El manuscrito Capítulo 22
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Capítulo 22

Cada vez que un criminal se suicidaba sin pagar por los delitos que había cometido, Vic sentía unas ganas furiosas de dimitir y mandarlo todo a la mierda. Los fracasos de ese calibre —aquel lo era, y no uno de los pequeños— le dolían como si le clavaran un cuchillo en el pecho.

Registró el cobertizo, movió fardos de paja e iluminó rincones oscuros completamente exhausto, sin fuerzas.

¿Existía siquiera una ínfima posibilidad de que Apolline siguiera con vida, encerrada en algún sitio?

Tres hombres se encargaban de descolgar al cerdo que pendía de una puerta de madera: el muy animal había utilizado una clavadora neumática, encontrada a los pies de la criatura ataviada con el vestido de Apolline.

En la academia de Policía no enseñaban a enfrentarse a ese tipo de cosas.

Los equipos de la Policía científica acababan de llegar: se habían desplegado por toda la casa de campo y recogían casquillos y el arma de fuego, tomaban muestras de sangre y fotografiaban la posición de los cuerpos y de los objetos.

Los flashes crepitaban bajo la mano negra de las montañas, que había apretado con fuerza aquella granja del horror.

Vic observó cómo los agentes le quitaban el vestido al animal con una delicadeza sorprendente; había algo ridículo y a la vez espantoso en aquella escena.

Luego volvió al interior de la casa, con paso pesado, lento, sin mediar ni sola una palabra.

Su mujer siempre le había echado en cara sus silencios y su falta de conversación, pero ¿qué responder a preguntas como «¿Qué tal el día?

» cuando le tocaba vivir un momento como aquel?

El pleitista del equipo —Jocelyn Mangematin, un tío tan pelirrojo como un queso Mimolette, de ahí su apodo— guardaba todas las pruebas en unas bolsas selladas, mientras que su comandante se encargaba de las llamabas telefónicas.

Morel y Dupuis seguían inspeccionando la zona.

La casa estaba tan en calma que Vic se sobresaltó cuando un teléfono, colocado en el centro de la mesa del salón, emitió el croar de una rana.

En la pantalla apareció un SMS de Pascal Delambre:

La obra en casa de la señora Fourneuil empieza a las 8:30 h.

Buenas noches y hasta mañana.

La normalidad, pensó Vic. Un tipo como otro cualquiera que, cada día, entraba en las casas de la gente, les sonreía, decoraba su hogar y repintaba sus habitaciones, mientras tenía las manos manchadas de sangre.

¿Cuántos asesinos estaban ocultos como él, detrás de una máscara?

Morel leyó el mensaje, soltó una risa nerviosa y su rostro se deformó en una extraña mueca.

—Mañana tu puto empleado no se presentará en el trabajo, tío. Este maldito violador de muertos tiene billete en primera clase para el infierno. ¡Y yo que me alegro!

Dicho eso, volvió al pasillo, ignorando el aluvión de miradas que de repente se posaron sobre él.

Vadim a veces perdía los nervios, al más puro estilo Gilles de la Tourette.

A pesar de su rostro, que parecía hecho de plastilina, y su apariencia de marioneta, era un hombre con un temperamento fuerte.

Vic se puso los guantes y le echó un vistazo rápido al móvil de Delpierre, antes de que el pleitista lo sellara.

Contenía algunos contactos, guardados como «clientes» o «compañeros», y mensajes que parecían puramente profesionales.

Nada llamativo o extraño, excepto por el último, enviado por el propio Delpierre a unas horas bastante intempestivas la noche anterior, a un número 06 que no tenía agendado: «A ti, que pronto entrarás en mi casa sin permiso: cuando hayas descendido lo suficiente, gira la rueda de la felicidad. Y… ¡sorpresa!».

Vic no entendió el sentido, pero le daba la sensación de que la frase iba dirigida hacia ellos, la Policía. Le dio el teléfono a Mimolette, que lo guardó ipso facto . El aparato iba a ser minuciosamente analizado por los especialistas de la Policía científica.

Se reunió con Vadim en el primer piso, cerca de la habitación que estaba siendo peritada.

Ya se habían levantado los cadáveres, pero todavía quedaban restos de la violencia de los actos en forma de manchas y gotas de sangre en las sábanas y paredes.

Algunas incluso habían desafiado la gravedad al proyectarse hacia arriba.

Vic miró la bandeja colocada sobre la mesa cerca de la cama —sobre ella, un cuenco de sopa y un poco de pan—.

Después, los botes de medicamentos. En cuanto leyó los nombres de las moléculas y el material médico, el policía lo tuvo claro.

—Tenía cáncer, en fase terminal…

Morel hizo chirriar los dientes antes de decir:

—Delpierre cuidaba de ella. Le hacía comiditas, la ayudaba con su higiene y, probablemente, recibía al médico o al enfermero varias veces por semana, siempre educado y servicial, mientras que…

Una vez en el pasillo, se alejó para acercarse a una ventana que daba a la noche estrellada. Desde ahí se podían distinguir las montañas, con sus crestas envueltas en una suave luz ambarina.

—El muy cabrón quería a su madre. Le disparó al corazón, no a la cabeza.

Al corazón, Vic. No fue un crío maltratado o martirizado, todavía cuidaba de su madre enferma.

Simplemente era así… Era una bestia… Lo peor es que jamás tendremos explicaciones.

¿Qué les diremos a los padres de Apolline? ¿Que no la hemos encontrado?

Vic lo sabía: Vadim odiaba su trabajo en momentos como aquel.

—Quizá… Delpierre solo estuviera de paso por la Tierra para hacer lo que tenía hacer y luego desaparecer.

Como una escoria, un objeto mal fabricado que se camufla entre los demás antes de que lo tiren a la basura.

Y hay muchos otros tipos como él por ahí, hay que ser conscientes de ello.

Cuando conseguimos atraparlos, genial. Pero si no…

Vic se acercó a él con las manos metidas en los bolsillos.

—¿Te das cuenta de que quedan tres días para Navidad y todavía no le he comprado nada a Coralie?

—Joder, Vic. Te estoy hablando de… de cosas serias y tú vas y me dices que no tienes un regalo para tu hija. ¿A qué viene eso ahora?

—Porque lo acabo de pensar. Porque mi puta memoria me reparte las cartas cuando quiere.

No existen las reglas para ella. Cada día me digo que tengo que parar en una tienda, no importa cuál, y comprarle algo, pero ni siquiera sé el qué.

Y cada día lo olvido. Excepto ahora mismo, casi a medianoche, en medio de tripas y sangre.

La sombra del arrepentimiento pasó como un velo delante de sus grandes iris oscuros.

—¿Qué clase de padre soy, olvidándome de eso? Es mi hija.

—Haz como Martine y yo: dale dinero. No se lo tomará mal, al contrario.

A esas edades les viene bien la pasta. De hecho, cuando son más mayores también.

Bueno…, volvamos a Delpierre. Hemos revisado la casa de arriba abajo.

He visto que hay un sótano. Los chicos del grupo de operaciones especiales ya han echado un vistazo, pero demasiado rápido. ¿Bajamos a ver qué se cuece?

—No queda otra…

Volvieron a la planta baja en silencio. Unos hombres subían y bajaban, cargados con material o muestras. Incluso había un coche de Le Dauphiné Libéré aparcado afuera, con el periodista esperando en el frío. Probablemente, la casa de Delpierre nunca había estado tan animada.

Los dos policías descendieron los escalones del sótano.

Una bóveda los obligó a inclinarse. Después de pasar por un túnel corto, llegaron a una amplia estancia cuadrada, únicamente iluminada por dos bombillas, impregnada de olores a carne ahumada y sal.

Del techo colgaban decenas de astas de ciervo, atadas entre sí con una cuerda, así como jamones envueltos en grandes paños blancos cuyas puntas casi rozaban el suelo.

Vic contuvo la respiración al levantar uno de ellos, y se tranquilizó al comprobar que de verdad solo eran trozos de cerdos.

Morel dejó escapar una risa nerviosa, que salió desde lo más profundo de su ser.

Atravesaron el bosque de fantasmas, que se movían con suavidad, como si fueran sacos de boxeo.

Más adelante, descubrieron comida enlatada, sillas apiladas, un montón de bustos y cabezas de animales disecados, al lado de ojos de vidrio, pinceles y fardos de paja.

También había algo de material de ferretería y una matrícula, seguramente la original del Ford.

Un antiguo mueble de cocina se encontraba contra la pared del fondo, sobre el que colgaban un taladro eléctrico y una bicicleta infantil oxidada, muy antigua, con unas cuerdas en los manillares.

En la parte trasera del sillín estaba inscrito FÉLIX DELPIERRE .

Vic hizo girar la rueda y la miró fijamente durante varios segundos, desconcertado.

La voz de Morel resonaba a lo lejos, como surgida de ultratumba.

—¿… haces? Volvamos arriba.

Vic estudió la bicicleta con detenimiento, con una mano en la barbilla.

—Había un SMS en el móvil de Delpierre. Lo envió ayer por la noche a un número desconocido. Ponía:

A ti, que pronto entrarás en mi casa sin permiso: cuando hayas descendido lo suficiente, gira la rueda de la felicidad. Y… ¡sorpresa!

Ese móvil, que se ha guardado como prueba, estaba en medio de la mesa del salón, sin contraseña, como si lo hubiera dejado ahí para que nos fijáramos en él.

Vadim regresó al lado de su compañero. Observó la bicicleta desde todos sus ángulos, incluso la descolgó de la pared. Vic daba vueltas, teléfono en mano.

—El sótano, la bicicleta, la rueda… Parece que coincide, pero no sé en qué. ¿Cuál es la sorpresa?

—Te mueres de ganas de llamar al número a quien Delpierre envió el mensaje, ¿eh?

—Quizá sea lo que hay que hacer para entenderlo.

—Sí, puede ser, pero también puede que sea una trampa. No podemos arriesgarnos, es mejor que esperemos el análisis del móvil, así sabremos qué se esconde detrás de ese número 06.

Se quedaron ahí plantados, reflexionando. ¿Por qué un SMS? ¿Por qué Delpierre no se había enviado a sí mismo el mensaje si lo que quería era dirigirse directamente a ellos? ¿O por qué no había cogido un bolígrafo y papel, sin más? ¿Quién se encontraba al otro lado de la línea telefónica?

Vic se quedó petrificado de repente frente al viejo mueble; luego se agachó.

Las patas tenían unas ruedas incrustadas, casi invisibles.

Se apartó un poco hacia un lado y empujó el aparador.

Al desplazarlo, dejó a la vista un tablero de contrachapado de un metro de ancho por un metro de largo, atornillado a la pared.

Sin decir ni una palabra, Vadim cogió el taladro eléctrico y se arrodilló.

Un ruido estridente resonó por todo el sótano.

V&V sintieron cómo la corriente de aire les acariciaba el rostro.

Delante de ellos, de unas dimensiones un poco más pequeñas que las del tablero, apareció una abertura.