El manuscrito Capítulo 21
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Capítulo 21

En cuanto dejó Boulogne-sur-Mer atrás, Léane tuvo la sensación de conducir hacia una meseta situada en el fin del mundo.

El fino asfalto, apenas iluminado por los faros del coche, se internaba en el parque natural regional de los cabos, entre campo y acantilados.

Era un universo de tierra húmeda y oscura, de roca caliza, de guijarros redondos sacudidos por las olas, de complejos turísticos desiertos y de faros ubicados en la costa despedazada, peligrosa e inmutable.

Si Ambleteuse brillaba en verano, el pueblo yacía en invierno, azotado por las fuertes mareas, atacado por la bruma marina y el salitre.

Las casas del paseo marítimo, vacías en su mayoría, se apretujaban las unas contra las otras, como si quisieran entrar en calor y confrontar un frente común contra los elementos: vientos violentos, lluvias torrenciales, llovizna constante.

Los barcos de colores, que normalmente le daban vida a la costa, acumulaban polvo escondidos en sus garajes, cerrados a cal y canto.

Todo se veía lívido, inmóvil, excepto por el ir y venir perpetuo del mar, junto a las melodías hipnóticas de las piedras que rodaban, de la arena que crujía y esos gritos lúgubres de las gaviotas siempre presentes, que venían de no se sabía muy bien dónde.

Léane aparcó en la calle más al norte del pueblo, a lo largo de Slack, una minúscula corriente de agua que moría en la bahía y luchaba por llegar hasta el mar de marea baja.

Ese rincón de naturaleza estaba aislado, sumido en la oscuridad y protegido por un ligero relieve que lo ocultaba de la vista de posibles curiosos.

Continuó su camino a pie, linterna apagada en mano, pasó por delante de un estacionamiento de embarcaciones donde yacían remolques, y enseguida divisó el fuerte a lo lejos, con sus murallas en forma de herradura abierta hacia el mar, de arquitectura puramente militar, diseñado hacía más de trescientos años por Vauban.

Se accedía a él por una franja de rocas cubiertas de conchas de moluscos, que desaparecían bajo las aguas cuando la marea subía y aislaba la construcción.

Varios carteles prohibían el acceso a personas no autorizadas y anunciaban unas obras de restauración.

Probablemente se tratase del proyecto de Jullian.

Léane ignoró los carteles, saltó una cadena suspendida entre dos barreras y avanzó con cautela en dirección al fuerte.

Le llegaba un olor a lodo, algas y salitre desde más allá de las rocas.

No se sabía los horarios de las mareas, pero se fijó en el mar, que brillaba a lo lejos en el horizonte: eso le daba tiempo.

Se negaba a quedarse atrapada en el edificio durante las seis horas en que las aguas lo rodeaban con sus poderosas corrientes.

Subió un tramo de escaleras e introdujo la llave en la cerradura de una puerta de madera maciza.

Un chasquido… y la ansiedad aumentó. Todavía se imaginaba el impermeable amarillo con capucha, las botas llenas de barro, los párrafos subrayados en su último libro, los rastros de la fabricación de aquel instrumento de tortura…

Una vez dentro, encendió la linterna y echó un vistazo en todas las estancias.

Cruzó el patio interior y se acercó a explorar la torre, empezando por arriba.

Jullian y Dambrine se habían encontrado en el segundo piso en varias ocasiones, en la casamata, y habían mantenido relaciones allí, mientras se suponía que su jefa debería haberse encargado de los análisis en el fuerte.

La sala estaba vacía, excepto por un cañón oxidado olvidado en una esquina y unos cubos abandonados en el suelo, llenos hasta tres cuartas partes, que servían para recoger el agua de las goteras.

Helada de frío, Léane volvió a bajar y exploró el edificio, de vez en cuando obligada a agachar la cabeza por las bóvedas.

La humedad devoraba la cal, rezumaba de las piedras y hacía que los escalones resbalaran.

Un ruido repentino la dejó petrificada cuando llegó a la mitad de la escalera. Colocó la linterna justo delante de ella, conteniendo la respiración. ¿Se lo había imaginado? Pero volvió a sonar un ruido, esa vez más nítido. Una especie de roce de acero contra la piedra, que procedía de abajo.

No estaba sola.

—¿Hay alguien ahí?

Ni un sonido más. ¿Había sido el viento?

Imposible. Hizo muestra de valentía y se sumergió en las profundidades del fuerte.

Creía recordar que, al final de la escalera, había una estancia de piedra sin ventanas, que antaño se utilizaba para almacenar la comida de los militares.

Frenó en seco delante de una fotografía sujeta por un clavo en la pared derecha: una instantánea de una Sarah de apenas trece años.

Después otra, un poco más abajo…, y una más.

Sarah por todas partes. Todas las fotos que echó en falta en los álbumes se encontraban allí, colgadas en la piedra por decenas.

La guarida de la locura.

Siguió avanzando y se adentró aún más, con el miedo calado hasta los huesos.

La linterna abría camino entre la oscuridad del almacén.

Movió el haz de luz hacia la pared opuesta y casi le dio un infarto cuando el círculo luminoso se detuvo sobre unas muñecas esposadas, y luego sobre un rostro tan hinchado y amoratado que ya no parecía humano.