Capítulo 28
Habían visto el primer DVD en grupo a las cuatro de la mañana, en una sala de reuniones de la brigada.
Cinco hombres reunidos alrededor de una mesa, con el rostro demacrado, habían enfrentado noventa minutos de pura demencia.
Con la ayuda de una cámara colocada sobre un trípode, Félix Delpierre había grabado sus actos en el fondo del sótano.
Borbotones de horror, un desbordamiento de los instintos más primarios y bestiales del ser humano, inmortalizados para la eternidad en un disco de policarbonato, transformados en un código binario de ceros y unos.
Al principio, a Vic le habían asignado la misión de pasarse el día viendo las otras ocho películas y de seleccionar todos los elementos importantes que pudieran añadirse al expediente.
¿El motivo? Porque consideraban que no había nadie más observador que él…
y porque era como una videograbadora andante.
«Joder, gracias por el regalo».
Aunque el autor de los crímenes estuviera muerto, todavía tenían que reconstruir su siniestra odisea, identificar a todas sus víctimas y encontrar los cuerpos, el de Apolline incluido.
Las excavadoras y los hombres equipados con detectores llegaban por las mañanas para registrar los alrededores de la granja, mientras la forense se hacía cargo de la «cosa».
Huelga decir que habían necesitado una hora y dos hombres para quitarle todos los hilos y los anzuelos y descolgarla de su marco.
Le habían deseado buena suerte a Vic antes de que regresara a casa, tras más de veinte horas sin parar, con las copias de las películas y un reproductor bajo el brazo.
Volvió a su habitación de hotel, donde ya no quedaba mucho espacio para moverse por culpa de sus cosas, de las cajas que no había querido dejar en un trastero.
Nueve metros cuadrados para vivir, de los cuales cinco estaban ocupados por viejos recuerdos, la mayoría inútiles, pero a Vic no le gustaba tirar nada.
También había un tablero de ajedrez sobre la mesa, con la Inmortal de Kaspárov a medio jugar, que Vic se empeñaba en reproducir una y otra vez, jugada por jugada, en busca de los secretos de Jeanson.
La señora de la limpieza ya estaba avisada, y el gerente toleraba aquella situación tan atípica, pues Vic era un cliente discreto y generoso con las propinas.
Además, gracias a lo que pagaba por la pensión de MammaM , sus fines de mes debían de salirle redondos.
Al amanecer, Vic ventiló la habitación y se dejó caer sobre la cama elevada, que casi rozaba el techo.
Después de colocarse unos tapones para los oídos, se durmió de inmediato.
Despertó cuatro horas más tarde, tiritando de frío: había olvidado cerrar la ventana.
Puso la calefacción eléctrica al máximo, se bebió dos cafés seguidos, engulló una rebanada de pan con mermelada que había cogido del bufé del desayuno y se sentó frente al televisor, tras haber conectado el reproductor de DVD .
Las nueve de la mañana era la hora ideal para mirar a Félix Delpierre a los ojos, para acariciar las tinieblas.
Como las paredes eran de papel, podía escuchar a una pareja echando un polvo tres habitaciones más allá, así que optó por ponerse los auriculares.
Había un total de nueve películas. Vic empezó por el vídeo que venía después del que habían visto todos juntos en la brigada. Su contenido era del mismo calibre.
En la primera secuencia, Félix Delpierre apareció con el cadáver de una chica echado al hombro, que colocó sobre la mesa metálica, como si no fuese más que un trozo de carne.
Tenía la cabeza metida en una bolsa de plástico, sujeta con cinta adhesiva alrededor del cuello.
Luego se acercó a la cámara y comprobó que estaba enfocando la escena.
Vic miró el cuerpo desnudo con atención.
Teniendo en cuenta la facilidad con la que lo manipulaba el asesino, todavía estaba flexible, lo que significa que había sido asesinada unas seis horas antes.
La chica parecía morena —unos cuantos cabellos asomaban por debajo del plástico, pero poco más—.
Había sido cruelmente agredida: tenía hematomas y escaras en piernas y brazos.
Su secuestro no debía de haberse cometido el día anterior.
¿Por qué Delpierre no había grabado la detención, las torturas y el asesinato?
¿Las personas vivas le interesaban menos que los cadáveres?
Vic hizo un esfuerzo titánico para no saltarse la parte del vídeo en que Delpierre violaba al cadáver, que seguía llevando la bolsa de plástico en la cabeza.
Cada vez que podía, el despedazador miraba a cámara, con la mandíbula apretada y la frente sudada.
Cada detalle, cada palabra que pronunciara para sí mismo o para la cámara, podía ser importante.
El policía apretó los puños con fuerza y los clavó en los cojines, luchando por no rendirse.
Tampoco se saltó la secuencia en la que el asesino despellejaba los brazos y la espalda, sucios, con una especie de cuchilla giratoria —como la que se utiliza para cortar los kebabs—, ni cuando colgó los jirones frescos para que drenaran.
El asesino se dirigió hacia el maniquí: una especie de esqueleto de metal, sin cabeza ni manos, en el cual una parte del torso ya había sido cubierta por lo que a Vic le parecía la piel de la víctima del primer DVD .
Con pinceles, trapos y maquillaje, hacía que la piel curtida adquiriera un tono más rosado y que las suturas fueran más discretas.
Quería vestir la muerte con los colores de la vida.
Después, cortó la grabación.
Una hora y media de pura abyección. El trabajo de curtido debía de haberle llevado días, por lo que Delpierre había hecho un montaje digno de un profesional, con cortes, planos secuencia y efectos para reducir la duración de reproducción.
¿Cuándo se había realizado? No había ninguna indicación temporal.
Podían ser semanas, meses o años atrás. En todo caso, se encontraba en los inicios de fabricación de la «cosa».
Vic salió a tomar el aire, en camisa a pesar de que estaban a dos grados bajo cero.
Las imágenes, dignas de una película de terror, le bastaban para que le ardiese el cuerpo.
Le jodía no haber visto el rostro de las víctimas por culpa de la bolsa.
Le habría gustado no olvidarlas. ¿Quiénes eran?
¿Cuándo habían sido secuestradas? No tenía ninguna pista para buscar en los informes de desaparición.
Solo en Francia, cada año desaparecían decenas de miles de personas de forma inquietante. ¿Por dónde empezar a buscar?
Caminó junto a una fila de coches estacionados frente al hotel.
Pertenecían a muchos jóvenes que venían a hacer el amor, o a parejas adúlteras que no podían permitirse habitaciones de lujo.
Luego se dirigió a la panadería de la galería comercial ubicada a doscientos metros.
Así vestido, los transeúntes lo miraban de reojo, como si acabara de escapar de un hospital psiquiátrico o de llegar de quién sabe qué país.
Una vez allí, se compró un sándwich y una bolsa de patatas para el almuerzo.
Luego se quedó mirando a unos niños jugar en la nieve entre el hotel y la tienda.
Se lanzaban bolas, se perseguían, reían cuando el proyectil daba en el blanco.
Los instintos ya se manifestaban desde tan jóvenes: correr, huir, sobrevivir.
Volvió a su habitación de hotel, congelado, y se puso manos a la obra con el trabajo.
En esa ocasión, aceleró el visionado de los siguientes discos.
Delpierre llevaba los cadáveres con la cabeza tapada, tomaba medidas, trazaba líneas en la espalda y el pecho.
Los cuerpos permanecían prácticamente intactos: no los masacraba, solo cortaba unos jirones de carne por aquí y por allá, y luego los enrollaba con una lona.
Su obra iba adquiriendo amplitud, poco a poco el metal del esqueleto desaparecía bajo los jirones de piel.
Al policía le recordó a un artesano de alta costura.
A la una de la tarde, se comió el sándwich y las patatas de forma automática, sin apetito, porque tenía que seguir viviendo.
En la mitad de una de las grabaciones, tuvo una revelación ante un cuerpo que podía haber sido el de su hija.
No desaprovechó el momento de lucidez, teniendo en cuenta que, un cuarto de hora más tarde, vagaba por la sección de Navidad del centro comercial, en busca de un regalo para Coralie.
¿Qué le podía comprar? ¿Qué podría interesarle a una adolescente de dieciséis años?
Optó por una caja de bombones y una tarjeta regalo para gastar en cualquier sección de la tienda.
Sin duda, era mejor idea que el dinero que sugería Vadim. O, peor, no tenía ni idea.
Antes de volver al hotel, recibió una llamada del técnico a cargo de analizar el móvil de Delpierre, hallado sobre la mesa de su salón.
—El extraño SMS con todo el rollo de «la rueda de la felicidad» se lo envió Delpierre a un tío de nombre Doctor Watson, con domicilio en Hyères. Y no lo digo de coña.
—Una identidad falsa…
—Suele pasar. El número de teléfono de ese tal Doctor Watson está vinculado a un proveedor que se llama LionMobile, y que solo existe en internet. Ese tipo de proveedores se propagan como la peste.
Vic sabía que se podía obtener sin problema una tarjeta SIM y un número de teléfono; bastaba con rellenar unos formularios en línea y dar cualquier tipo de información.
Los camellos, los transportistas de droga que operaban mediante el sistema go fast , los traficantes de armas e incluso los terroristas llevaban siempre encima dos o tres móviles registrados con identidades falsas, lo que los hacía difíciles de identificar.
—Con un poco de suerte, conseguiremos rastrear el móvil del tal Doctor Watson, si es que aún sigue operativo. Pero eso aún nos llevará más tiempo. Por ahora, sigue siendo totalmente anónimo.