El manuscrito Capítulo 15
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Capítulo 15

Jullian estaba leyendo cuando Léane llegó al hospital el jueves al mediodía.

Mientras Colin y un equipo de la Policía científica trabajaban en el maletero del cuatro por cuatro, ella había preferido salir de casa, tras una noche de mierda, pensando en el motivo de la presencia de la SIG Sauer en el cajón de la mesilla de noche.

No le había mencionado su existencia a Colin, pues esperaba a tener las ideas un poco más claras.

Arrastró una silla y se sentó cerca de la cama.

—¿Cómo te encuentras?

Jullian estaba leyendo su libro: El manuscrito .

—Me lo trajo el médico esta mañana, después de las pruebas. Ya casi lo he terminado. Me dijo que me traerá otros. Me resulta gracioso conocer a mi mujer por medio de una novela, sobre todo cuando el autor es un hombre. Por lo visto, no se puede decir que eres tú, ¿no?

—Algunas personas de por aquí lo saben, pero para mí es muy importante mantenerlo en secreto. Y para ti también.

—Tengo que alejarme de tu protagonista, esa tal Judith Moderoi que secuestra al escritor, si no, me va a dar la sensación de que la tengo delante de mis narices. Escribes cosas tan… complejas y… terroríficas. Por favor, dime que esa mujer no se parece a ti.

—Ni un poquito. Solo salió de mi imaginación.

Jullian dejó a un lado la novela y giró su alianza. Léane entendía lo que decía, aunque sus palabras parecían salir del buche de un pelícano.

—¿Cuánto tiempo llevamos casados? ¿Cómo es que no salí corriendo? ¡Si vivo con una maldita psicópata!

Léane esbozó una sonrisa.

—Empecé a escribir hace diez años. El manuscrito es mi quinto libro.

Nos conocíamos desde hacía diez años cuando me convertí en escritora.

Me crie en Dunkerque y daba clases en Berck, como mis padres.

A mis padres no los verás muy a menudo, pues se mudaron a Tailandia en cuanto se jubilaron.

Eso no significa que nos hayan abandonado, solo que…

quieren vivir su propia vida, disfrutar…

Su mirada se perdió en el vacío.

—Cuando tú y yo nos conocimos, ya trabajabas en la restauración de edificios… Estuviste en una obra que se llevó a cabo en el colegio en el que daba clases, y así fue como empezó todo, como empezó nuestra historia.

Jullian se enderezó y se sentó frente a ella.

—Primero me entero de que vivo con alguien famoso. Después, de que voy a tener lectura para rato. ¿Cinco libros, dices? Tengo toda la intención de devorármelos, señora «Enaël Mirraure 2 ». Mirraure es por miroir , «espejo» en francés, ¿no?

Cuando pronunció su seudónimo, Léane sintió una sensación que no pudo explicar, pero que la incomodó.

¿Sería porque lo dijo de una manera distinta, o porque la observaba como si la descubriera por primera vez, como una novela nueva cuya salida anhelaba desde hacía meses y por fin tenía entre las manos, ansioso por devorar sus páginas? Léane intentó ocultar su desconcierto.

—Se podría decir que sí.

—¿Y cómo surgió todo esto? Quiero decir… ¿Por qué adquirir el seudónimo de un hombre? ¿Y escribir cosas siniestras?

Léane nunca supo responder a esa pregunta ni entender los misterios de la creación del seudónimo.

Había sido maestra, al igual que sus padres antes que ella.

No se había puesto a quemarles las alas a las moscas de niña ni había sido una fanática de las películas de terror en su juventud.

Había leído mucha novela negra, eso por descontado, pero no podía explicar la oscuridad de su pluma. Así pues, evadió la pregunta:

—He hablado con el médico. Hoy ha sonado más tranquilizador que ayer. El resto de tus memorias, las del aprendizaje y los gestos automáticos, están intactas. Además, no han encontrado lesiones en el cerebro… Por lo visto, ya tuviste una especie de recuerdo esta mañana, ¿no?

—El logopeda me fue dando diferentes frutas, una por una, y entre ellas había un plátano. Duró la fracción de un segundo, pero me vi a mí mismo en medio de una platanera, vestido con unos pantalones cortos azules. Tú estabas a mi lado. ¿Es posible?

Léane rebuscó en el fondo de su memoria, pero nada le vino a la mente. De todas formas, fingió que sí se acordaba.

—Los recuerdos más antiguos son los más robustos. Sin duda, serán los que te regresen primero a la mente.

—Eso espero. Cuéntamelo todo sobre nosotros. Dónde vivimos, quién soy; sobre tu trabajo y el mío. ¿Hemos hecho más viajes juntos? ¿Tenemos hijos? Dime, ¿acaso tenemos nietos? Supongo que la foto que me enseñaste ayer es de nuestra hija, ¿no? ¿Dónde está?

Léane sintió la necesidad de acurrucarse junto a él, de hundir el rostro en el hueco de su hombro. Estaba llorando cuando Jullian se apartó. Recogió una lágrima con los dedos y le acarició la mejilla, unos gestos tiernos que no había tenido con ella desde hacía una eternidad.

—¿Qué pasa?

—Perdón, es que se me hace raro que… En fin, tu amnesia y esta impresión de que… de que no sabes nada sobre nosotros. Tus pequeños gestos, tus miradas. Es como si todo se hubiera parado, como si volviéramos atrás en el tiempo y empezáramos nuestra historia desde el principio.

Jullian alzó la novela.

—Como tu libro, El manuscrito . Historias que comienzan y nunca terminan —dijo, sonriendo—. El doctor dice que la mayoría de los pacientes amnésicos tienen miedo. Yo no. Porque tú estás a mi lado.

—Por cierto, volviendo a tu pregunta… Sí, tenemos una hija. Ella…

El médico le había recomendado no forzar a Jullian en el plano psicológico. La estructura dentro de su cabeza estaba frágil, ya fuera su memoria o su estado mental. Había que avanzar con delicadeza. Sacó la foto de su cartera y se la enseñó.

—Esta es Sarah. Estudia en Saint-Luc, en Bélgica. Le encanta la fotografía, se pasa todo el tiempo sacando fotos, ¡ya lo verás! No… No le he contado lo de tu agresión. Todavía no. Tiene… Tiene simulacro de exámenes durante varios días y… no quería que se preocupara.

Jullian acarició el papel satinado con los dedos. Léane se sentía atormentada por sus mentiras. Estaba a punto de quebrarse y de soltarle toda la verdad de golpe. ¿Qué podía haber peor que mentir sobre la muerte de su hija? Su marido la miró fijamente.

—Se parece mucho a ti.

—Se parece a los dos.

—¿Me la puedo quedar? Quizá me ayude a acordarme de ella.

—Te daré otra. Esta en concreto siempre la llevo conmigo.

Jullian asintió y le devolvió la fotografía. En esa ocasión, la miró con seriedad.

—Lo que me ha pasado… Esta agresión… ¿Había algún motivo detrás? ¿Pasa algo raro en torno a nuestra familia? Está ese poli que vino a última hora de la mañana, ese tal…

—… Colin Bercheron.

—Sí, Colin Bercheron. Me dijo que no me habían robado nada y que sucedió durante una caminata. Pero… no sé, cualquiera diría que parecía desconfiado, que… me reprochaba algo. No parece que le agrade demasiado. Ah, pero me tutea, eso sí.

—Vivimos en un pueblo pequeño… Colin es un policía concienzudo. Solo hace su trabajo. Por ahora, nadie sabe lo que te ha pasado.

Jullian miró por encima del hombro de Léane. Un hombre estaba ahí plantado. Jacques Morgan, con su metro noventa de altura, se acercó y abrazó a su hijo.

—Pero qué te han hecho esos sinvergüenzas…

Enseguida se dio cuenta del desastroso estado en el que se encontraba la memoria de Jullian y salió al pasillo para hablar con Léane.

Su cráneo calvo, salpicado de manchas marrones, brillaba bajo los neones.

La edad le había encogido los huesos, pero, a sus sesenta y dos años, Jacques Morgan aún irradiaba fortaleza.

Jullian había heredado sus grandes ojos color avellana y el labio inferior en forma de corazón: los mismos genes, el mismo defecto de fábrica.

Léane le explicó la situación, le informó acerca de lo que le habían dicho los médicos y lo que ella le había contado sobre Sarah.

Jacques no se anduvo con rodeos. Con la cabeza gacha, como un carnero embistiendo, dijo con total sinceridad:

—Mentir de esa forma es aberrante…

—Es mejor empezar así. Es por su bien. Usted y yo tenemos que estar en sintonía. Evite hablarle de Sarah y de nuestra separación. Para él, vivimos todos juntos en la villa y Sarah estudia en Saint-Luc, ¿vale? Debemos ir progresivamente. Respecto a lo demás… no veo motivos para mentir.

—¿Y su madre y su suicidio?

—No sé, quizá sea mejor contárselo. Coménteselo a los médicos.

—Vale.

—Lamento no haber estado muy pendiente últimamente. ¿Cómo está, Jacques?

—Voy tirando. La muerte de Jeanne me dejó un vacío, eso está claro. Pero prefiero ese vacío a lo que se había convertido.

Agachó ligeramente la cabeza y se metió las manos en los bolsillos de su abrigo.

Léane no insistió. La historia de Jeanne Morgan y el cemento que, a pesar de todo, había mantenido unido a ese matrimonio durante más de cuarenta años seguiría siendo un completo misterio.

Reemprendieron el camino hacia la habitación.

—Si quiere puede quedarse a dormir en casa.

—No hace falta, no quiero ser una molestia.

Iré alternando entre el hospital y la casa de pescador, al otro extremo del espigón.

Me he traído trabajo, tengo que cerrar todos los balances de fin de año de mis clientes.

¿Quizá ya le hayan dado el alta a Jullian para Nochebuena?

En ese caso, podríamos, no sé, hacer algo juntos en la villa, antes de que vuelva a casa.

Léane asintió. Solo quedaban cuatro días para Navidad. Jacques entró en la habitación mientras ella respondía a una llamada telefónica.

—¿Colin? ¿Puedes llamarme más tarde? Estoy en el hospital y…

—El equipo y yo estamos revisando el cuatro por cuatro al dedillo. Tienes que venir. He descubierto algo más.

—¿El qué?

—Prefiero que lo veas con tus propios ojos. Te espero en el sótano de la villa. Date prisa.

Y colgó sin añadir nada más.

Léane sintió un nudo en el estómago al abrazar a su marido, paralizada por el miedo a lo que podría revelar ese maldito análisis de sangre encontrado en el maletero.

Pensó en el arma con una bala menos. ¿Y si Jullian había cruzado la línea?

¿Y si había cometido un acto impulsado por la venganza, la rabia y el odio, algo que ella aún no lograba entender?

Se despidió de su suegro y salió a la carretera; la ansiedad carcomiéndola por dentro.

Cogió la llamada de su agente de prensa, quien le preguntó dónde narices se había metido.

Léane le explicó que le habían dado una paliza a su marido, que había perdido la memoria y que debía quedarse a su lado por un tiempo indefinido.

Aquella novela que había tardado más de cuatro años en escribir, que había arrancado de sus entrañas y de la oscuridad más profunda de su ser, se había convertido ahora en lo que menos le importaba en el mundo.

—Lo entiendo, Léane. Tómate todo el tiempo que necesites.

El libro sigue su curso, y las ventas se han disparado con la llegada de la Navidad.

Pero te llamo porque, precisamente, tenemos un problema muy gordo con la novela.

François tiene que ponerse en contacto contigo de inmediato.

Hay algo que… Mierda, esto es un puto caos.

2 Con dos «r», al igual que en el texto original. Una nota al margen en el manuscrito de Caleb Traskman indica que se hizo adrede.