El manuscrito Capítulo 17
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Capítulo 17

La noche se iba abriendo paso, mientras el viento arreciaba en el exterior y lanzaba ráfagas de arena contra los ventanales. Las grandes mareas, con coeficientes históricos, habían comenzado la víspera.

En esos momentos, el clima empezaba a cambiar: se volvía más duro, con vientos violentos, un velo negro cubriendo el mundo.

Toda la Costa de Ópalo —los diques y los senderos junto al mar— quedaban sumergidos por olas de varios metros.

La bahía de Authie, en el punto álgido de la pleamar, podía desaparecer del paisaje.

Las aguas llegaban a lamer la base de las dunas, a apenas diez metros de La Inspiradora.

Sentada en el sofá, Léane hojeaba los álbumes de fotos de las vacaciones, buscando el recuerdo de los plataneros que Jullian había mencionado.

Si un simple plátano había podido evocar aquella escena del pasado, tal vez la vista y el tacto del gorro bicolor reavivaran los recuerdos ligados a Sarah.

Quizá su marido podría explicar qué hacía con una prenda que su hija llevaba puesta cuando fue secuestrada.

Según Colin, no era más que un gorro bicolor con un pompón, como los que se podían encontrar en muchas tiendas, pero Léane no recordaba haber visto nunca uno igual: aquel gorro era único, porque lo había tejido la abuela de Sarah.

Huelga decir que el policía se lo había llevado para analizar.

Esperaba encontrar restos de ADN provenientes del sudor, de células muertas de la piel e incluso pelos.

Léane pasaba las páginas, en busca de sus propios recuerdos enterrados, incapaz de aceptar la idea de que el hombre al que conocía desde hacía veinte años pudiera haberle hecho daño a alguien, haber encerrado a una mujer en el maletero, fuera quien fuera.

Y, además, la presencia de aquel gorro no tenía ningún sentido.

Si realmente pertenecía a Sarah, ¿qué hacía allí, en ese maletero, cuatro años después?

VIVA . Léane no quería enfrentarse a esa posibilidad. Su hija no podía estar viva. Jeanson la había secuestrado, asesinado, enterrado en la naturaleza y, tarde o temprano, acabaría por confesar dónde estaba el cuerpo. Su marido no podía estar implicado.

Colin le había prometido que tendría los resultados de los análisis al día siguiente y que, si lo imposible ocurría, es decir, si ese gorro pertenecía realmente a su hija, el policía emitiría una orden de registro de la casa, en busca de cualquier indicio, ya que aún no podían interrogar a Jullian.

Le tocaba pasar otra noche sumida en la más atroz de las incertidumbres.

Y entonces, por fin, encontró una fotografía que lo confirmaba todo: Jullian no se había equivocado.

Efectivamente vestía un pantalón corto azul, de pie en medio de los plataneros, y ella posaba a su lado.

Guapo y bronceado, sonreía a la cámara. Los recuerdos se abrieron paso por un pequeño tragaluz en su mente: las islas Canarias, su primer viaje, el amor, los proyectos juntos.

Si ya no recordaba aquel episodio de las vacaciones, ¿podría ser posible haber olvidado un libro entero?

¿Había oído hablar alguna vez de ese tal Michel Eastwood?

¿Cómo podía haber olvidado una novela por completo?

Léane estaba convencida: El manuscrito lo había imaginado por completo, construido y moldeado.

Recordaba los momentos de inspiración repentina, las ideas que se habían iluminado en su mente tras sus reflexiones.

Esa novela era fruto de su trabajo, no le cabía la menor duda.

Sin embargo, hizo una búsqueda en internet con términos como: «plagio», «robo de ideas», «olvido».

Tras media hora de investigación infructuosa, estaba a punto de rendirse cuando se topó con un artículo que explicaba algo de lo que nunca había oído hablar: la criptomnesia, un fenómeno psicológico por el cual una persona puede adoptar, sin saberlo, las ideas de otros, convencida de que son propias.

Léane no podía creer lo que veían sus ojos.

En los ámbitos del arte, el cine o la literatura, se podía asociar ese fenómeno a una especie de plagio inconsciente: recuerdos perdidos que resurgían en la conciencia, emergiendo con una fuerza creativa.

Entonces uno estaba convencido de que la idea que había leído, visto o encontrado un día en su vida emanaba de sí mismo.

Recuerdos perdidos. ¿Podía ella haberse enfrentado a ese fenómeno, esa especie de vampirismo mental del trabajo de otro? ¿Había podido realmente olvidar esa novela y, peor aún, robar fragmentos de ella para crear su propia historia? ¿Había perdido también un pedazo de su memoria, como Jullian?

No podía ser…

Se obligó a volver a concentrarse en el álbum, así que empezó a pasar las páginas de nuevo.

Las fotografías eran como fragmentos de memoria; podían bastar para reconstruir una vida en pareja, con sus altibajos, sus momentos de alegría y sus penas.

Había sido feliz con Jullian, lo había amado; él siempre había estado ahí, a pesar de los periodos difíciles.

El tiempo había desgastado la pasión, pero había dado paso a otros sentimientos igual de fuertes: la confianza, la ternura, la simple alegría de estar juntos y no pensar en nada.

Esa colección de instantáneas podía dar fe de ello.

Y todavía lo amaba, a pesar de las grietas de desdicha que los habían separado.

Se preguntó cómo transcurrirían los próximos días, cuando su marido regresara a casa. ¿Podría reconstruir con él un presente sin Sarah? ¿Empezar una nueva existencia a su lado? ¿Convertir esa vida en un manuscrito y empezar otro desde cero?

Cogió los álbumes de fotos más recientes, en los que aparecía su hija, y se secó las lágrimas de la comisura de los ojos.

Cuánto la echaba de menos… ¿Cómo podía seguir adelante?

¿Cómo se podía volver a florecer después de la pérdida de un hijo?

¿Se podía combatir esa ausencia? En el mejor de los casos, uno se conformaba con sobrevivir, como ella. En el peor, se hundía, como Jullian.

Frunció el ceño al ver la cantidad de huecos que había en los álbumes que sostenía.

Las fotos de ella y de Jullian seguían ahí, pero todas las fotos de Sarah habían desaparecido.

Revolvió por todos los cajones, pero no las encontró.

Pensó en aquel extraño robo que, según Jullian, había tenido lugar dos meses atrás.

¿Las habrían robado junto con los libros y los objetos del cuarto de baño?

Se dirigió al despacho de su marido, decidida a arrojar algo de claridad a todo aquel asunto.

¿Qué estaba ocultando? ¿Qué había hecho, solo en aquella casa, durante las últimas semanas?

¿Se habría dejado arrastrar por arrebatos de locura y de paranoia, sospechando de todo el mundo?

Levantó la pantalla del ordenador portátil para echar un vistazo al historial de sus correos y páginas web.

Pero ya no tenía acceso a nada, pues se habían borrado todos los datos.

Léane no pensaba rendirse todavía. Se llevó el portátil al centro, a casa de Maxime Père, un antiguo compañero y amigo de confianza, además de un auténtico crack en informática.

Tomaron algo rápido; Maxime se alegró de verla.

Léane le explicó lo de la agresión a Jullian y le preguntó si podía analizar el ordenador.

Él le prometió ponerse manos a la obra en cuanto se marchara.

Regresó a casa y continuó con el registro, en particular en un armario del despacho.

Jullian anotaba todas sus investigaciones y pistas, y acumulaba la documentación de su investigación personal en unos archivadores grandes.

Pero el armario estaba vacío. ¿Dónde estaban los documentos?

¿Qué había hecho con ellos? Recordó el montón de cenizas en la chimenea, esa que nunca usaban.

¿Había quemado su trabajo? ¿Por qué esa terrible necesidad de borrarlo todo?

Se puso de puntillas, pasó la mano por encima del mueble y dio con un paquete de hojas olvidado.

Se trataba de unas páginas fotocopiadas de una novela que reconoció al instante: El manuscrito .

Había enviado una copia a su marido un mes antes de su publicación, para que le diera su opinión, como siempre hacía.

Él no le había devuelto la llamada, pero la había leído, eso estaba claro: había subrayado los párrafos en los que describía las peores torturas y la manera de confeccionar instrumentos de madera o metal capaces de triturar los huesos de los pies.

Sintió ganas de volver al hospital y pegarle hasta que hablara. Sus propios pensamientos la asustaron.

Debía descifrar los misterios que aquella casa había ocultado en su ausencia.

Se puso el abrigo, salió con una linterna y se precipitó hacia el cobertizo de los carros a vela, una cabaña de madera situada a unos diez metros de la casa.

Jullian guardaba allí sus herramientas y de vez en cuando hacía bricolaje.

Si hubiera tenido que fabricar algún objeto a partir de sus escritos, lo habría hecho en ese lugar.

La acumulación de arena en la pared oeste daba la impresión de que el cobertizo estaba inclinado.

La puerta estaba cerrada con un gran candado que le pareció que era nuevo.

Dudó un momento, respiró hondo y rompió el único cristal que había con el mango de la linterna.

Después de apartar los cristales rotos, se deslizó por la abertura.

Los vehículos descansaban en un rincón, con la vela enrollada y protegida por una funda.

Unas cometas colgaban del techo, girando levemente, y proyectaban siluetas lúgubres sobre las paredes, donde se entrelazaban unas cañas de pescar.

Una nube de serrín revoloteó y la hizo estornudar.

Provenía del banco de trabajo, sobre el que reposaban la sierra circular, clavos y tornillos.

Léane se inclinó. Bajo un martillo se encontraba el plano dibujado del instrumento para triturar los pies.

No había ni rastro del objeto en sí. Solo quedaban restos de madera y virutas.

Así que lo había hecho. Había construido el instrumento de tortura descrito en su libro y se lo había llevado a algún sitio.

VIVA .

Léane luchó contra las ganas de huir. Con la respiración agitada, enfocó la linterna hacia un poncho amarillo con capucha, así como al pantalón impermeable de pescador, con tirantes, colgado a la izquierda del banco de trabajo.

En el suelo, unas botas de goma embarradas, atrapadas en un charco de agua helada.

Jullian había usado ese equipo hacía poco, no cabía duda.

Y no para ir a recoger mejillones. Volvió a iluminar el poncho, pasó la linterna por cada centímetro cuadrado e inspeccionó los bolsillos del pantalón.

Sintió un apretón en el pecho cuando sus dedos rozaron una llave antigua.

La observó atentamente bajo la luz. Ya había visto ese tipo de llave cuando la Policía interrogó a Jullian, cuatro años antes. Estaba casi segura de que se trataba de una de las llaves del fuerte de Ambleteuse, ubicado a sesenta kilómetros de allí.

¿Qué hacía con eso? Natacha Dambrine, su jefa por aquel entonces, se había ido de la zona hacía años, y las últimas noticias que tenía es que se había prohibido el acceso al fuerte porque consideraron que estaba demasiado deteriorado y era peligroso.

Sabía que Jullian había conseguido un proyecto de estudio sobre la impermeabilización y el refuerzo de los muros, pero los trabajos no empezarían hasta la primavera.

Entonces, ¿por qué guardaba esa llave en el bolsillo de su impermeable mojado?

¿Por qué había ido hasta allí antes de que lo agredieran?

Diez minutos más tarde, Léane se encontraba de camino a Ambleteuse.

Pensó en los restos de serrín, en los clavos, en la pistola, en la sangre, en el gorro hallado en el maletero del cuatro por cuatro.

Esa llave abriría mucho más que la puerta de un fuerte abandonado; abriría las puertas del infierno.