El manuscrito Capítulo 27
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Capítulo 27

Maxime Père vivía cerca del hospital marítimo de Berck —lugar donde se filmó la película La escafandra y la mariposa —, en una casa azul y blanca acondicionada con un estilo pescador, al fondo de un callejón sin salida por donde nunca penetraba la luz.

Seguía dando clases en uno de los colegios de educación primaria de la ciudad, donde ella también había trabajado hacía más de diez años.

La invitó a entrar, cerró la puerta con llave y la guio hacia un despacho donde costaba desplazarse, pues había libros, material informático y DVD por todas partes.

—¿Te apetece un café? ¿Una bebida energética? No tienes buena cara.

—Estoy bien. Es tarde y estoy cansada. No he dormido mucho estos últimos días.

Maxime colocó una silla delante del ordenador de Jullian para que Léane pudiera sentarse, y se instaló a su lado, llevándose una jarra de cerveza a los labios.

—Bueno… Todo había sido eliminado con esmero: las cookies , el historial de navegación, los correos electrónicos, los archivos de audio y las fotografías. Parecía que estuviera delante de un ordenador prácticamente nuevo.

—Sí, un ordenador amnésico, como Jullian. Todos los datos de sus investigaciones desaparecieron de casa, como si él o el asaltante quisieran hacer borrón y cuenta nueva.

—Exacto. Pero, al igual que con la memoria, nunca se llega a borrar del todo un disco duro mientras no se formatee; la mayoría de los datos siguen por ahí, en alguna parte del sistema.

Y, mientras no se instalen aplicaciones nuevas o no se sature el disco duro con gigas y más gigas de películas, se puede llegar a recuperar buena parte de ellos.

—Me mencionaste el gorro. ¿Qué has encontrado?

—Antes de ponernos con el tema del gorro, tengo que enseñarte otras cosas —dijo, mientras tecleaba en el teclado—. Primero, las redes sociales. ¿Sabías que Jullian había creado más grupos de apoyo, en los que publicaba fotos de Sarah de forma regular?

—Sí, sí. Yo siempre he estado en contra.

Les pedía a los internautas que transmitiesen la información, que hablasen por todas partes del tema, que imprimiesen folletos y que le contactasen por mensaje privado si consideraban que podían ayudarlo.

Instagram, Twitter, Facebook… Jullian estaba por todas partes y había conseguido miles de seguidores.

Yo también formaba parte de todo eso para…

vigilar un poco lo que tramaba. La gente seguía sus investigaciones, sus reconcomios, a pesar de que no hacía demasiadas publicaciones por aquel entonces…

Lo que no le entraba en la cabeza a Jullian es que los internautas estaban interesados en él por puro morbo.

Simplemente se entretenían con el culebrón de un padre de familia a la deriva; un espectáculo lamentable.

—Yo también pensaba eso. Pero… parece que tu marido tenía razón en querer perseverar y creer en la ayuda de la gente.

Clicó varias veces, hasta que apareció en pantalla un repertorio de nombres interminable e ilegible.

—Mi herramienta de recuperación de datos ha creado este repertorio.

Es un poco técnico, así que te ahorro las explicaciones.

Bueno, he echado un vistazo rápido a los últimos correos eliminados.

Nada llamativo. Aparentemente, Jullian no hacía demasiada cosa en su ordenador ni le escribían muchas personas: solamente recibía publicidad o correo basura.

Después, al intentar conectarme a sus grupos de apoyo, me di cuenta de que eran inaccesibles.

Tu marido lo cerró todo, hace dos días como mucho.

Léane se quitó las gafas.

—¿Cuándo exactamente?

—El martes, alrededor de las doce del mediodía. Todos los datos del ordenador fueron eliminados de golpe.

Léane intentó ordenar cronológicamente todos los sucesos.

—Durante la noche del lunes al martes, a la una de la madrugada, la agencia de vigilancia llama a Jullian porque se activó la alarma de casa.

No recuerda los códigos y está aparentemente borracho.

Tú me dices que el mediodía de ese mismo martes cierra las cuentas en todas las redes sociales y limpia el ordenador.

Después, a las seis de la tarde, según una aplicación de salud instalada en su móvil, se pone en marcha hacia el dique, para hacer una caminata de cinco kilómetros.

Una hora más tarde, lo encuentran inconsciente y golpeado, no muy lejos del faro…

Trató de deshacerse de la imagen insoportable del rostro ensangrentado de Grégory Giordano y se puso a pensar en voz alta, con la barbilla apoyada en el puño.

—¿Cierra las cuentas, elimina los datos del ordenador, olvida las contraseñas y las reemplaza por otras, como si tuviese prisa, y, después de todo eso, se va tan pancho a dar una vuelta?

—¿Quizá le tenía miedo a alguien?

—¡Pues, si tenía miedo, más motivos para no salir a pasear en medio de la oscuridad con una puta aplicación que cuenta los pasos! Debería haberse encerrado, huir en coche, ¡yo qué sé! ¿Pero irse a andar? No entiendo nada. Hay algo ilógico en su comportamiento.

Léane pensó en Giordano. ¿Quizá Jullian quiso salir a tomar el aire para pensar qué hacer con el policía que tenía cautivo en el fuerte? Pero ¿a qué venía la aplicación de salud? Decidió volver al motivo de su presencia en casa de su antiguo compañero.

—Me hablaste del gorro de Sarah.

Él asintió con solemnidad.

—Sí. Pero todavía tengo que contarte otra cosa antes. Lo encontré en el historial de navegación de internet. Me incomoda un poco hablarte de eso, pero…

—Venga.

—Tu marido entró en una página web un tanto particular… La del Torreón Negro. Es un club privado, bastante selecto, situado en el distrito 3 de Lyon.

Entró en la página web.

—Al principio no me decía nada, pero he investigado y se trata de un club de prácticas bastante extremas, como el sadomasoquismo y noches especiales. Según algunos resultados, puede llegar muy lejos: suspensión con garfios, y ese tipo de cosas…

Léane frunció la nariz. Lyon… Justo donde trabajaba Giordano. ¿Por qué Jullian había buscado esa página web? ¿Se lo habría dicho el policía secuestrado?

—¿Sabes algo más al respecto? ¿Algún nombre o contacto que me pudiera ayudar a saber qué buscaba?

—No, nada. Lo siento.

Se calló, cerró la ventana y añadió:

—No sé si esta información te sirve de algo, pero bueno, he preferido mencionártelo.

—Te lo agradezco, has hecho lo correcto.

—Ahora hablemos del gorro. He restaurado una foto eliminada que tal vez sea el origen de todo lo sucedido. Prepárate, porque es inquietante.

Clicó en un archivo, cuyo contenido se desplegó en la pantalla.

Apareció un artículo de un periódico o una revista escaneada.

En mitad de la página se veía la fotografía a color de un grupo de jóvenes en la veintena, de pie en medio de una pista de atletismo de cuatrocientos metros.

Tenían los brazos levantados hacia el cielo.

Entre ellos, el rostro de una joven estaba rodeado en rojo.

Su cabello negro sobresalía de un gorro azul y verde con un pompón.

Maxime hizo zoom sobre el rostro y miró a Léane, visiblemente preocupado.

—Parece el gorro de Sarah, ¿no?

Léane se inclinó sobre la pantalla, escrutando el rostro con la esperanza de que…

Pero, por supuesto, aquella chica no era Sarah, a pesar de que se parecieran un poco.

La muchacha era mucho más pequeña. El artículo hablaba sobre el Téléthon y los jóvenes atletas de Mâcon, que habían corrido durante veinticuatro horas para donar el dinero recaudado a la asociación Pistas de la Esperanza. Se reclinó en la silla.

—El pompón, los colores… El gorro de Sarah está hecho a mano, es único. Tiene que ser el suyo.

—En ese caso, ¿qué hace en la cabeza de esa chavala, cuatro años después?

Maxime imprimió la fotografía a color y se la entregó a Léane.

—El artículo es de la revista de la ciudad de Mâcon, con fecha de hace quince días.

Quizá alguno de los internautas que siguen a tu marido en redes sociales leyó la revista de casualidad, reconoció el gorro que llevaba Sarah la noche de su desaparición y le envió la página escaneada por mensaje privado.

Léane miraba fijamente el rostro sonriente sobre el papel. ¿Quién era aquella chica? Ahora entendía el origen del pelo teñido de negro que Colin había encontrado en el gorro. Esa fotografía era el detonante de todo lo sucedido: el secuestro de Giordano, la agresión de Jullian…

Cada vez se sentía peor, atormentada por la duda, zarandeada como una botella en medio del mar.

—¿No tienes nada más?

—Ya es bastante, ¿no te parece?

Léane dobló la hoja y se la metió en el bolsillo. Maxime desenchufó el cable conectado al ordenador y miró a Léane a los ojos.

—Puede que ese gorro no sea nada. Todos sabemos que Andy Jeanson es el culpable. Acabará diciendo dónde enterró a Sarah. Debes prepararte para eso, y no crearte falsas esperanzas. Ya han pasado cuatro años…

Léane se levantó de sopetón.

—¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar?

—Uf, yo… No sé. Mira, lo que está claro es que, conociendo a Jullian, seguramente fue a ver a esta chica. Tenía a su disposición la ciudad, el nombre de la asociación y la fecha del artículo; no debió de ser difícil dar con ella. Pobrecita…

Maxime le tendió un papel, en el que se leía: «Roxanne Braquet, diecisiete años. Calle Pillet, n.º 8, Mâcon». Léane abrió los ojos de par en par.

—No ha sido complicado. El número de teléfono de la asociación está por internet.

Solo tuve que hacer una llamadita y listo.

El responsable no recordaba haber recibido ninguna otra llamada preguntando por Roxanne, pero puede que Jullian se acercara al ayuntamiento o consiguiese la información de la chica de otra forma.

Pero estoy convencido de que se acercó a verla.

¿Qué pasó después? Eso ya, ni idea… Respecto al dichoso club, el Torreón Negro, no he podido sacar gran cosa por ahora, teniendo en cuenta que no sé qué buscar…

Le han dado una paliza a tu marido, Léane.

Puede que se haya metido en un buen lío por culpa de esta foto o de sus búsquedas…

Si yo estuviera en tu lugar, iría a la Policía a primera hora de la mañana.

Ellos se encargarán de interrogar a la chica.

Seguro que hay una buena explicación detrás de todo esto y te darás cuenta de que no tiene nada que ver con la desaparición de Sarah.

Le colocó el ordenador entre los brazos y esbozó una sonrisita.

—Me alegra que estés de vuelta, aunque no sea en las mejores circunstancias. ¿Sabes qué? Me he leído tu último libro. Es duro, pero magnífico. No dejo de hablar de él en el cole.

—Gracias, Maxime. Por todo. Solo quiero pedirte una última cosa…

—Dime.

Le cogió el papel de las manos.

—No le hables a nadie de todo esto. Ni de mi visita ni de tus hallazgos. Nunca has visto el ordenador de Jullian ni oído hablar de Roxanne Braquet. Por favor, es muy importante.

Maxime entrecerró los ojos y no dijo nada durante unos segundos.

—No vas a ir a la Policía, ¿no?

—¿Puedo confiar en ti?

—Estoy más que dispuesto a ayudarte. No dudes en llamarme si me necesitas. Pero ten mucho cuidado, ¿vale?

Léane le volvió a dar las gracias y se dirigió al coche.

El tiempo había pasado y la medianoche acechaba.

La marea estaba subiendo; una gran mandíbula negra que lo devoraba todo a su paso.

En ese momento, la parte baja de las murallas del fuerte debía de empezar a quedar sumergida.

Las rocas entre la orilla y la puerta de entrada estarían bajo el agua para cuando ella llegara. Ya era demasiado tarde por hoy.

Miró el papel con la identidad y la dirección. Se aferró a la esperanza de conseguir una respuesta a sus preguntas al día siguiente, para soportar el hecho de que, culpable o inocente, Giordano iba a pasar una noche más en el mismísimo infierno.