Capítulo 28 #2
Vic le dio las gracias y colgó, confundido. ¿Qué se escondía detrás de la identidad de uno de los personajes de Conan Doyle? ¿Y por qué Delpierre le había enviado ese único SMS sobre la bicicleta del sótano? Un mensaje que, sin embargo, iba dirigido a ellos, a la Policía.
El enigma perfecto para Sherlock Holmes.
Con esas dudas rondándole la mente, regresó al infierno, confinado en su habitación.
Siguió encadenando imágenes insoportables.
Algunos cuerpos estaban llenos de hematomas, de quemaduras de cigarrillo, y el policía incluso discernió mordeduras.
Delpierre hacía prueba de una frialdad, de una crudeza y de una constancia terroríficas.
«Un cazador», pensó Vic. Estaba acostumbrado a cazar, despellejar y disecar pieles de animales. Y hacía lo mismo con los seres humanos.
Apolline apareció en el noveno y último DVD . Estaba viva.
Vic se levantó de la silla y la acercó a la pantalla; las manos sobre las rodillas.
La joven ciega estaba atada con la cadena que se encontraba al fondo de la estancia, sentada sobre unos cojines, entre las cortinas rojas.
Todavía no había sido mutilada. Lloraba y suplicaba como podía por culpa de la mordaza.
Estaba medio desnuda. Era algo insoportable de mirar, y Vic se vio obligado a luchar por sobrevivir.
La película tenía que haber sido grabada después de noviembre, fecha del secuestro.
Delpierre se acercó a Apolline, la acarició, le peinó el pelo, le susurraba cosas inaudibles, incluso con el sonido a tope.
«Su muñeca», se imaginó Vic. «Era su muñequita».
La grabación enseñó la «obra» casi terminada, cubierta de piel. Todavía le faltaba el rostro sobre la cabeza de poliestireno y las dos manos.
En el plano siguiente, el tiempo había pasado.
Apolline tenía el pelo un poco más largo, y estaba tumbada sobre la mesa metálica donde Delpierre despellejaba a sus víctimas.
Inmóvil, con las pupilas dilatadas a pesar de la luz, pero viva, a diferencia de las demás, y sin moratones ni equimosis.
Delpierre terminaba de inyectarle un líquido, seguramente morfina.
El policía tuvo que quitar el sonido y apartar la mirada cuando el verdugo empezó a trabajar con la sierra.
Luego cauterizó el antebrazo. Cuando volvió a mirar a la pantalla, Apolline ya no se movía, inconsciente.
Delpierre se puso hecho un basilisco cuando descubrió, en el momento de colocar la mano derecha frente al muñón derecho de su «obra», las heridas en braille que Apolline se había infligido en la palma de la mano.
Lo mismo sucedió cuando miró la izquierda.
Parecía desconcertado, se puso a dar vueltas, con el puño apretado bajo la barbilla.
Vic entendió que le molestaban las heridas recientes, que jamás se curarían; que, a pesar de la monstruosidad de su construcción, buscaba la perfección en los elementos que juntaba: ni quemaduras, ni cortes, ni hematomas.
Un punto en común que Vic descubrió en ese momento: Delpierre solo utilizaba los jirones de piel que habían quedado intactos tras cometer sus atrocidades. Por eso le hacían falta tantos cuerpos.
No le dio tiempo a sacar conclusiones de su reflexión.
De repente, Delpierre se abalanzó sobre Apolline con violencia, como si quisiera rematarla.
Apenas se movía, pero seguía viva. No obstante, el hombre se quedó estático cuando empezó a sonar una breve melodía que Vic reconoció, pues era la que sonaba en la mayoría de los móviles cuando recibían un SMS. Entonces el verdugo salió del plano y el vídeo se cortó.
Fin de la película. Fin de la serie.
El policía se cubrió el rostro con ambas manos en un largo suspiro, con la sensación de tener una olla en ebullición en el cráneo en lugar del cerebro.
Bebió agua directamente de una botella y se quedó allí, inmóvil, con la mirada clavada en la ventana de su habitación.
Afuera, los niños habían desaparecido hacía rato, dejando atrás un solitario muñeco de nieve.
Habían reunido y compactado la materia, colocado la zanahoria, los botones y el sombrero.
Ellos también habían creado su cosa. Así era el ser humano: necesitaba existir a través de sus creaciones.
Vic cerró los ojos. Se imaginó a sí mismo frente al maletero abierto el lunes anterior, en mitad de la noche.
Las manos que hallaron en el interior eran las de Apolline, todavía no putrefactas y hasta arriba de morfina.
Así que había pasado poco tiempo entre el momento en que Delpierre grabó las mutilaciones de Apolline en su sótano y el robo de su Ford.
Puede que incluso solo pasaran unas horas.
En ese intervalo, el criminal había cortado las dos manos y robado los dos ojos azules, así como el rostro de una nueva víctima, que después metió en el maletero, al lado de las manos de Apolline.
Vic no entendía nada: ¿dónde había encerrado a la víctima del maletero? No se la veía en ningún momento en los DVD . ¿La habría mantenido cautiva en algún lugar de la granja de Delpierre que se les había escapado? ¿O a kilómetros de allí?
El teniente seguía con los ojos cerrados y los tapones en los oídos Aislado del mundo, pensó en Apolline y en la «cosa».
Según lo que había visto en la escena del crimen y en los DVD, la joven ciega no formaba parte del horrible conjunto de pieles.
¿Delpierre la había matado, o escondido en algún lugar seguro?
¿Cabía la posibilidad de que siguiese viva?
Vic intentó ordenar cronológicamente los movimientos de Delpierre la noche del robo de su coche.
Está en su casa, en el sótano, robando los ojos, el rostro y las manos de una nueva víctima, antes de empaquetarla y meterla en el maletero.
Luego se pone en marcha, coge la autopista en dirección a Grenoble con la intención de deshacerse del cuerpo y las manos, pero para en la gasolinera para llenar el depósito.
Vic se enderezó de repente y la parte alta de su cabeza chocó con la barra de la cama.
Dobló el cuerpo en dos, con la mandíbula apretada, pero la conclusión a la que había llegado era más fuerte que el dolor.
Delpierre cambiaba la matrícula del coche en cada desplazamiento, no se saltaba el límite de velocidad y embalaba los cuerpos para no dejar ni un rastro…
Si era tan organizado, ¿cómo pudo arriesgarse a parar para echar gasolina con lo que llevaba en el maletero?
¿Por qué no haberlo hecho antes? Vic se acordaba del número de litros que indicaba la pantalla de la gasolinera: cincuenta y siete.
Una búsqueda rápida en internet le reveló que ese tipo de modelo de coche, un Ford Mondeo, tenía una reserva de sesenta litros.
Delpierre podía haberse quedado tirado en medio de la carretera si no paraba a repostar.
—¡Porque no lo sabía! ¡Ese trayecto no estaba previsto!
Vic chasqueaba los dedos sin parar y daba vueltas entre las cajas de cartón.
Lo que Morel había interpretado con ser excesivamente cuidadoso o incluso con ser un provocador, al final se trataba de una cosa completamente distinta: Delpierre se había precipitado, había actuado con urgencia aquella noche.
El policía volvió a poner el último DVD , en la escena final: el asesino, furioso porque se acaba de dar cuenta de las heridas en las manos de Apolline. Se abalanza sobre ella para rematarla, pero empieza a sonar la famosa melodía. Después, nada más.
El policía prácticamente escuchaba el traqueteo de los engranajes poniéndose en marcha en su cabeza. De repente vio todo más claro.
Delpierre no actuaba solo.