El manuscrito Capítulo 25
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Capítulo 25

Al examinar las juntas de los ladrillos, que parecían bastante recientes, saltaba a la vista que Félix Delpierre había dividido él mismo la bodega en dos partes: por un lado, una con los jamones y el material, y, por el otro, un escondite secreto.

Mediante aquel SMS, los invitaba a descubrir la sorpresa.

Ambos hombres se temían lo peor. Vic extendió el brazo.

—Te cedo los honores.

Vadim no se lo agradeció. Arma en mano, se agachó a la altura del agujero y cruzó al otro lado.

Sus dedos acariciaron una gran alfombra roja y espesa.

Una luz de Wood negra se encendió con un chisporroteo y casi se le salió el corazón por la boca.

Al incorporarse, tuvo que luchar con el impulso de salir corriendo.

—¡Me cago en todos mis putísimos muertos!

Bajo la iluminación, un cuerpo parcheado, lleno de cicatrices y costuras, se alzó ante ellos en posición del Hombre de Vitruvio , con los brazos y las piernas separadas.

Estaba en suspensión, a unos diez centímetros del suelo, como si formara parte de un espectáculo de levitación.

El efecto producido por la luz no los dejaba ver con claridad, pero estaba sostenido dentro de un gran marco de madera, por cientos de hilos de pesca muy finos que parecían encerrarlo en una telaraña gigante.

Unos ganchos apenas visibles, espaciados de forma regular, perforaban la carne para sujetarlo al marco.

No era ni hombre ni mujer. Vic observó el rostro, que parecía flotar, los hermosos cabellos rubios que lo encuadraban, los ojos que ocupaban las cavidades oculares, sobre los que los párpados caían a media altura.

El torso no pertenecía a la misma persona.

Ni las manos. Tampoco el pie izquierdo, la pierna derecha, o cualquier otra parte de la «cosa» que los policías tenían ante ellos.

Porque esa «cosa» lo era todo y no era nada.

Era tanto una deconstrucción como un conjunto de carne, de piezas añadidas y unidas las unas a las otras por las suturas de hilo transparente, grapas y tornillos.

A pesar de la rudeza de la obra inconclusa, Félix Delpierre había intentado embellecer el conjunto con capas de maquillaje en la piel, pintauñas rojo en las uñas y joyas en los dedos y el cuello.

La cabeza estaba bien peinada y había puesto una pinza roja a cada lado de la raya del pelo, hecha a la perfección.

En las piernas llevaba unas medias, colocadas a la misma altura con una precisión sorprendente.

Vadim dio un paso hacia adelante, titubeante, mientras Vic se acercó a una mesa metálica parecida a una mesa de autopsias y miró con detenimiento los diferentes instrumentos que había encima —desde un bisturí hasta una cuchilla, pasando por la cinta métrica de costurera—, los catéteres, las agujas, los medicamentos…

En el suelo, varios bidones de lejía, unas palanganas apiladas, unos rollos de bolsas de basura, cuerdas, lonas, paquetes de sal y hasta cortezas de árbol.

Volvió hacia la «cosa» y la palpó con desagrado.

—Mira: el rostro, las manos y los ojos son de verdad, pero el resto…

Rascó un poco a la altura de las suturas y dejó a la vista una materia brillante.

—El resto es… despellejamiento. Son trozos de piel curtida, imputrescibles, cosidos los unos a los otros sobre… No sé qué coño es esto. Una estructura metálica o algo por el estilo. Creo que hemos encontrado el rostro y los ojos de la chica del maletero, Vadim.

Olía a tanino y corteza de árbol. Vadim seguía acuclillado sobre la alfombra, con la linterna enfocada hacia adelante y la boca torcida en una mueca de disgusto.

—Creo que… que Delpierre violaba esta… esta máquina. La luz negra hace que se vean unas manchitas blancas. Son restos de semen. Por todas partes. Ahí, en la entrepierna y en la alfombra.

Vic se puso a su lado. Se le hacía un mundo imaginarse la escena.

La parte inferior del marco de madera descansaba sobre unas ruedas, lo que permitía a Delpierre mover su obra a su antojo.

Alrededor, las paredes estaban cubiertas por unas cortinas rojas, que colgaban como si fueran unos vestidos vaporosos.

Incluso había unas botellas de alcohol en una estantería, una cadena de música, una pantalla y una cámara situada sobre un trípode, en una esquina.

Vic se fijó en una cadena corta atornillada en la pared, que terminaba en un grillete de acero.

Había marcas de uñas y un poco de sangre por todas partes en el ladrillo cerca del poste.

Unos restos discretos de comida en el suelo. Un orinal vacío.

—Las mantenía retenidas aquí, mientras estaban vivas… Debía de ponerles ese grillete de acero alrededor del tobillo.

Se giró hacia la «cosa» y se inclinó sobre el pecho, dos bolas enormes de silicona tapizadas con piel. Apenas se apreciaban las manchas azules, negras y marrones, debido a que la base de maquillaje tapaba el conjunto. Vic olfateó.

—La chica huele bien. A perfume… Y el pelo le huele a champú.

—¿«La chica»?

Vadim se incorporó, febril y enfadado, los labios curvados hacia atrás, dejando a la vista los colmillos, que brillaban bajo la luz ultravioleta.

—¿De quién coño hablas? ¿De la propietaria del rostro? ¿O de estos cachos de piel cosidos los unos a los otros sobre esta porquería de maniquí del infierno? ¿Cómo puedes decir «la chica»?

—Habrá que llamarla de alguna forma. La piel del rostro y las manos siguen estando frescas. El resto parece mucho más antiguo.

—Nunca había visto algo así. Y eso que he visto cosas sórdidas a lo largo de mi vida. Pero esto es el summum de lo indecente.

Morel empezó a dar vueltas alrededor del marco mientras observaba con atención hasta la última sutura.

—¿Cuántos humanos habrá despellejado para… fabricar esto?

Un policía desesperado es lo peor a lo que uno puede enfrentarse: un perro abatido con pistola que te lanza una última mirada.

—Buscábamos a Apolline… y creo que la hemos encontrado… Quizá sea ese pie, o ese brazo… Un trozo de espalda…

Vic se encaminó hacia el mueble, sobre el que descansaba la cadena de música y la pantalla. Un poco apartada, pero visible, había una pila de cajas de DVD anónimos. Había un sobre colocado sobre la última caja. Le dio la vuelta: estaba entreabierto. Llamó a Vadim.

—¿Crees que es para nosotros? ¿Un mensaje de despedida?

—El muy cabrón sigue jugando hasta muerto. Lo abro…

Con la garganta cerrada, se reajustó los guantes y apartó con cuidado la solapa del sobre, con miedo a que saliese una serpiente. Ya se esperaba cualquier cosa. Sin embargo, en el interior solo había un trozo de papel arrancado, en el que ponía:

¿Os ha gustado la sorpresa? Y, ahora, aquí os dejo mi legado, pitufos de mierda. Que disfrutéis de la peli.