El manuscrito Capítulo 29
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Capítulo 29

Léane volvió a pensar en su marido, en las revelaciones que le había hecho sobre Sarah, en la forma en que lo había abandonado con todas sus dudas.

Tal vez pronto regresaría a la villa, lo que sería un verdadero desastre dada la situación.

Le pediría explicaciones: sobre la desaparición de su hija, sobre Jeanson, sobre lo que había pasado durante aquellos últimos cuatro años.

Vería sus maletas en la habitación y entendería que ya no vivían juntos. ¿Qué podría decirle?

Cada cosa a su debido tiempo. Prefirió no seguir pensando en eso y concentrarse en el edificio.

Diferentes figuras enfundadas en ropa de invierno salían del edificio: gorros, bufandas cubriéndoles la nariz, guantes…

Léane intentó concentrarse en esos fragmentos de rostro, en la forma de andar.

No tenía mucha información sobre Roxanne, solo un artículo de revista escaneado.

En un primer momento, creyó reconocerla. Saltó del coche y agarró del brazo a un joven de pelo largo, que seguramente la tomó por una loca. Volvió a encerrarse en el coche, al borde de los nervios: tenía que calmarse y, sobre todo, actuar con más delicadeza si no quería asustar a la chica.

—¿Roxanne Braquet?

La joven giró la cabeza sin dejar de andar.

Léane se sintió desconcertada: Roxanne era hermosa, con unos ojos de un azul poco común, como los de su hija, muy profundos y de forma almendrada.

Se la imaginó sin el tinte, rubia, y durante una fracción de segundo se preguntó qué podía llevar a una chica tan joven a teñirse el pelo de negro.

—¿Sí?

La novelista se acercó. Vestía ropa neutra, un gorro negro, bajo el cual desaparecía toda su cabellera, y una bufanda. Tenía que pasar lo más desapercibida posible y medir cada una de sus palabras.

—Llevo varios días trabajando para la asociación Pistas de la Esperanza. Creo que la conoces, ¿verdad?

Roxanne aminoró el paso.

—Sí. ¿Qué pasa? ¿Ha habido algún problema?

La joven desconfió de Léane desde el primer momento, un comportamiento normal teniendo en cuenta la hora y el lugar.

—No, no, ningún problema. Sé que es temprano y que he salido así de la nada, pero… tengo que hacerte una pregunta. No te robaré mucho tiempo. En la revista de la ciudad salió un artículo a principios de mes. —Léane sacó el papel impreso del bolsillo y se lo tendió—. Tú apareces en él, y yo…

—Pero ¿de qué narices va todo esto? Déjame en paz con el tema, ¿vale?

Ella aceleró el paso y Léane la agarró.

—Alguien ya te ha enseñado esto, ¿verdad? ¿Un hombre de pelo negro, de unos cuarenta años, alrededor de un metro ochenta y bastante corpulento?

—Sí, menudo zumbado el tío. Estuvo a punto de llegar a las manos con mi padre.

Así que Jullian sí había ido hasta allí. Léane sentía que las respuestas podían brotar de los labios de la joven, ahí mismo, en ese instante. Sin pensarlo, sacó un billete de cincuenta euros de su cartera y se lo puso en la mano a Roxanne. No era una actitud muy elegante, pero sí eficaz.

—¿Me puedes contar lo que pasó?

La adolescente dudó, pero enseguida se guardó el billete en el bolsillo del abrigo.

—No fue el finde pasado, sino el anterior.

Me tocaba pasarlo en casa de mi padre. Volvíamos de la compra el sábado por la mañana.

Y ahí estaba el tipo de pelo negro que has dicho, esperando delante de casa.

Un tío nervioso. En cuanto vio que nos acercábamos, intentó hablar conmigo.

Mi padre le preguntó que qué quería. En ese momento sacó el artículo, como tú, y me preguntó de dónde había sacado el gorro… , este gorro.

Apoyó el dedo sobre el papel. Luego cruzó la calle. Léane la siguió.

—¿Qué le dijiste?

—Nada. Mi padre se interpuso entre los dos y me pidió que entrara en casa. Eso hice. Pero, como te he dicho, se calentaron los humos y casi llegan a las manos. Tras un intercambio de palabras que duró uno o dos minutos, el tipo por fin se largó.

—¿Y no lo has vuelto a ver nunca más?

—No. No tenemos ni idea de quién era; mi padre me dijo que solo era un chalado. No hemos vuelto a hablar del tema.

Léane se puso a pensar, pues le costaba imaginar a Jullian dándole la espalda a una pista. Jamás lo haría. Tuvo que volver a la casa en algún momento.

—Dices que ese finde lo pasaste en casa de tu padre. ¿Tus padres ya no están juntos?

—Hace tiempo que se divorciaron. Mi padre se quedó en Ecully, a las afueras de Lyon, y mi madre se mudó aquí, a Mâcon. Ella tiene la custodia. A mi padre no lo veo muy a menudo, debido a…

—¿A…?

Roxanne cerró la boca y enseguida cambió de tema:

—Quizá pase Año Nuevo en su casa. Pero últimamente no se interesa mucho por mi vida. Ni una llamada, ni un mensaje. Nada. Supongo que cree que me basta con los cheques.

Hundió la nariz en la bufanda. Unas señales rojas parpadeaban en la mente de Léane.

—A las afueras de Lyon, dices… ¿Braquet es el apellido de tu padre?

Roxanne pareció desconfiar. Resopló.

—No, es el apellido de mi madre, el que uso siempre. Pero mi apellido oficial es Giordano.