Capítulo 20
Los hombres continuaron el camino. Al cabo de dos minutos, un cuadrado de luz se dibujó a lo lejos, a la altura de un caserío de piedra.
Un alicate bastó para romper la cadena del portón.
En el patio interior se encontraba un vehículo de trabajo, con el nombre Delambre Déco, junto a otros edificios macizos.
Aunque el Ford ya no estaba en su posesión, Delpierre había seguido desplazándose y, al parecer, no había intentado huir ni esconderse.
Vic tenía un mal presentimiento: todo le parecía demasiado sencillo. Le daba la sensación de que el hombre que buscaban les estaba poniendo una alfombra roja y pidiéndoles que se sacudieran los zapatos antes de entrar en su casa.
Se acercaron y se quedaron paralizados cuando uno de ellos iluminó las puertas de un granero, situado en el lado izquierdo.
Una fila de fusiles de asalto apuntó a la silueta crucificada directamente sobre la madera.
A Vic le llevó unos segundos entender lo que veían sus ojos: era un animal.
Le pareció que era un cerdito ataviado con un vestido largo y vaporoso de flores.
También había un espantapájaros de carne clavado, mutilado y espolvoreado con una fina capa de nieve.
Vic entrecerró los ojos; ya había visto ese vestido en una foto, en la oficina de Annecy. Se dirigió a Vadim.
—Ese vestido es de Apolline…
Disgustado, Morel terminó por girar la cabeza.
—Es su forma de darnos la bienvenida.
Los policías registraron las salidas de toda la granja tan rápido como pudieron, y el jefe dio inicio al asalto con unos movimientos de brazos codificados. La puerta principal cedió después de tres golpes de ariete.
En ese preciso momento, dos destellos iluminaron la ventana del primer piso. Se oyeron unos disparos. La fila de hombres se abalanzó escaleras arriba, protegida tras un escudo balístico. De todas las puertas cerradas del pasillo, solo una dejaba escapar un rayo de luz por la rendija del suelo.
El Despedazador estaba recluido en el interior de una habitación.
Vic se quedó en las escaleras, pegado a la espalda de un gigante, sintiendo la ansiedad que le producía lo que estaba a punto de ocurrir, ese momento en que todo podía dar un vuelco.
Había bustos de animales disecados por todas partes, en la escalera, en las paredes: ciervos, jabalíes e incluso lobos, con las órbitas vacías y cubiertos de polvo.
Los animales no tenían una expresión tranquila o neutral, sino que tenían la boca torcida, con la dentadura rota.
Delpierre era un cazador, un asesino, un ojeador.
Vic se lo imaginó detrás de la puerta, armado con una escopeta.
Esos dos disparos justo en el momento en que entraron…
¿Habría matado a Apolline antes de dispararse a sí mismo?
De repente, una bala arrancó un trozo de la puerta y se incrustó en la pared opuesta.
—¡Idos a tomar por culo, cabrones!
Al negociador ni siquiera le dio tiempo a abrir la boca para intentar razonar con el enajenado. Otro disparo, seguido del ruido sordo de algo pesado cayendo al suelo. Después, silencio… Apenas respiraban. Los hombres esperaron unos veinte segundos más antes de decidirse a entrar.
Una imagen desagradable. Una escopeta tirada en el suelo.
Sangre y trozos de cerebro que llegaban hasta el techo.
En una cama de hospital, yacía un cuerpo, pero no era el de Apolline, sino el de una anciana con el rostro marcado por la muerte, con el pelo blanco y desgreñado y la piel arrugada, de un blanco perlado que se tornaba ligeramente azulado.
Dos manchas rojas se abrían paso sobre las sábanas, a la altura del corazón.
Durante el siguiente minuto, el grupo de operaciones especiales liberó el espacio y se fue a inspeccionar las demás habitaciones.
Vic y Vadim se colocaron cada uno a un lado del cuarto.
Apestaba a orina y sangre. Parecía que Delpierre había matado a su madre enferma antes de suicidarse.
Sobre una mesilla de noche había una Virgen María, una biblia y decenas de botes de medicamentos, entre ellos había dosis de morfina.
Vic salió de la habitación con paso firme. El monstruo vivía en esa madriguera lúgubre con su madre enferma, y había limpiado antes de suicidarse.
¿Dónde estaba Apolline?