El manuscrito Capítulo 23
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Capítulo 23

Todo aquello no podía ser real.

Léane solo estaba teniendo una pesadilla.

Pronto se despertaría en su acogedor apartamento en París.

Con una bufanda colgando del cuello, iría a tomar un café al bulevar de Iéna, leería el periódico y observaría a la gente, intentando crear su próxima historia; un nuevo thriller que dejaría a sus lectores sin aliento.

Pero no le hacía falta imaginarse una nueva historia, pues ya la estaba viviendo en ese mismo momento.

La llave del fuerte que había encontrado en el bolsillo del pantalón de Jullian la había traído hasta un tío encadenado con el rostro ensangrentado, que estaba tirado en el suelo frente a ella, inmóvil, con la barbilla apoyada en el pecho.

Al igual que Arpageon en su libro, tenía los brazos suspendidos por encima de la cabeza, sujetos por unas esposas y unas cadenas.

A su izquierda, ahora iluminados por el halo de la linterna, divisó una bolsa de basura, unas tijeras, botellas de agua y latas de conservas, al igual que en El manuscrito , un libro que Jullian había leído, y en el que «alguien» había subrayado los párrafos relacionados con lo que estaba ocurriendo allí.

Léane sintió náuseas y tuvo que hacerle frente a lo evidente: todo indicaba que ese «alguien» era Jullian.

Y, sin embargo, algo dentro de ella se negaba a creerlo.

El ser que se imaginaba capaz de hacer algo así no encajaba en absoluto con el hombre que era su marido.

Ni siquiera hundido, desesperado, enfermo…

Jullian no podía ser culpable de aquello.

No tenía sentido quedarse ahí plantada sin hacer nada, así que se abalanzó hacia el pobre hombre, pero la agredió el olor a orina.

Estaba descalzo. El pie izquierdo se veía el doble de grande que el derecho, completamente amoratado, con las uñas negras y los dedos hinchados como globos. No había lugar a dudas: estaban rotos.

Le acercó dos dedos temblorosos al cuello cuando, de pronto, una burbuja de saliva estalló entre sus labios inmóviles.

Estaba vivo.

Léane dio un paso atrás. Los labios del desconocido empezaron a moverse y un murmullo incomprensible brotó de su garganta, una señal que se repitió varias veces, hasta convertirse en una palabra que el hombre repitió en bucle:

—Agua.

Léane dejó la linterna en el suelo y se apresuró a coger una botella de agua nueva.

Encendió una lámpara portátil que pendía del techo por medio de un cable y se acuclilló delante de aquel hombre.

Con delicadeza, colocó el morro de la botella en el borde de sus labios agrietados.

Un hematoma azulado le impedía abrir el ojo derecho.

Tenía un mechón de cabello negro pegado a la frente, unos pómulos afilados y muñecas de leñador.

Robusto, de hombros anchos, entre cuarenta y cuarenta y cinco años.

A Léane le daban ganas de vomitar por el olor.

Por más que rebuscó en su mente, llegó a la conclusión de que no conocía a aquel hombre.

—Despacio… Eso es.

Se bebió un tercio de la botella de golpe.

De repente, le entró un ataque de tos. Luego se le desplomó la cabeza de golpe contra el pecho.

Léane sabía que, con los brazos en esa posición, los músculos del cuello debían de estar haciéndole sufrir un verdadero calvario.

Su Arpageon imaginario había estado atado de esa misma forma.

Sacó del bolsillo un paquete de pañuelos de papel, mojó algunos y le refrescó con cuidado las mejillas, el arco de las cejas y la nariz.

Una herida en la frente ensuciaba aquel rostro.

La limpió lo mejor que pudo y, entonces, se fijó en el impacto de una bala en la pared.

Debieron de abrir fuego de cerca, seguramente con el arma que había encontrado en el cajón de la mesilla de noche.

La sangre caía del interior de la oreja derecha del hombre.

Después de cubrirlo con su abrigo para darle un poco de calor, se enderezó y se llevó las manos a la cabeza.

Localizó el instrumento de tortura en un rincón: el yugo con tornillos, como en su novela, que reducía su tamaño cada vez que se apretaba.

Apenas podía imaginar el infierno que había vivido ese hombre.

Herir a alguien en la pierna equivalía a impedir que escapara. Era la mejor manera de someterlo.

Sacó el móvil con intención de llamar a Colin. Sin embargo, dudó a la hora de pulsar su número. Avisar a la Policía era señalar a Jullian con el dedo. Estaba amnésico, por lo que no podía defenderse. Pagaría caro. El padre de Sarah, su marido, encarcelado… No sobreviviría.

Pero tampoco podía dejar morir a ese hombre.

Sin señal. Estaba a punto de volver a subir cuando el hombre le suplicó:

—Ayuda.

Léane regresó junto al prisionero. Había alzado la barbilla y abierto el ojo izquierdo.

—No me abandones.

—Ahora vuelvo, solo tengo que buscar un sitio donde haya cobertura para llamar a una ambulancia.

El hombre agitó las cadenas sin fuerza.

—La llave de las esposas… Debajo de la piedra, en esa esquina.

Las esposas se mantenían sujetas a la pared por las cadenas y un candado.

—Vale, vale.

Se precipitó hacia un rincón de la estancia, levantó el adoquín situado detrás de los packs de agua y las conservas, y efectivamente encontró una llave.

Descansaba sobre una foto de Sarah, donde la joven posaba con su padre en la bahía de Authie, con las focas de fondo.

Jullian siempre llevaba esa foto en su cartera.

Ambos irradiaban felicidad. Léane la cogió y leyó la nota en la parte inferior, escrita con tinta azul: «Diga lo que diga, miente».

Y justo debajo: «Dame la fuerza para no olvidar jamás lo que hizo». Era la letra de su marido.

Léane sintió que le fallaban las piernas y tuvo que acuclillarse de nuevo. Era como si una corriente subterránea la hubiera engullido y la tuviera dando vueltas en todas direcciones, impidiéndole salir a la superficie.

Dirigió la mirada hacia el desconocido, que también la observaba a ella, medio oculto tras las reservas de comida. Los pensamientos que le arrollaron la mente, todos a la vez, confusos y terribles, le helaron la sangre.

¿Y si ese tío tenía algo que ver con la desaparición de Sarah? ¿Y si su marido había descubierto un detalle primordial que lo había llevado a secuéstralo y torturarlo? ¿Era por esto por lo que le había dejado un mensaje en el buzón de voz, dos días antes de su agresión?

Tengo que contarte algo sobre Sarah. He descubierto algo muy importante.

Se enderezó, todavía conmocionada, con la llave apretada en el puño; ese trozo de metal tenía el poder de liberar a un hombre y hacer prisionero a otro.

El desconocido no apartaba la vista de ella.

A pesar de su rostro blanco, azulado, gris, herido, marcado…

Léane podía ver claramente cómo la esperanza renacía en el brillo de sus ojos.

—Gracias… Gracias…

Léane se puso a su altura.

—¿Por qué estás aquí?

El desconocido se desplomó, pillado por sorpresa por la repentina pregunta, expresada con calma, y por el hecho de que Léane dejó caer la llave al suelo, cerca de ambos; una llave que no podía dejar de mirar.

Se pasó la lengua por los labios para humedecérselos e hizo una mueca cuando intentó mover la pierna.

—Así que estás con él… Estás con ese enfermo… Claro que sí…

—Solo dime por qué estás aquí.

El hombre se sumió en un silencio prolongado. Las paredes del fuerte eran tan espesas que, desde allí, no se escuchaba ni el mar ni el viento. Una tumba de verdad. El desconocido reunió fuerzas, agitó las muñecas atrapadas en los brazaletes de acero y gritó.

—No… ¡No lo sé! ¡Te juro que no sé nada! Se me echó encima y me desperté en… ¡en este trullo!

—Si te secuestró y torturó, es porque tenía un motivo claro para hacerlo.

—Está como una cabra, ese es el motivo. Cree que…

que tengo algo que ver con la desaparición de su hija.

Pero si ni siquiera sé quién es. Escucha, no entiendo nada de nada.

No puedo más. ¿Sabes cuánto tiempo me ha tenido aquí encerrado?

¿Cuántos días y noches? Él… no regresaba.

He creído que… No sé… Yo… te lo suplico, abre el candado…

Se echó a llorar. A Léane se le encogió el corazón al ver al hombre roto, destruido hasta ese punto. Quería liberar sus cadenas. Pero ¿y si Jullian tenían razón? ¿Y si aquel hombre pudiera decirle dónde estaba Sarah? ¿O su cadáver? ¿Lo que le habían hecho?

Léane cogió el móvil, buscó el selfi de su hija de la noche de su desaparición y le enseñó la pantalla al desconocido.

—Mira esta foto con atención. ¿La conoces?

Abrió el ojo izquierdo de par en par y el párpado derecho se alzó un poco, lo que dejó a la vista una parte de su iris negro. Enseguida hizo una mueca.

—Mierda, es tu hija… Y tú eres… Tú eres su mujer, ¿no? La novelista… Me ha hablado de ti… Miraure… Entonces, tú… ¿No sabías que yo estaba aquí? ¿No sabías que… que tu marido había secuestrado a un inocente?

Léane no se dejó perturbar. Mantuvo la pantalla frente a su rostro hinchado.

—Eres tú quien estuvo encerrado en el maletero del cuatro por cuatro. Tú eres la persona a la que secuestró. Tú eres el que lo arañó y escribió VIVA en el metal. ¿Por qué?

—Tú… estás tan loca como él.

—Y además… Tú tenías el gorro de mi hija, no Jullian. Por eso te secuestró, ¿no? ¿Qué hacías con ese gorro? ¿Dónde está? ¿Dónde está Sarah?

El desconocido agitó las manos por encima de él.

—No sé qué ocurrió realmente con tu marido… No sé… por qué estás aquí por él, pero salta a la vista que no sabías todo esto… Así que vas…

Hacía una mueca con cada palabra que pronunciaba.

—Vas a llamar de inmediato a la Policía y… y vas a explicarles que… Les contaré todo, todo lo que ha pasado, sin ocultar nada… Diré la verdad. Que es la primera vez que te veo… Que no sabías nada. Y que…

Léane ya no lo escuchaba. Las piezas de dominó empezaban a caer, una a una.

—También explica el motivo de su agresión la otra noche.

Quizá sea cosa de alguien que sabía que mi marido te tenía secuestrado y que te estaba buscando.

¿Quién fue? ¿Un puto cómplice? Mi marido se negó a desembuchar, así que le pegaron una paliza y lo dejaron tirado en la playa, dándolo por muerto.

El hombre se sorbió la nariz y se la frotó contra el hombro.

—No entiendo nada… de lo que dices… La llave. Abre, ahora…

Léane metió la mano en el bolsillo del pantalón del tipo, y en su camisa abierta y manchada de sangre. Se enderezó y se fue a rebuscar entre el almacenamiento de comida. Nada, ni un papel. Luego regresó hacia él con paso decidido.

—Dime quién eres.

—No puedes hacer esto… Tú… vas a acabar convirtiéndote en su cómplice. Llama a la Policía o… libérame, pero… pero no me dejes aquí.

—¿Por qué te niegas a decirme tu nombre? ¿Por qué no me cuentas qué hacías con el gorro de mi hija?

Léane había gritado esas preguntas. El hombre agachó la cabeza; el ceño fruncido.

—Me llamo Grégory Giordano. Y soy policía.