Capítulo 19
Félix Delpierre, cuarenta y dos años, vivía en las alturas de Aillon-le-Vieux, un pueblucho ubicado en las montañas de Bauges, a unos quince kilómetros de Chambéry.
Solo esperaba una cosa: que no tocara fondo en la escuela y que no tomara un mal camino en ese inmenso espacio de libertad que era el instituto.
Todo le parecía tan complicado… En la capa de vaho de la ventanilla, escribió la palabra «Miserable».
Vic, el miserable… ¿Había sido una mirada de compasión la que le había lanzado su hija frente al instituto?
¿Era eso lo que pensaba de él, que era un miserable?
Sopló con amargura sobre el cristal y las letras se desvanecieron.
A través del retrovisor, vio cómo cuatro pares de faros desgarraban la noche de forma intermitente, curva tras curva.
Los vehículos armados con los neumáticos de invierno, entre ellos una ambulancia, se acercaban a paso lento.
Morel salió de uno de ellos de un salto y se instaló en el asiento del copiloto del coche de Vic, preparado para el frío: gorro negro, abrigo con la cremallera subida hasta el mentón y guantes forrados.
Reanudaron la marcha por aquella carretera que parecía una pista de patinaje, cerrando el cortejo.
—¡Os lo habéis tomado con calma!
Morel se deshizo de los guantes con los dientes y estampó una fotografía contra el volante.
—He aquí nuestro destrozarrostros. Como puedes ver, nos enfrentamos a una buena pieza…
Félix Delpierre tenía la frente alta y unos mechones de pelo negro que crecían en la parte superior de la cabeza, como las hojas de una palmera.
Sus ojos, separados por un fino puente nasal, formaban dos círculos perfectos, protegidos por unas cejas gruesas.
Ahora Vic entendía mejor a lo que se refería el director cuando dijo que parecía «reservado».
Delpierre tenía el careto del típico tío que a nadie le gustaría encontrarse solo en mitad de la noche.
—Justo nos acaba de llegar información del despacho. Félix Delpierre ya tiene un expediente judicial, ha tenido problemas con la justicia anteriormente: un caso que data de hace siete años, pero no fue nuestra unidad la que se encargó del asunto.
—¿Quién lo gestionó?
—El equipo Krawick. Bueno, te lo resumo.
Delpierre se crio en una granja familiar aislada, en un lugar alejado de todo.
Estuvo trabajando en morgues desde los dieciocho años, en diferentes funerarias de Grenoble y Chambéry.
No hablaba con nadie y era frío como el hielo.
Era bueno en su trabajo y lo realizaba con rigurosidad y pasión; nunca había tenido ningún problema ni ningún retraso.
Terminó en el laboratorio de anatomía de la escuela de medicina de Grenoble, donde consiguió un muy buen puesto: trabajaba como auxiliar.
En resumen, se encargaba de cortar cadáveres para que los estudiantes pudieran hacer las prácticas de cirugía. No sé si sabes cómo va eso.
—Pues como en la charcutería: se hace con un hacha o con una sierra.
—Sí, bueno, algo así. Una noche, pillaron a Delpierre metiendo un cadáver en el maletero de su coche para… su uso personal.
—¿Su uso personal?
—Necrofilia, fetichismo…, el pack completo.
El tipo está como una regadera. Robó miembros, troncos e incluso una cabeza, y lo hizo durante meses sin que nadie se diera cuenta.
Por lo visto, esas cosas no están demasiado vigiladas.
Los chicos de Krawick creyeron haber ido a parar a la casa del tío de La masacre de Texas .
En pleno verano, encontraron los restos putrefactos en unas bolsas de basura al fondo de un cobertizo, donde había tantas moscas que no se podía abrir la boca sin tragarte una.
Lo encerraron en Bonneville durante un año, salió, continuó con su vida y se formó en albañilería.
Lleva tres años trabajando para Delambre Déco, escondido en las montañas, fuera del radar de la Policía.
Lo hemos mirado con precisión en Google Earth.
Sigue viviendo en la granja, a dos kilómetros de Aillon-le-Vieux.
Morel sacó la SIG Sauer del bolsillo y comprobó el cargador.
—Desde que hallamos su coche, Delpierre sabe que está entre la espada y la pared, y que nuestra llegada es cuestión de tiempo. Debe de esperarse nuestra visita.
Vic no respondió. Con la nariz pegada al parabrisas, siguió con la mirada las luces traseras de los vehículos de la brigada de intervención y los limpiaparabrisas, que trabajaban a todo gas, absorto en sus reflexiones sobre lo extraño de la naturaleza humana, sobre el misterio de la genética.
Mientras él tenía que lidiar con esa anomalía de la memoria, otros tenían que hacerles frente a unos rincones mucho más oscuros del espíritu.
Para los tipos como Delpierre o Jeanson, a los que les faltaba un tornillo, secuestrar a una pobre chica o violar a un muerto era algo tan natural como jugar una partida de backgammon .
Las casas de los alrededores se volvían cada vez más extrañas, las montañas se alzaban como si de colmillos se trataran y, al cabo de tres kilómetros, ya no quedaba ni rastro de un alma viva.
Vic contemplaba cómo los copos de nieve zigzagueaban en los faros y venían a sofocar la vegetación.
¿Quién podría llegar a escuchar a las víctimas gritar en aquel desierto de rocas?
Sin el robo del Ford, ¿durante cuánto tiempo Delpierre habría seguido actuando con total impunidad?
Los coches tomaron una carretera en pendiente, encajada entre los pinos blanquecinos, y se detuvieron en el arcén, donde ya empezaban a formarse unos montones de nieve. Alain Manzato, su comandante, golpeó la ventanilla con el mango de una linterna.
—Apagad las luces. Continuamos a pie. La chabola está a trecientos metros. El grupo de operaciones especiales, delante; nosotros detrás. Vamos a por él, V&V, ¿entendido? Y tú quédate atrás, Altran. Lo que nos faltaba es que te pegues un tiro en el pie.
Así era Manzato, todo sutileza. Pero Vic ya estaba acostumbrado.
Jocelyn Mangematin y Ethan Dupuis, sus otros dos compañeros de equipo, los acompañaban.
Una hilera de siluetas negras y armadas se desplazaba como el ala de un cuervo.
Vic iba precedido por un tío que llevaba una cazadora con la inscripción NEGOCIADOR .
El silencio los envolvía, únicamente perturbado por el crujido de la nieve bajo las gruesas suelas de las botas de servicio, y por el jadeo de los hombres, tensos, con los pulmones congelados.
La misión era peligrosa: neutralizar a Delpierre y salvar a los posibles supervivientes, si es que aún quedaba alguien con vida.