Capítulo 32
Léane recibió el golpe, plantada en medio de la estancia.
—¿De Jullian? Eso… Eso es imposible.
—Es su sangre y su ADN, Léane. Estamos cien por cien seguros.
Lo comparamos con el ADN de la sangre que le extrajeron en el hospital y es idéntico.
Por muy incomprensible que parezca, fue Jullian quien estuvo encerrado en el maletero de su propio vehículo.
Fue él quien escribió con la sangre VIVA , y seguramente también fue él quien escondió el gorro bajo la alfombrilla, a la altura de la rueda de repuesto, creyendo que era el de vuestra hija.
Léane se sentó en el suelo y acercó las piernas a su torso.
—¿Léane? ¿Sigues ahí?
—Sí, sí… Solo… Solo intento entender. Él… Jullian estuvo encerrado en el maletero de su propio cuatro por cuatro… Y lo encontraron herido después de sufrir una agresión en… en el dique.
—Precisamente, puede ser que no le agredieran en el dique. Tengo una hipótesis para todo esto. Un poco descabellada, eso sí, pero podría encajar, aunque no lo explique todo. ¿Recuerdas que el otro día me dijiste que Jullian odiaba las aplicaciones de salud y que nunca las utilizaba?
Léane se limitó a emitir un sonido a modo de respuesta.
—Imagina que alguien lo encerró en el maletero.
Jullian tiene el gorro que cree que es de su hija, que no sabemos cómo consiguió, y está convencido de que vuestra hija está viva.
Lo esconde en el compartimento de la rueda de repuesto para que alguien lo encuentre más adelante y escribe como puede la palabra VIVA , para dejarnos un mensaje.
Quizá creyó que iba a morir, que lo iban a asesinar.
Quizá el coche estuviera en marcha, que viniese de otra ciudad.
¿Del lugar donde encontró el gorro, tal vez?
En fin, el coche se detiene al borde del dique, en un lugar oculto de las miradas curiosas.
Cerca del faro es el lugar perfecto. Después, el agresor abre el maletero, deja inconsciente a tu marido, coge su móvil y se va a caminar a lo largo del dique…
—… para hacer como que Jullian fue el que hizo el recorrido.
—Exacto. Luego vuelve al maletero, lleva a Jullian hasta el lugar donde lo encontraron y deja el coche delante de la villa, y no en el garaje, como hace Jullian de manera sistemática. Después desaparece en la naturaleza.
Léane empezó a ver unas mariposas negras y a sentirse febril, como si le hubiesen vaciado toda la sangre del cuerpo.
—¿Por qué el agresor habría hecho algo así?
—Para que no entendamos nada. Para liarnos y darnos pistas falsas. Me da la impresión de que es un puto manipulador. Probablemente sea alguien más cercano de lo que pensamos, alguien que gravita a vuestro alrededor…
—Pero ¿quién, maldita sea?
—Lo descubriré. Tengo que contarte otra cosa increíble, escúchame con atención.
Me acerqué a la agencia de seguridad para hablar con el tío que vino a apagar la alarma la noche que volviste a la villa.
¿Te acuerdas? Jullian había llamado a la agencia de vigilancia la noche anterior, sobre la una de la madrugada, y había dicho que no recordaba los códigos por culpa del alcohol.
—Sí.
—Vale, pues le he enseñado una foto de Jullian al técnico. Por desgracia, era incapaz de asegurarme que fue a tu marido a quien vio aquella noche. De hecho, no se acuerda.
—Crees… ¿Crees que le abrió la puerta al agresor? Eso explicaría que no supiese los códigos.
—No estoy seguro. El técnico me dijo que el hombre tenía la llave de la puerta principal y que estaba achispado.
No habían forzado las cerraduras, así que el técnico naturalmente pensó que era el propietario.
Apagó la alarma y luego le pidió que firmara un documento de intervención, que he podido ver con mis propios ojos.
No es la firma de Jullian. El hombre que hizo saltar la alarma era un impostor.
Léane ya no entendía nada. ¿Quién era aquel desconocido que se había colado en su casa y agredido a su marido?
¿Era el mismo que ya había allanado La Inspiradora dos meses antes y robado sus libros?
¿Era él quien hizo desaparecer todos los documentos y expedientes sobre Sarah?
Volvió a pensar también en el ordenador de Jullian, vaciado de su contenido.
Alguien tenía interés en borrar sus descubrimientos.
Y no podía ser Grégory Giordano, que, según la lógica, había sido encerrado en el fuerte antes de la agresión de Jullian.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Pedir un análisis completo y más minucioso del habitáculo del coche, así como un análisis de tu casa.
Si estuvo sentado al volante, si condujo, si se desplazó hasta tu casa…
el agresor pudo haber dejado huellas en los muebles, en el coche…
En fin, hasta el más mínimo detalle podría ayudarnos a identificarlo.
Cuento con acercarme por la tarde con un equipo de la científica. ¿Te parece bien a las cuatro?
Léane le echó un vistazo al reloj de pulsera.
—Mejor sobre las seis, si te viene bien, para que me dé tiempo a terminar lo que tengo que hacer en París.
—Vale. Pero si llegas antes evita dejar tus huellas por todas partes, sobre todo en los pomos de las puertas. Soy consciente de que habrás dejado bastantes desde que regresaste, y quiero tener la oportunidad de encontrar rastros ajenos.
De repente, Léane escuchó el golpe de una puerta cerrándose en la calle.
Se abalanzó hacia la ventana. Un hombre y una mujer salían de un coche blanco serigrafiado con los colores de la nación.
Él se reajustaba la chaqueta gris; ella se abotonaba la cazadora.
Léane discernió el resplandor de una pistola.
La Policía.