El manuscrito Capítulo 31
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Capítulo 31

La casa de Grégory Giordano era un espléndido chalé individual, con un techo de paja en forma de seta y grandes ventanales circulares, plantado en medio de un amplio jardín.

Léane aparcó un poco más adelante y se acercó a pie, con la cabeza gacha.

Parecía una sombra furtiva a lo largo de la acera.

Lyon y sus afueras estaban hasta arriba de nieve.

En la calle se escuchaba el molesto pitido de un camión que esparcía sal gruesa.

El lugar era tranquilo, poco concurrido.

Aún estaba oscuro, y Léane sabía que el sol no los honraría con su presencia en todo el día.

Giró la esquina con un movimiento rápido y entró en el camino que daba a la casa.

Las únicas huellas que había en la nieve eran las de un gato madrugador.

Subió cuatro escalones y se plantó frente a la puerta de entrada.

Llamó a la puerta, por pura formalidad, y echó un vistazo a su alrededor, no fuera a ser que Giordano tuviera pareja…

Pero nadie respondió. Probó a abrirla: cerrada con llave.

Bajó de nuevo los escalones y rodeó la casa.

La nieve crujía bajo la suela de sus botas, y Léane tuvo la sensación de que iba a alertar a todo el vecindario.

Ninguna ventana rota, la veranda trasera cerrada con llave y en perfecto estado.

¿Y si Jullian hubiera secuestrado a Giordano en otro lugar?

Obtuvo su ansiada respuesta al llegar a la puerta del garaje: el pomo giraba en el vacío, como si alguien lo hubiera forzado.

Entró, cerró la puerta tras de sí y golpeó los zapatos contra el suelo de cemento para sacudirse la nieve.

Había un coche en el garaje. Léane inspeccionó el maletero, por si acaso.

Nada. Encontró una primera puerta que daba al jardín trasero, y una segunda que conducía al recibidor de la casa.

¿Cuántas veces había descrito ese tipo de escena en sus libros?

La protagonista al margen de la ley, avanzando en la oscuridad de una casa desconocida…

Un escalofrío le recorrió la espalda solo de pensarlo.

Se paró un segundo a reflexionar: ¿qué estaba buscando en realidad?

¿Rastros de Sarah? ¿Pruebas de la culpabilidad de Giordano?

¿Un cartel que dijera: «Es él» / «No es él»?

Una vez en el salón, se fijó en varios álbumes de fotos colocados al azar sobre un mueble, en unos papeles tirados y en las puertas abiertas de diferentes armarios. Le quedaba claro que Jullian había pasado por allí y lo había registrado todo.

Como las persianas estaban bajadas, encendió un halógeno y bajó la intensidad al mínimo.

Los álbumes seguían abiertos en fotos de la familia reunida.

Grégory Giordano, junto a su esposa —una mujer rubia y delgada— y su hija en el medio, tan rubia como el trigo.

Léane se quedó impactada por la dureza de la imagen: ninguno sonreía.

Sus rostros se veían serios, casi agresivos, y las miradas esquivas.

Siguió pasando las páginas, retrocedió en el tiempo y dejó que las imágenes desfilaran.

Entendió, por las expresiones en las fotos familiares —cada vez más escasas—, que aquella supuesta familia feliz estaba a punto de romperse. Roxanne había mencionado un divorcio.

Continuó registrando el salón y encontró unas tarjetas de visita tiradas en el suelo, junto a una cajetilla de cigarrillos y un mechero Zippo plateado.

Otra sorpresa, y de las buenas: Grégory Giordano ya no trabajaba en la Policía, sino en un concesionario en Lyon.

¿Por qué había dejado su puesto de trabajo?

¿Y cuándo? Según los artículos que Léane encontró en internet, habría sido después de 2010.

¿Y si todo estuviera relacionado? El divorcio, el cambio de trabajo, Sarah…

¿Y si, por el contrario, no tuviera nada que ver?

Léane sabía que, si uno se empeñaba en buscar conexiones, siempre terminaba encontrándolas, incluso las más absurdas.

¿Acaso no era eso lo que le había demostrado aquella historia de plagio que le había contado Pam?

Dio una vuelta por la cocina y luego subió a la primera planta.

La habitación de Giordano… Cama deshecha, sábanas revueltas.

Se acercó y vio una salpicadura de sangre en la funda de la almohada.

Se imaginó a Jullian irrumpiendo allí mientras el hombre dormía, y golpeándolo en la cabeza.

En el cuarto, los armarios también estaban abiertos y todo revuelto sin el menor cuidado.

Revisó entre la ropa, pero no encontró nada extraño.

Salió de la habitación y fue hacia el despacho.

Parecía que una tormenta había pasado por ahí.

Los libros de la estantería estaban en el suelo y había hojas esparcidas por todo el parqué.

Léane se apoyó contra la pared, con una mano en la frente.

Empezaba a ser consciente de que con cada minuto que pasaba, con cada nuevo movimiento, se convertía un poco más en la cómplice de su marido.

Ella también estaba cometiendo una infracción al irrumpir en la casa de un expolicía y hurgar entre sus pertenencias.

Al fin y al cabo, ella también lo estaba reteniendo como prisionero.

Sus ojos se posaron sobre un libro en particular.

Esa portada… Se agachó. Efectivamente, era El hombre del cementerio , una de sus obras.

Se puso de rodillas y empezó a rebuscar entre los demás libros.

Estaba rodeada de novelas policíacas y, entre ellas, varias escritas por la propia Léane.

Sabía que no se trataba de los ejemplares robados en su casa porque, a diferencia de esos, llevaban un sello de GABINETE DE PRENSA en la primera página.

Se incorporó y se apoyó en el escritorio. Esos libros no significaban nada: Grégory Giordano podía ser simplemente un aficionado a la novela negra, uno de tantos lectores de Enaël Miraure, como cientos de miles de personas más.

Inspiró hondo, intentó concentrarse y observó los papeles desparramados por el suelo: facturas, fotocopias, borradores… Se fijó también en la presencia de cables, pero ningún ordenador. ¿Se lo habría llevado Jullian para revisarlo en casa? Era posible, y tal vez incluso ya se había deshecho de él.

Casi se le sale el corazón por la boca cuando empezó a sonar su teléfono. Era Colin. No cogió la llamada, pero escuchó el mensaje que le dejó en el buzón de voz:

¡¿Léane?! Responde, por favor. Es sobre la sangre hallada en el maletero. Espero tu llamada.

Léane se acercó a la ventana y echó un vistazo discreto hacia la calle, todavía desierta. Le devolvió la llamada a Colin de inmediato.

—He oído tu mensaje…

—¿Dónde estás? No son ni las diez de la mañana, acabo de pasar por tu casa y he visto que no estabas. Lo mismo con el hospital: nadie. Llevas dos días desaparecida y ni siquiera me llamas para saber cómo va la investigación. ¿Ya no te interesa? ¿O qué pasa?

—He… he tenido un problemilla en París y he tenido que volver urgentemente. No me dio tiempo a avisar a nadie, lo siento. Me… me han acusado de plagio por mi último libro.

Quizá Léane se hubiese ido de la lengua, pero debía sonar creíble.

—¿Plagio? ¿Quién te acusa?

—Un autor desconocido que solo quiere ganar dinero a mi costa. A veces pasa. Volveré a lo largo del día. —Se tocó la frente—. Claro que me interesa la investigación, pienso todo el rato en eso. Mencionaste la sangre del maletero. Es… ¿Es de Sarah?

—No. El grupo sanguíneo es idéntico, pero los perfiles de ADN no coinciden.

Se hizo el silencio. Léane ya lo sabía, pero contestó:

—No sé si debo sentirme aliviada o no… ¿Y tenemos la posibilidad de saber a quién pertenece esa sangre?

—No es que tengamos la posibilidad, Léane, es que ya sabemos a quién le pertenece. Conocemos al propietario. ¿Estás preparada? Dime que al menos no estás al volante.

Léane se quedó de piedra. Claro… Grégory Giordano había formado parte del cuerpo de Policía, su perfil de ADN debía de estar en algún expediente.

Al igual que los criminales, los policías a veces dejaban su ADN en las escenas del crimen y los técnicos lo podían llegar a recoger por error.

Tenerlos ya fichados evitaba pistas falsas y búsquedas inútiles.

Jullian y ella estaban jodidos. Colin se desplazaría hasta allí, confirmaría la desaparición y las búsquedas en la casa, y ya no quedaría ninguna duda de su culpabilidad. Tuvo que inspirar con fuerza para que no le temblara la voz, antes de añadir:

—¿De quién es?

—De tu marido. De Jullian.