a un cerdo con el vestido de Apolline en vez de a la propia Apolline? Está en algún sitio, viva. Estoy convencido.
Vic tampoco encontró nada en la bolsa de basura, salvo un paquete de sobres, un bloc de papel de cartas de alta calidad y un frasco de perfume.
Se alejó un poco y roció el perfume: una fragancia femenina, unas notas amaderadas.
Inspeccionó el papel de cartas para comprobar que no hubiera nada escrito.
Se habían arrancado varias hojas. En la portada del cuaderno, en una esquina, estaba anotado «27654» con bolígrafo azul.
Vic frunció el ceño: ya había visto ese número antes.
Vadim suspiró.
—Hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué molestarse en deshacerse de los cuerpos por ahí, lo que implica transporte y demás, cuando cometía semejantes atrocidades en su sótano? ¿Por qué no limitarse a enterrarlos en su jardín?
Vic indagó en los compartimentos de su memoria. ¿Dónde se había cruzado con ese maldito número? ¿Cuándo? Le preguntó a Vadim, pero no le decía nada. Arrancó el trozo de papel y cerró la bolsa de basura, confundido e incapaz de recordarlo. Terminó volviendo a su conversación:
—Los cadáveres son el punto débil de todos los criminales.
Ya sabes que los jardines es lo primero que registramos.
Además, pueden atraer a animales salvajes, sobre todo por esta zona.
Por no hablar de toda la gente que se debía de acercar a esta casa por su madre: médicos, enfermeros…
Delpierre sabía de sobra cómo funciona el proceso de la muerte, por lo que se deshacía de los cuerpos sin dejar huellas.
Es su papel en esta historia, su competencia, por llamarlo de alguna manera. Sin cuerpo, no hay crimen.
—Sí, pero te olvidas de la «cosa»…
—No la olvido. Delpierre debería haberse deshecho de los cuerpos enteros, pero sus pulsiones fueron demasiado fuertes.
Es un necrófilo, Vadim, un enfermo. ¿Crees que la prisión puede ponerles fin a unas pulsiones semejantes?
Antes de hacerlos desaparecer Dios sabe dónde, les da su merecido y les quita un poco de piel a cada uno.
Evidentemente, es su mundo interior, su falla.
Su cómplice, quizá el que se hace llamar Doctor Watson, no está al tanto de todo eso.
Morel se mantuvo un rato en silencio, luego asintió.
—Sí, tiene sentido. Pero ¿qué pinta la joven ciega en todo esto?
Vic se encogió de hombros y se enderezó.
—No lo sé. Quizá el haberla visto cada día durante la obra en el instituto de los Senones le excitó más que sus cadáveres y sus DVD .
Una ciega, vulnerable, frágil… Un objeto vivo…
Penetra poco a poco en su vida, le roba objetos, fantasea con ella.
En un momento dado, da un paso más allá y la secuestra en Saint-Gervais.
Quiere tenerla para él solo. Se niega a ser un simple limpiador, un tipo que se encarga de la mierda de los demás.
Él también anhela el poder. Quiere demostrar de lo que es capaz.
Una vez cerró el saco de basura, Vic lo apoyó contra la pared y volvió a entrar en la casa. Morel lo siguió.
—Entonces, son dos…, Delpierre y… ese tal Doctor Watson, un desgraciado que tortura a las chicas.
Vic ya no lo escuchaba, plantado en medio del salón, la mirada clavada en las pistolas de colección que colgaban de la pared.
Morel podía seguir haciendo todas las preguntas que quisiera, pues no obtendría respuesta alguna: su compañero de equipo ya no estaba con él.
Vadim lo imitó, intentando entender qué veía en aquellas armas, qué le evocaban.
¿La locura de Delpierre? ¿Su obsesión? ¿Su afición a la sangre?
¿O acaso Vic leía allí una partitura que solo su extraño cerebro podía descifrar?
Cuando salió disparado hacia el coche como un perro chiflado, Morel se limitó a seguirlo.
Sin duda, estaban en camino hacia una nueva revelación, cuyo secreto solo conocía su compañero hipermnésico.