Capítulo 24
Léane encajó el golpe. Intentó mantenerse de pie, pero su cuerpo amenazaba con derrumbarse.
—Policía…
—Sí, policía. Así que vas a llamar a emergencias ahora, y todo acabará de una vez por todas… Tanto para ti como… como para mí. Si persistes, te convertirías en su cómplice y yo, yo… yo moriría aquí, sin que cambiase nada para… para vuestra hija.
Al hombre le chasqueaban los dientes, temblaba de frío y hablaba de forma intermitente.
—¿Por qué estás aquí? ¿Dónde trabajas? ¿Cómo te encontró mi marido?
Grégory apretó los dientes y no pronunció ni una palabra más, pero no apartó la mirada en ningún momento.
Por más que Léane le hiciera preguntas, ya no respondía, medio inconsciente.
Volvió hacia el adoquín y cogió la fotografía.
«Diga lo que diga, miente». Estaba enfadada con Jullian, pero también consigo misma por no haberlo llamado a tiempo.
Era incapaz de tomar una decisión: cada opción le parecía peor que la que estaba a punto de escoger.
Enviar a su marido a la cárcel.
Secuestrar a un inocente.
Liberar a un culpable.
Volverse cómplice de rapto, tortura y secuestro.
Inspiró hondo y se dio la vuelta hacia el hombre.
—Tengo que comprobar que no mientes. Antes de actuar, debo asegurarme de tu identidad, ¿vale?
Le apuntó con el móvil y le sacó una fotografía. Cegado por el flash , Grégory giró la cabeza, haciendo una mueca.
—Necesito pensar. Volveré. Si dices la verdad, llamaré a la Policía. Te lo prometo.
Le colocó su abrigo sobre los hombros y el torso, se quitó el jersey y le envolvió los pies magullados en un gesto delicado.
Después, le acercó dos botellas de agua y unas latas de conserva, y le liberó una sola mano.
La parte izquierda del cuerpo del hombre se desplomó.
Léane abrió las latas y las colocó cerca de él.
—Mientras esperas a que vuelva, puedes comer y beber. Yo…
Se fue a buscar un cubo de metal.
—Para que hagas tus necesidades. Te las apañarás con una mano libre. Yo… volveré lo antes posible.
—¡No me dejes aquí! ¡Tengo dinero, si es lo que quieres!
Tapándose los oídos, subió por el pasillo cubierto de fotos de su hija, al borde de las náuseas.
Corrió sin aliento por el patio del fuerte y, apoyada en las murallas, lanzó un largo grito hacia el mar abierto.
El mar rugía, avanzando hacia el fuerte, ligeramente dorado por la tímida luz de la luna.
La calma del exterior contrastaba con el infierno que ella estaba viviendo.
Helada de frío, salió del fuerte con paso ligero, sin olvidar cerrar con llave la pesada puerta.
Su marido ya no tenía memoria y le dejaba como legado la más atroz de las novelas inconclusas.
Ahora le tocaba a ella escribir la continuación.