Capítulo 26
A diferencia de lo que decía la frase en la foto de Sarah, el prisionero del fuerte no había mentido.
En el portátil de Léane se encontraba una imagen de él en primer plano.
Se daba un aire a Al Pacino; la misma expresión sombría, el rostro anguloso.
Según los datos que la novelista había podido encontrar en internet, se llamaba Grégory Giordano, tenía cuarenta y seis años, y era teniente de policía en la brigada de represión del proxenetismo en Lyon.
Su nombre aparecía en varios sitios, pero sobre todo en antiguos artículos de prensa relacionados con la persecución de diferentes redes de trata de personas.
Había trabajado en redes de prostitución de los países del Este y en casos de esclavitud moderna.
Su caso más reciente con repercusión mediática se remontaba a siete años atrás, y estaba relacionado con el desmantelamiento de una red de Rumanía. Desde entonces, nada más.
Le empezó a sonar el móvil. Colin… No era el momento oportuno, así que no respondió.
Simples migajas.
Se quitó las gafas y se hundió en la silla.
Inspirado por lo que ella había escrito, su marido había secuestrado, alimentado con conservas, golpeado y dejado a su suerte a un agente de la Policía judicial.
A pesar de la neblina tras sus párpados, intentó reflexionar.
Giordano trabajaba en las instalaciones de la Policía judicial de Lyon, donde la brigada de investigación criminal se encargaba del caso Jeanson.
Pero la brigada de represión del proxenetismo y la criminal eran dos servicios distintos, y el edificio de la comisaría tenía el tamaño de un gran inmueble.
Jullian había ido allí varias veces para intentar obtener noticias sobre el caso.
¿Se habría cruzado con Giordano en algún momento?
¿Habría oído algún comentario al pasar por un pasillo que llamara su atención?
Parecía improbable. Pero ¿cómo narices se le había pasado por la cabeza secuestrar a ese policía al que la prensa elogiaba por su trabajo?
«Diga lo que diga, miente». Pero no, no había mentido.
En eso, Jullian se había equivocado. Léane se levantó y se quedó mirando el ventanal, con la sensación de que tenía la espada de Damocles clavada en la cabeza.
Obviamente, también le daba vueltas a la teoría de Colin y a su convicción de que Jeanson, el asesino en serie, quizá no tenía nada que ver con la desaparición de Sarah.
«Cualquiera que conozca la historia de los cabellos y la desaparición podría haber enviado el sobre», había dicho Colin.
Aunque Grégory Giordano trabajara en otro departamento, tenía que estar al tanto de los detalles sensibles del caso Jeanson. La policía hablaba constantemente de sus respectivos casos. ¿Y qué? ¿Eso lo convertía en el culpable?
Entre las dunas, la masa negra de agua se acercaba a la costa, como una mancha de petróleo.
De aquí a dos horas, el fuerte sería inaccesible, las olas de las mareas altas devorarían el dique y Giordano pasaría una noche más esposado en aquel sótano, a la espera de que alguien fuera a liberarlo.
¿Qué debía hacer? Léane no soportaba más la impotencia y el poder que tenía.
Poseía el destino de tres vidas entre sus manos: el suyo, el de Jullian y el de Giordano; tres destinos ahora entrelazados como un ovillo de lana imposible de desenredar.
Le daba tiempo a hacer una última cosa antes de tomar una decisión. Imprimió una foto de Giordano sacada de internet, cogió una vieja cazadora doblada en un cajón del vestidor y puso rumbo al hospital.
Eran casi las 22:30 h, por lo que los pasillos estaban prácticamente desiertos. Solamente se oían los pitidos de los aparatos, el deslizamiento de las suelas blandas de las enfermeras sobre el linóleo y el batir de las puertas de los compartimentos.
Justo antes de entrar en la habitación de Jullian, recibió un SMS de Colin.
Pasé por tu casa a primera hora de la tarde y no estabas.
Intenté llamarte y no me cogiste el teléfono.
Primer hallazgo del laboratorio: han localizado un pelo dentro del gorro.
Es rubio natural, pero teñido de negro. Mañana sabremos más, en cuanto analicen la sangre encontrada en el maletero.
Espero que estés bien. Llámame para que me quede tranquilo.
Un nuevo golpe que dejó a Léane conmocionada y que multiplicaba sus dudas. Sarah llevaba el pelo rubio en el momento de su secuestro, pero ¿y si se lo hubieran teñido de negro? ¿Y si ese pelo le pertenecía de verdad?
Se planteó dar media vuelta y llamar a Colin de inmediato, soltarlo todo. Sin embargo, finalmente terminó entrando en la habitación. Jullian estaba durmiendo. Se acercó en silencio y se sentó en una silla, justo enfrente de él. La calma la tranquilizó un poco. Hacía años que no lo miraba dormir.
Echó un vistazo a las novelas apiladas en la mesilla de noche: eran las historias de Léane.
Por la posición del marcapáginas, su marido había estado leyendo El hombre del cementerio , el segundo thriller que había escrito, cuya protagonista padecía amnesia.
Jullian podría llegar a sentirse identificado con ella, pues él también había sido agredido y había perdido la memoria.
Léane no podía dejar de pensar que su mundo imaginario se estaba entremezclando demasiado con la realidad.
Observó a su marido, sereno, y se le erizó la piel solo de imaginar la manera en que había secuestrado y torturado a Giordano.
Él, Jullian, el pacifista que construía sus propias cometas, que recorría la bahía en carro a vela; el amante de la naturaleza y ferviente defensor de la colonia de focas de la costa, incapaz de hacerle daño a una mosca…
¿Cómo había podido difundir tanto odio? Por otro lado, ¿cómo había podido ella dudar de su inocencia y de su compromiso para encontrar a su hija?
Jullian estaba dispuesto a todo, y seguramente tuvo una muy buena razón para atacar al policía.
Quizá incluso creyó tener la prueba de su culpabilidad entre manos: el gorro.
Pero los hechos estaban claros: Jullian se equivocó y Léane también.
Ese gorro podía pertenecer a una completa desconocida.
La historia podía acabar muy mal. Poner a Giordano en libertad supondría ponerle punto final al futuro del hombre que siempre había amado.
¿Dejar al policía encerrado? Sería inútil, pues algún día tendrían que soltarlo.
«Hay otra solución: no hacer nada, dejar que muera en ese sitio… Deshacerse del cuerpo… Jullian y tú libres para siempre… Empezar una nueva vida los dos juntos…».
Se deshizo de esos pensamientos retorcidos, esos susurros pronunciados por una vocecita desconocida. Mataba en sus libros, sí, sus personajes se deshacían de cuerpos, pero ella no era ninguna asesina.
Tosió, y Jullian abrió los ojos en un sobresalto. Enseguida se incorporó.
—He tenido una pesadilla, y tú estabas en ella.
Nadabas con tortugas y te agarrabas al lomo de una de ellas, que empezó a sumergirse hacia el fondo.
Ya no eras capaz de subir a la superficie; tenías las manos pegadas a su caparazón y desapareciste en la oscuridad, suplicándome que te ayudara.
Y yo… yo no podía hacer nada, porque no tenía suficiente aire para bajar. Yo… yo me quedé mirando cómo morías.
Se acurrucó contra ella. Léane notó que se le tensaba el cuerpo.
Sintió una especie de repulsión que se esforzó por contener.
En el fondo, le guardaba rencor por haberla puesto en aquella situación, por haber utilizado sus historias —de algún modo, la había tomado a ella como rehén— para hacerle daño a un hombre.
Jullian siguió hablando:
—Fue horrible. Tuve tanto miedo por ti. Y eso que todavía no te reconozco del todo. Pero sé que… que algo, en lo más profundo de mí, siempre te he conocido.
Léane acabó por entregarse a los brazos del hombre.
—Hace mucho tiempo, nadamos con tortugas de verdad. Fue… lejos, de vacaciones. Querías llevarme al sol, a la luz, porque… porque era una época en la que tenía pesadillas, en la que… mi cabeza no estaba del todo bien.
—¿Por qué? ¿Había pasado algo?
Léane se encogió de hombros.
—Nada en especial. Solo tenía ansiedad.
—Volví a manipular objetos durante mi sesión con el logopeda; hacen que mis recuerdos vayan regresando. Al tocar un coche en miniatura, recordé un coche gris, un Renault 4. Lo mismo me pasó con unos peluches: por mi mente cruzó la imagen de un perro marrón de pelo corto que corría por todas partes.
—Ranzor, nuestra primera mascota.
Jullian le regaló una sonrisa de verdad, como no le había visto en mucho tiempo. Y eso le dolió aún más.
—Los recuerdos me llegan de forma desordenada, pero al menos vuelven gracias a esos objetos. El logopeda está bastante satisfecho. Por cierto, ¿mañana podrías traerme fotos de nosotros? Los médicos creen que me vendrían bien para las sesiones.
Ella asintió. Él le acarició el rostro y cerró los ojos.
—Tengo tantas ganas de estar cerca de ti, en nuestro hogar.
De redescubrirte… Es terrorífico no tener recuerdos, pero al mismo tiempo es tan peculiar…
, es como un renacimiento: descubrir lugares, rostros, olores y sabores por primera vez.
Eres tan guapa. ¿Y Sarah? ¿Pasará las Navidades con nosotros?
Léane hizo un esfuerzo por sonreírle y asentir. Jullian frunció el ceño.
—¿Qué pasa? Te noto tensa. ¿Hay algo relacionado con nuestra hija que debería saber?
La novelista sacó del bolsillo el papel doblado con la fotografía de Giordano.
—¿Reconoces este rostro?
Jullian cogió la foto, la escrutó y se la devolvió, impasible.
—No me dice nada.
—¿Estás seguro? Tienes que decirme la verdad.
—Sí, estoy seguro. No me suena. ¿Quién es?
Léane dudó si ir más lejos, si mostrarle la imagen de Giordano destrozado, la que hizo con su móvil, si enfrentarse a él por lo que hizo. Pero seguramente sería inútil. Se volvió a guardar el papel en el bolsillo.
—Olvídalo. Olvida mi visita.
—¿Olvidar? ¿No crees que ya he olvidado bastante? ¿Qué pasa, Léane? Mi padre también se comporta raro en cuanto saco el tema de Sarah. ¿Qué le ha pasado a nuestra hija?
—¡Está muerta!
Las palabras salieron de forma descontrolada. Léane temblaba por todas las emociones contenidas, tenía los nervios a flor de piel. Quiso levantarse, pero le pesaban las piernas. El electroshock era ahora o nunca. Jullian se quedó petrificado, atónito.
—¿Muerta? Pero me dijiste que…
—La secuestraron hace cuatro años. Había salido a correr. Tú estabas… en el trabajo y yo dando un paseo por la playa… Sucedió cuando regresó a nuestra villa. Detuvieron a un asesino en serie llamado Andy Jeanson hace casi dos años. A día de hoy se encuentra en prisión a la espera del juicio.
Jullian parecía querer decir algo, pero las palabras no llegaban. Léane se imaginó la tormenta dentro de su cabeza.
—Fue él quien destruyó nuestra vida. Admite haber secuestrado y asesinado a Sarah, pero se niega a decir dónde la enterró. Desde la cárcel, fue revelando la ubicación de los cadáveres a cuentagotas, ocho en total…, salvo el de nuestra hija. Llevamos meses esperando a que se decida a hablar.
Apretó ambas manos con todas sus fuerzas.
—Llevas todos estos años buscándola, Jullian, volviéndote loco. No puedes haberlo olvidado. Dime que se te viene algo a la cabeza. Dime que no solo tienes recuerdos de plátanos y tortugas.
Jullian frunció los labios e inclinó la cabeza hacia adelante. Posó sus manos sobre las de Léane.
—Lo siento…
Se levantó y la acogió entre sus brazos. Léane estaba a punto de romperse. Lo besó en la boca durante largo rato, con ardor y amor. Luego se deshizo de su abrazo. Él la miró con expresión aturdida, dos dedos sobre los labios, como si quisiera atrapar ese beso y no soltarlo jamás.
—Parece un beso de despedida.
—Espero que me entiendas…
Salió de la habitación y lo escuchó gritar su nombre. Lo dejó atrás con todas sus preguntas.
¿Qué había hecho?
Se encerró en el coche. Ya no podía más, y se negaba a esperar días o semanas a que la memoria de su marido regresara mientras un hombre se moría encerrado en un sótano.
Ni siquiera la revelación del secuestro de Sarah había provocado nada.
Con una inspiración dolorosa, sacó el teléfono y buscó el número de Colin; la peor decisión de su vida.
Quizá el policía de Berck encontraría una solución que limitara los daños.
Quizá podía ayudarla a salir de ese lío.
En cuanto estaba a punto de lanzarse, le llegó una llamada. Era Maxime Père, el crack de la informática. El ordenador de Jullian… Lo había olvidado. Descolgó de inmediato.
—¿Lo has conseguido?
—Sí, he podido recuperar algunos datos. No puedo explicártelo por teléfono. Tienes que venir y verlo con tus propios ojos. Tiene que ver con el gorro de tu hija. Sé quién lo tenía.