El manuscrito Capítulo 13
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Capítulo 13

Vadim se sentó en un banco del parque Hoche, al pie de una hilera de álamos de ramas alborotadas que se mecían entre los copos de nieve.

Ya hacía semanas que las montañas se habían vestido de gala con su manto blanco, que no se quitarían hasta abril.

Qué frioleras, estas montañas. El policía sacó un cigarrillo del paquete y lo colocó entre sus labios carnosos.

—Justo cuando decides dejar de fumar, siempre se te pone algo por delante que te hace recaer. Pensaba que este periodo de festividades sería tranquilo, propicio para los buenos propósitos. ¡Y una mierda!

Vic seguía de pie frente a él, con las manos metidas en los bolsillos.

Una fina película de nieve le cubría el cabello y los hombros.

El parque, normalmente lleno de vida, estaba desierto.

Solo vio a un tío que paseaba a su perro a lo lejos.

Vic pensó que siempre había tíos que paseaban a sus perros en los parques, a cualquier hora del día y con cualquier clima.

—Ya has oído lo que ha dicho Ferrigno, Vic.

Si de verdad se controlaron las hemorragias en el momento de la amputación y recibió la medicación adecuada y cambios de vendaje regulares…

, puede que siga viva. Pero, sin los cuidados apropiados, va a terminar muriendo de una infección o, en todo caso, vivirá un absoluto martirio.

¿Cuándo encontramos las manos en el maletero?

—El lunes, a las diez… y nueve minutos.

—¡Me la sudan los minutos, joder! Lo importante es que han pasado tres días por lo menos. Tres días en los que…

Le dio una calada al pitillo y prosiguió:

—¿A quién nos enfrentamos, Vic? ¿A qué clase de cabrón retorcido?

Quiero decir, nuestros compañeros se enfrentaron a Andy Jeanson hace dos años y el muy gilipollas sigue dándoles guerra incluso entre rejas.

Y ahora nosotros tenemos que lidiar con el Descuartizador, un chiflado que no tiene nada que envidiarle…

Andy Jeanson… El Viajero… Vic todavía seguía el caso de cerca, y tenía una relación extraña con el asesino.

Durante un viaje que hizo a Lyon para llevar a cabo una formación de cuatro días sobre temas antiterroristas, hacía aproximadamente un año y medio, sus compañeros estaban liados con el caso Jeanson.

Vic había tenido la oportunidad de ver las fotos de los mechones de pelo de las distintas víctimas del Viajero.

La última mañana de formación, pidió acceso a las pruebas selladas para contar el número de pelos de cada mechón.

¿Por qué? Ni él mismo lo sabía. «Tengo ganas de contar», fue lo que había respondido.

Se rieron en su cara y le pidieron que se fuera a casa.

Dos días después, lo llamaron para felicitarlo: alguien había contado los pelos y había llegado a quinientos doce en cada mechón.

En ese entonces, los compañeros de Lyon interrogaron a Jeanson: «¿Por qué quinientos doce?

». El asesino no respondió, pero quiso conocer al policía que había sido capaz de desencriptar lo que él llamaba «una puerta de entrada a su mundo».

Gracias a eso, Vic tuvo libre acceso al expediente de Jeanson, a las distintas actas del caso, a una gran variedad de informes —autopsias, Policía científica, peritajes psiquiátricos— para impregnarse lo mejor posible de la personalidad del asesino.

Andy Jeanson, aunque inteligente, había tenido una infancia complicada: un padre violento, acoso en el colegio debido a su físico poco agraciado y unos años pasados en un internado famoso por su crudeza, donde los niños crecían en un entorno hostil y aislado, en plena montaña.

Ya de adulto, nunca logró mantener un empleo estable.

El interrogatorio tuvo lugar en las instalaciones de la brigada de investigación criminal de Lyon, con la esperanza de que se abriera más con Vic y confesara la ubicación de los últimos cuerpos.

No sirvió de nada; no reveló nada más de lo que los equipos ya sabían.

Al final del interrogatorio, pidió una hoja de papel y un lápiz, y escribió: Kaspárov-Topalov, 1999 .

Luego el asesino fue devuelto a su celda, habiendo soltado una única palabra antes de salir de la sala de interrogatorios: «distracción». O el arte de atraer la atención.

Al igual que sus compañeros, Vic se había quebrado la cabeza con la partida de ajedrez entre Kaspárov y Topalov, una de las más destacables, ganada en cuarenta y cuatro jugadas por el célebre campeón ruso Garry Kaspárov.

También se la conocía como la Inmortal. Hasta hoy, nadie había conseguido entender el sentido de ese enigma.

¿Resolverlo ahora llevaría a Jeanson a confesar la ubicación del último cuerpo, el de Sarah Morgan, de una vez por todas?

Vic negó con la cabeza, mientras Vadim seguía hablando:

—Es mucho en muy poco tiempo. ¿Crees que es culpa del mundo en el que vivimos? ¿Una especie de aumento de la violencia?

Vic pensó en el insulto que le había dejado su mujer en el hotel, en el divorcio, en la discusión con Coralie frente al instituto; en todos los políticos, presentadores y periodistas que se cantaban las cuarenta a través de los medios de comunicación o se lanzaban mensajes hirientes en redes sociales; y también en el hecho de que pasaría la Navidad solo, a sus cuarenta y cinco años, en una habitación lamentable, probablemente con la nariz metida en expedientes criminales en vez de en un pavo.

—Es el mundo en el que vivimos, que va demasiado deprisa. La violencia no ha hecho más que adaptarse y seguir el ritmo.

—¿Por qué la mantiene con vida? ¿Y por qué le rompió la cabeza a la otra? A ella también le cortó las manos, pero al menos ya estaba muerta, según Ferrigno. No acabo de entender su lógica.

—Y eso que tiene que haber una sí o sí. El hombre que buscamos sigue un camino. En la gasolinera no mostró ninguna señal de nerviosismo, y eso que llevaba un cadáver en el coche. Solo tenemos que meternos en su cabeza.

—Meternos en su cabeza… Bien… Bueno, pues cuando lo hayas conseguido ya me pasarás su dirección.

Vic empezó a dar vueltas, mirando fijamente la palma de su propia mano. Recordaba las microlesiones en las palmas de la víctima, que parecían tener un sentido. Unas marcas voluntarias; unos patrones que no eran ni cifras ni letras. ¿Sería un código?

—Tenemos que centrarnos en lo que tenemos por ahora. Esas dos manos… ¿Qué crees que podría modificar con tanta sutileza la superficie de las huellas dactilares en la punta de los dedos índices derecho e izquierdo?

—No tengo ni idea. Quizá tecleara mucho en el ordenador, como todo el mundo hoy en día.

—¿Solo con los índices?

—O puede que señalara aviones en pantallas de radar, o que le gustara meter los dedos en plastilina. ¡Joder, qué coño vamos a saber nosotros, Vic! ¿De qué nos sirve esta mierda sin sentido? Sería mejor que ayudásemos a los demás a buscar de dónde pudo venir ese maldito Ford.

—Mimolette y Dupuis se están encargando de revisar todas las grabaciones de la estación de servicios de los dos últimos meses. Hasta ahora, el Ford nunca se había parado allí.

—¿Y? Habría que ir a llamar a las puertas de las casas de los pueblos ubicados detrás de la gasolinera, por ejemplo. Mover el culo, ¿no? En lugar de andar racaneando información de laboratorio en laboratorio.

—Eso estamos haciendo: movernos. Estamos pensando…

—Preferiría poner mis pensamientos en práctica, dándole una patada en el culo a ese hijo de puta. Yo no soy como tú, no tengo el cerebro como una esponja marina. Necesito moverme, estirar las piernas, ¿sabes?

Vic frotó los dedos índices, uno contra el otro.

—Frotaba contra algo que no se pega a la piel. Habló de tejidos. Es… la repetición del gesto lo que desgastaba la superficie de los dermatoglifos. Los dedos… Solo la punta de los dedos.

Un montón de oficios desfilaron por su mente, como las páginas de una enciclopedia que se hojea a toda velocidad. Vadim se puso de pie y aplastó el cigarrillo con el talón. Se sacudió la cazadora y se puso en marcha hacia la salida del parque.

—Ya pensaremos en eso más tarde, ¿vale?

Cuando se dio la vuelta, comprobó que Vic no se había movido del sitio.

Su compañero, inmóvil, tenía la mirada clavada en el hombre que paseaba al perro y que caminaba en su dirección.

Morel conocía demasiado bien a su compañero, así que sabía que se acababan de poner en marcha unos engranajes escondidos bajo su cráneo; que era probable que la máquina de neuronas estuviera escupiendo una solución que solo ese cerebro podía descifrar.

Vic era un desastre como policía —en lo que respecta a los procedimientos, el papeleo y, para más inri, disparaba con la pistola como el culo—, pero se le daba bien hablar con la gente y tenía una intuición incomprensible que, a menudo, impulsaba la investigación y le evitaba terminar relegado a un despacho, como aquella vez que tuvo la brillante idea de contar los pelos de los mechones.

Morel volvió hacia él con paso lento.

—Venga, dime. ¿Qué oficio?

Vic le hizo un gesto, pidiéndole que esperase. Después giró la pantalla del móvil hacia su compañero.

—Todos esos cortes antiguos en las manos forman patrones en braille. Pone PIEDAD .

—¿En braille? ¿Me estás vacilando?

—El braille se lee con la punta del dedo índice de cada mano. Es ese movimiento repetido sobre los relieves lo que borra poco a poco los dermatoglifos.

Los dos policías intercambiaron una mirada seria.

—Es ciega.