El manuscrito Capítulo 18
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Capítulo 18

El director del instituto los Senones estaba a punto de marcharse cuando Vic llegó a su despacho, acompañado por un profesor. Florent Leviel no tenía aspecto de viejo ermitaño que habita en lo más profundo de las montañas, como uno se podría llegar a imaginar.

Debía de rondar los treinta, llevaba el pelo negro engominado hacía atrás y poseía un estilo desenfadado, con la camisa arremangada hasta los codos, por debajo de un chaleco de punto con cuello en V. Acabó de descolgar el abrigo del perchero y se quedó con él en las manos.

—¿Es de la brigada de investigación criminal? ¿Cómo es posible que no lo haya visto hasta ahora?

Vic le enseñó su identificación policial.

—Vengo de Grenoble. No puedo darle todos los detalles, pero estamos trabajando en un caso que posee varias similitudes que nos lleva a relacionarlo con la desaparición de Apolline.

El policía sacó las fotografías del bolsillo y se las entregó al director.

—Esta es la famosa conexión: el coche del que creemos que es el secuestrador de una de sus internas en este instituto. Es un Ford Mondeo gris que llevaba una matrícula falsa en ese momento. Lo tenemos bajo custodia, guardado en un depósito de pruebas.

Leviel examinó las fotografías con atención.

—También disponemos de imágenes del individuo en concreto, captadas por una cámara de videovigilancia de una gasolinera ubicada a la altura de la salida de Touvet, entre Grenoble y Chambéry. No se le distingue demasiado bien, pero puede que le suene de algo. La fisionomía general, la gorra…

El director negó con la cabeza.

—Puede llegar a haber cerca de una treintena de vehículos aquí aparcados durante el día, pero…

creo que, si hubiese estado este coche, me habría fijado en él.

Y la verdad es que no me dice nada. En cuanto a esta silueta…

es demasiado difusa. Y, que yo sepa, nadie suele llevar gorra por aquí. Al menos, no en el trabajo.

Le devolvió las fotografías a Vic.

—Sus compañeros de Annecy ya han investigado.

No hay una sola semana en la que no veamos a uno de ellos venir a hacer preguntas.

Que sepa que mi personal ha sido interrogado a conciencia, y que se compone de personas íntegras, apasionadas y cualificadas que aman su trabajo y a los jóvenes internos.

La presencia policial constante y el hecho de que nos estén recordando cada dos por tres la desaparición estresa a nuestros internos ciegos y podría romper la confianza que les tienen a sus docentes.

El tema de la desaparición es horrible. Apolline es una joven muy querida por todos y espero de corazón que puedan encontrarla, pero mi centro no tiene culpa ninguna.

Vic se guardó las imágenes en el bolsillo, decepcionado de que su intuición no se hubiera materializado.

—¿No recuerda nada destacable entre sus empleados desde el lunes pasado? ¿Alguno que no haya venido a trabajar por la razón que sea?

—No, ninguna ausencia. Para su información, mañana por la tarde empezamos las vacaciones: los chicos vuelven a casa para pasar las vacaciones de Navidad y el centro estará cerrado.

Así que es una tontería que se pasen por aquí durante los próximos días, pero puede llamarme cuando quiera. Estaré localizable.

Le tendió una tarjeta de visita.

—Si puedo ayudar de alguna forma para encontrar a Apolline…

Se puso el abrigo.

—Lo siento, pero me tengo que ir. Me esperan en una reunión en Chambéry, y teniendo en cuenta la nevada que está cayendo…

—Me gustaría echarle un vistazo a la habitación de Apolline.

El director invitó a Vic a salir del despacho y lo cerró con llave.

—Ya lo han hecho sus compañeros. ¿Qué espera encontrar en su cuarto? Ya lo han revisado de arriba abajo.

—No me llevará mucho tiempo. Solo necesito ver dónde pasaba gran parte de su tiempo.

—De acuerdo, pero que sean dos minutos.

Se adentraron en los pasillos del instituto. Vic esperaba toparse con paredes frías, habitaciones sin alma, cruces religiosas por doquier, pero las aulas eran coloridas y la decoración le pareció moderna y luminosa.

Unos enormes árboles de Navidad ocupaban el aula de transcripción en braille y varios talleres.

Más adelante, se escuchaban sonidos de percusión.

Un grupo de chavales, colocados en círculo, aporreaban unos yembés.

En el centro, unas chicas bailaban bajo la atenta mirada de los docentes, que marcaban el ritmo con palmadas.

Aunque envuelto en su manto de nieve y aislado del mundo, el instituto rebosaba de vida.

La habitación de Apolline era igual que el resto: acogedora, cálida, el espacio íntimo de cualquier jovencita de dieciocho años. Un iPod, unos auriculares, una colección de frascos de perfume… El director se quedó en el umbral de la puerta.

—Solo si se fija en lo detalles detectará la deficiencia visual.

Entonces, Vic se dio cuenta de la ausencia de fotos o de pósteres en las paredes y se fijó en las esquinas redondeadas de los muebles, las bandas podotáctiles en la entrada de la habitación y al pie de la cama, las cómodas con tiradores de diferentes formas…

Todos esos detalles estaban ahí, pero no los había notado nada más entrar.

—No hemos tocado nada; esperamos que algún día regrese.

Vic cogió el perro de peluche rosa colocado en medio de la cama y lo giró sobre sí mismo. Se fijó en la cruz religiosa colocada encima de la ventana que daba hacia la capilla.

—Apolline es creyente.

—Sí. Pasaba mucho tiempo en la biblioteca, pues tenemos una biblia en braille que ocupa una estantería entera.

También solía ir a rezar a la capilla una o dos veces por semana.

Sus compañeros ya nos han preguntado todo eso…

Incluso interrogaron a Bertrand, nuestro guardia, que vive aquí durante el año.

Él es el que se encarga de vigilar las instalaciones.

Evidentemente, no sacaron nada de ahí. Y, por si se lo está preguntando, Bertrand tiene un viejo Citroën que puede encontrar aparcado justo al lado de la capilla.

—Color gris topo, matrícula 2022 TA 69… Faro izquierdo trasero roto… —Vic se pasó la mano por la sien—. Esta es… mi memoria.

—Ah… Impresionante.

—Sí, impresionante. Pero en el noventa y cinco por ciento de los casos no sirve de nada, solo para llenar aún más mi pequeño desván interior.

Lo memorizo todo, pero, al cabo de los años, ya no recuerdo a qué corresponden todos esos números y nombres.

Dicho de otra forma, mi memoria es como un cubo de basura.

El policía se dirigió hacia un armario cerrado a cal y canto, sobre el que se encontraba un teclado en braille. El director se acercó y pulsó las teclas.

—El código es 2962. En un mundo en el que todo es oscuridad, nuestros internos necesitan saber que sus pertenencias íntimas están algo protegidas.

Vic abrió las puertas: cajones de diferentes formas para cada tipo de prenda, una caja de los secretos que abrió, y bisutería…, entre la que se encontraba un medallón de la Virgen sin cadena.

—¿Sabe dónde está la cadena?

—Apolline nos dijo que la había perdido, pero nunca llegamos a encontrarla.

Vic sacó el móvil, buscó la fotografía de la cadena que colgaba del retrovisor del Ford y se la enseñó al director.

—¿Es esta?

Leviel observó la imagen, serio.

—Es una cadena fina de oro… No sabría decirle. Pero, si fuera esa, ¿qué hacía ahí, colgando de ese retrovisor?

—¿Cuándo la perdió?

—Creo que se remonta a… a junio, si no me equivoco. Justo antes de las vacaciones de verano.

Vic cogió una pila de audiolibros —Julio Verne, Alexandre Dumas, Caleb Traskman—, observó los CD colocados en la estantería de encima y cogió la primera caja. Se giró hacia Leviel.

—¿Le gustaba la música clásica?

—Sí, le encantaba. Solo escuchaba eso y, además, tocaba el piano. Mozart era su compositor favorito. Era… Es una chica brillante. Qué horror, uno nunca sabe si hablar en presente o en pasado de las personas que desaparecen.

—Utilice el presente, es lo correcto.

Vic echó un vistazo rápidamente a las demás cajas. Entonces, llegó a la de Conciertos para piano n.º 21 y 22 , de Mozart, y la abrió.

Vacía.

Volvió a dirigirse hacia Leviel.

—Estuvo aquí, en esta habitación. Tuvo acceso a ese armario. Además, robó este disco y volvió a dejar la caja en su sitio, junto a las demás.

El director del centro se pasó una mano por el rostro con nerviosismo.

—No… Se equivoca.

—Encontramos el disco en el reproductor de su coche, el famoso Ford.

Leviel parecía conmocionado, así que Vic le concedió unos segundos antes de continuar:

—Apolline es una chica guapa, inteligente y culta.

Él se encuentra aquí, en su centro, y entra en su habitación.

Debe de conocerlo para dejar que se acerque a ella, o puede que se colara aquí en su ausencia.

Imagino que debe de ser bastante sencillo.

Fantasea con ella, sabe que es vulnerable.

Memoriza su código secreto. ¿Quizá la haya visto marcarlo en el teclado?

Al principio, le roba objetos que le pertenecen, cosas que le gustan.

Escucha lo mismo que ella cada día, al volante de su coche.

Es probable que se masturbe pensando en ella, pues hemos encontrado varios restos de esperma en su vehículo.

—Todo eso es… espantoso.

—Las semanas pasan. Llega el momento en que el impulso es demasiado fuerte, el momento en que ni los pensamientos ni los objetos le satisfacen.

Debe poseer a Apolline. Así que decide pasar al ataque.

Pero tampoco se precipita; observa, piensa.

No actúa aquí, en el centro, porque sería demasiado arriesgado y la lista de sospechosos, demasiado reducida.

No, espera a que vuelva a casa de sus padres, en Saint-Gervais, para pasar las vacaciones de otoño.

Es paciente, prudente. Al atacar allí, meses después de su intrusión, está desviando la atención.

Vic le puso la caja del CD entre las manos.

—El hombre que busco estuvo en esta habitación en varias ocasiones.

Ha mencionado que perdió la cadena de oro el pasado mes de junio.

Si no se fijó en un Ford Mondeo gris, ¿quizá sea porque utilizaba un coche de empresa por ese entonces?

¿O que solo venía ocasionalmente? ¿Un terapeuta?

¿Un médico especialista? ¿Un profesor de piano?

Piense, señor Leviel, y dígame quién es.

—No se me ocurre, yo…

Se calló, pensativo, tapándose la boca con el puño.

—Bueno, está esa pequeña empresa de reformas y limpieza, que estuvo por aquí durante aproximadamente un mes, de mediados de mayo a mediados de junio.

—Explíquese.

—El invierno pasado detectamos filtraciones y tuvimos que cambiar una parte del tejado.

Quedaba por rehacer el revestimiento y volver a pintar algunas habitaciones.

La de Apolline era una de ellas. Yo... ni siquiera pensé en mencionárselo a los policías de Annecy; fue antes de las vacaciones de verano y...

—El nombre de la empresa.

Leviel le hizo un gesto para que lo siguiera. Caminaban a todo correr por los pasillos.

—Delambre Déco. Eran dos tipos: uno delgaducho y uno mucho más fornido, de unos cuarenta años, que creo que podría encajar con el hombre de la foto. Y además…

—¿Y además…?

—Si no me equivoco, solía llevar gorra. Fue él quien se encargó de la habitación de Apolline.

Recuerdo que no era un tío muy hablador, era bastante reservado.

Pero trabajaba rápido y bien. Le llegué a decir que me interesaría que me hiciese algún trabajillo en casa…

, así que me dejó su información personal.

En cuanto llegaron a su despacho, el responsable del centro rebuscó en el cajón y sacó un papel que le tendió a Vic. En él, un nombre y un número de teléfono móvil. Su desmembrador tenía una identidad: Félix Delpierre.

El policía le dio las gracias al director y salió del centro a toda prisa. Se refugió en el interior de su coche y, tras haber puesto en marcha los limpiaparabrisas para deshacerse del manto de nieve, llamó a Vadim.

—Soy yo. Creo que lo tenemos.