El manuscrito Capítulo 11
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Capítulo 11

Aquel jueves al mediodía, Vic no sabía dónde colocarse en la acera frente al instituto ni cómo quedarse quieto.

Le daba la sensación de que todos los jóvenes lo miraban fijamente, por lo que daba vueltas una y otra vez con el teléfono pegado a la oreja.

Para entretenerse, escuchaba los mensajes de su buzón de voz mientras observaba a los alumnos que salían.

Se dio cuenta de que nunca había ido a buscar a su hija desde que empezó el curso en septiembre, porque su vida se había convertido en un caos absoluto.

Cuando vio a Coralie entre su grupo de amigas, guardó el móvil y le hizo señas. Su hija, inmersa en la conversación, no lo vio.

—¡Coralie!

La joven se dio la vuelta rápidamente, le dirigió una mirada tan oscura como el maquillaje que contorneaba sus ojos y siguió su camino, con el bolso al hombro y el paso aún más apresurado. Vic echó a correr tras ella y acabó por agarrarla del brazo.

—Tenemos que hablar.

—¿Hablar de qué? No tengo nada que decirte.

—Bueno, pues yo sí.

Coralie entendió que no iba a rendirse y, siendo consciente de que todos los estaban mirando —y que corría el riesgo de pasar la mayor vergüenza de su vida con ese padre al que nadie conocía, con su chaqueta algo pasada de moda y el pelo despeinado—, lo guio hacia una pequeña zona verde, cerca de unos árboles desnudos y unos bancos vacíos.

Al verla allí, con las alas desplegadas entre todos aquellos casi adultos, Vic se dio cuenta de que había dejado de ser la niña que había visto crecer. Agitó las llaves del coche.

—¿A qué hora tienes que volver a clase? Podíamos ir a comer a algún sitio.

—No tengo tiempo. Y, aunque lo tuviera, no iría.

—¿Sabes lo que ha hecho tu madre? ¿Estás al tanto de la nota?

La joven se cruzó de brazos, el pecho erguido bajo su abrigo acolchado, como si quisiera erigir un muro todavía más alto entre su padre y ella.

—Ya de por sí no está bien que digas que vives en un piso cuando estás durmiendo en un hotel de mala muerte, papá.

—No quería que… En fin, no es guay tener un padre que duerme en un hotel; solo quería evitarte esa preocupación.

—Gracias por preocuparte. Pero ¿sabes qué?

Me duele más que te hayas olvidado de mi actuación anual de baile.

Ni siquiera te pedí que vinieras, sé que eso te supera.

Solo quería que me llevaras con tu tartana.

¡Pero no estuviste ahí, esperando enfrente de casa en el momento en que más te necesitaba!

—Yo… Lo sé, yo… Me cayó encima esta investigación, todo lo de tu madre, y… Es un cúmulo de cosas… Y… ¿por qué no me llamaste, por el amor de Dios? ¡Habría ido enseguida, yo…!

—Mamá no quiso que te llamara. Pero no pasa nada. Nos apañamos, como siempre. No hay problema.

—Cariño, he pensado en tu actuación todo el fin de semana, de verdad. Lo tenía escrito en grande en la puerta de mi habitación.

—¿En la puerta de tu habitación? ¿No podías anotarlo en el móvil, por ejemplo?

—Tendría demasiadas cosas ahí dentro y, además, ni siquiera se me ocurriría mirarlo.

Ya sabes cómo va esto, ¿no? Esos cacharros que se supone que sustituyen la memoria no son para mí.

Escucha, quería acompañarte y asistir, te lo prometo, pero llegué demasiado tarde al apart…

al hotel anoche. Ahora mismo, las cosas están complicadas entre tu madre y yo. Y tú estás en medio de todo.

Vic miró los tablones verdes del banco frente a él; doce tablones paralelos, separados por cinco centímetros, tal vez seis. ¿Sería igual en el banco de la derecha? ¿Y en el otro, justo detrás? Volvió en sí y clavó la mirada en los ojos de su hija.

—Me gustaría que no mencionaras eso en el juicio.

—Mamá planea hacerlo. Lo tiene rodeado en rojo en su libreta. Y ella no lo va a olvidar.

El teléfono de Vic empezó a sonar en el peor momento. Era Vadim. Intentó ponerlo en silencio, pero los guantes se le enredaron, el móvil se le resbaló de las manos y acabó en el suelo. Coralie soltó uno de esos suspiros típicos de una adolescente.

—Ni siquiera eres capaz de cuidar de ti mismo, papá.

Ni de alquilarte un piso donde vivir. De verdad, no es tan difícil.

Un día te olvidarás de darle de comer a MammaM y la encontraremos muerta de hambre, por eso no puede quedarse contigo.

Tienes la memoria de diez elefantes, pero aun así serías capaz de olvidarte de respirar.

Mamá está agotada, papá. Ya no puede con todo esto.

Vic recogió el móvil del suelo con un gruñido. Cuando se incorporó, Coralie ya se alejaba de él. Dio dos o tres pasos tras ella, pero ya estaba cruzando la calle con prisa.

—¿Pasarás la Nochebuena conmigo? Podríamos ir…, no sé, a un restaurante chino. Hay uno cerca del hotel y…

Coralie se dio la vuelta y negó con la cabeza, apretando los labios, unos labios que a Vic le pareció que querían decir que sí, pero se resistían.

Luego se alejó a toda prisa, con la cabeza escondida bajo el gorro.

El policía no reaccionó. Se quedó ahí, plantado bajo los copos de nieve que empezaban a caer, rodeado de padres que, desde sus coches, habían presenciado aquel espectáculo patético de un padre perdido.

Clavó la vista en la pantalla hecha pedazos de su móvil.

—¡Mierda, joder!

Por suerte, el dispositivo aún funcionaba y la pantalla táctil respondía.

Vic escuchó el mensaje de Vadim y, al volver al coche, ya sabía cuántos tablones tenían los otros bancos.

Y cada vez que pasara frente al instituto recordaría ese número, cada palabra de la conversación con su hija en el parque, los copos de nieve que comenzaron a caer a las 12:22 h y aquella actuación de baile que, con una mediocridad ejemplar, él había olvidado.