El manuscrito Capítulo 16
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Capítulo 16

—Explícate.

—Un tipo se ha sacado de la manga una denuncia por plagio —replicó Pam.

Léane se detuvo y estacionó al borde de la carretera.

—¿Por plagio? ¿Es una broma?

—¿Te suena Michel Eastwood? ¿ La rueda de sangre ?

—Nunca he escuchado hablar de él.

Un silencio largo, que no auguraba precisamente nada bueno, siguió a esa frase.

—El tipo es un perfecto desconocido, pero escribió dos novelas negras bajo un seudónimo hace más de veinte años, entre las cuales se encuentra el famoso libro La rueda de sangre , publicado en 1991…; un libro delgadito, de unas doscientas cincuenta páginas.

1991. Su adolescencia. Léane ya leía mucha novela negra por aquel entonces, y poseía una memoria de elefante en lo que concernía a sus lecturas. Aun así, ni el título ni el nombre del autor le decían nada.

—He comprobado las cifras. No tuvo muchas cifras de ventas…, pero poco importa el número de ejemplares vendidos. Acabo de leerme el libro y he encontrado similitudes bastante preocupantes con El manuscrito .

Léane, presa de un imperioso deseo de colgar, tenía otros asuntos más importantes que atender que ocuparse de todos los que querían sacar provecho a su costa.

—¿Como cuáles?

—El protagonista de su novela también es un escritor viejo, reportado como desaparecido tras una salida a altamar.

Pero en realidad está retenido en la casa de una loca que lo obliga a escribir por ella.

Llega hasta el final de la historia, ella lo mata y publica el libro a su nombre, con el título El final de la historia .

—¿Y qué pasa? ¿Acaso él no se inspiró en Misery , de Stephen King?

Y, ya que estamos, ¿también vamos a atacar a todos los escritores que escriben una historia de amor imposible acusándolos de plagiar Romeo y Julieta ?

Si te soy sincera, no veo cuál es el problema.

Además, El final de la historia y El manuscrito son títulos que no tienen nada que ver entre sí.

—Bueno, a ver, si pegas el final de una historia a una novela inconclusa, consigues el libro completo.

—Ja, ja…

—No estoy de guasa. Quiero decir, se puede encontrar un vínculo.

Pero además hay otros detalles que Michel Eastwood y su editor nos han echado en cara.

No es gran cosa, pero… su escritor protagonista se llama Orpojon, y no vive en Bréhat sino en Île-Grande, una isla bretona.

Tu Arpageon tiene un pasado de asesino en serie; el de ellos, de pedófilo. Lo sé, no es lo mismo, pero…

—¡Querrás decir que no tiene nada que ver!

—Ya me has entendido. El caso es que esos dos liantes están revisando los dos textos con lupa. Encontrarán puntos en común donde quieran encontrarlos, incluso en cosas que son muy distintas.

—Arpageon, Orpojon, la Bretaña francesa… Son coincidencias, nada más. Eso no me convierte en culpable. Jamás le he robado ideas a nadie.

—Por supuesto que no, Léane. Lo sé. Pero con la muerte de tu hija estabas en un periodo difícil, no conseguías escribir nada y…

—¿Y no crees que habría sido más astuta si hubiese querido robarle las ideas? Piensa un poco… A mi escritor lo habría llamado Martin o Boulanger y lo habría instalado en el sur en vez de en Bretaña.

—Pues habrá que explicarles todo eso. Los tenemos encima.

Es complicado demostrar un plagio, así que es probable que no lo consigan, pero corremos el riesgo de arrastrar este tema durante meses.

Te he enviado su libro por correo porque ya no se encuentra en librerías. Léelo. En dos horas te lo acabas.

Colgó el teléfono. Léane no se lo podía creer.

Esa historia la había arrancado de sus entrañas, tras noches en vela y meses de escritura, sola en su apartamento.

El nombre de Arpageon le había venido a la cabeza así sin más, sin saber siquiera si existía realmente.

Lo había anotado en una hoja, sin pensarlo demasiado.

Eran meras coincidencias, nada más.

Volvió a ponerse en marcha, aunque sentía unas fuertes ganas de regresar a París, tomarse un ansiolítico y dormir, y dormir…

para despertar después con la esperanza de que todo iría mejor…

Media hora más tarde, se reunió con Colin, que la esperaba frente al sótano con el rostro serio; Colin, cuyo único problema era cuidar de su gato.

En ese momento, envidió la vida sencilla de policía que llevaba.

El equipo de la Policía científica ya había guardado los halógenos y el material y se había ido.

—Has tardado.

—Tenía un problema que solucionar con… la editorial.

El policía la guio hacia el garaje y cerró la puerta tras ellos.

—Esto se va a complicar.

Léane lo miró sin abrir la boca, con ganas de gritar: «¿Lo dices en serio?». Colin abrió el maletero. El trozo de alfombrilla que servía para ocultar el compartimento de la rueda de repuesto estaba doblado por la mitad. El policía sacó una bolsa precintada del bolsillo de su cazadora.

—Lo he encontrado debajo de la alfombrilla, bien escondido. ¿No te parece que es el que llevaba Sarah la noche de su desaparición?

A Léane se le cortó la respiración. Cogió el plástico con las manos temblorosas. En su interior, un gorro azul y verde de lana con un pompón: el de Sarah.