Capítulo 10 #3
—Dos años después, Léane. Les mostraron la foto de una autocaravana dos años después.
—Volvió a abrir la libreta y le enseñó la fotografía pegada de un modelo Chausson Welcome 55—: Esto es lo que vieron.
Paso por este aparcamiento mínimo tres veces por semana, ¿y sabes cuántos modelos de este tipo veo?
Es uno de los más comunes. Nuestros testigos vieron el vehículo, no a su ocupante.
Sí, según ellos, una autocaravana del mismo modelo que la de Jeanson se puso en marcha en mitad de la noche, y sí, puede parecer extraño, pero ¿hay alguna hora establecida para salir de un aparcamiento?
Quizá el dueño del vehículo trabajaba al día siguiente, tenía una urgencia o simplemente tenía que hacer un viaje y prefería conducir de noche.
El tono de voz de Colin había cambiado: vibraba con una emoción nueva, como si esos extraños giros en el caso y el hallazgo en el maletero fueran una oportunidad para escapar de las garras del invierno.
—Cuando estás convencido de algo, todas esas coincidencias, a las que normalmente no prestarías atención, se convierten en pistas, en elementos que parecen dirigidos directamente a nosotros, aunque en realidad sean meras coincidencias… ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Sí, lo entiendo. Y es tu punto de vista, pero no el mío.
Léane ya no podía más. Apenas conseguía mantenerse en pie y la última vez que recordaba haber dormido una noche entera parecía haber sido hacía una eternidad. Siguieron hablando unos cinco minutos más y después acompañó a Colin hasta la puerta. Él le devolvió las llaves del cuatro por cuatro.
—Ya he cerrado las puertas y el maletero. Volveré mañana, a última hora de la mañana o a primera de la tarde, para el tema de la sangre y el ADN. No toques el coche hasta entonces —dijo Colin, al tiempo que descendía la mirada y la volvía a alzar—. Me alegro de que estés aquí.
Cuando se marchó, Léane dejó sus cosas tiradas y subió al primer piso, muerta de ganas de acostarse.
La puerta del cuarto de Sarah estaba entreabierta.
Echó un vistazo sintiendo la garganta constreñida.
Nada había cambiado. Los mismos pósteres de deportistas, la misma ropa colocada al pie de la cama…
, el mismo dolor crónico, cuatro años después.
Una herida abierta en una casa que no dejaba de sangrar.
No era de extrañar que Jullian se hubiese perdido de aquel modo.
Entró en el dormitorio matrimonial, dejó la maleta en el suelo y se tumbó en la cama sin molestarse en desnudarse, con los brazos en cruz.
¡Qué pesadilla! Estaba sola en aquella villa aislada, como uno de sus personajes arrojado en medio de la tormenta.
Perdida, desorientada, zarandeada. Se imaginó a un novelista que disfrutaría manipulándola, volviéndola loca.
Se vio a sí misma escribiendo el libro de su propia historia, como Arpageon había hecho en El manuscrito , y plasmando en él toda la oscuridad del mundo.
Oscuro. Siempre era ese tono, ese mismo negro de la ropa que vestía de adolescente, ese negro que le encantaba y que, sin embargo, la había hecho gritar tantas noches, desde hacía ya tanto tiempo…
Se incorporó de repente, helada de frío. Una mano invisible y gélida la había rozado. Lo había sentido de verdad.
«Es cosa de tu cabeza…», se dijo.
Cruzó los brazos para intentar entrar en calor y se dirigió al baño para asearse rápidamente.
No se vio capaz de decir si faltaban objetos, si alguien había venido a revolver entre sus cosas íntimas.
Ya se encargaría de esos detalles más adelante.
Sin embargo, sintió tristeza: Jullian había guardado sus cremas, jabones y champús en el fondo del armario. Había borrado su presencia.
¿Acaso existía aún para el antiguo Jullian? ¿Qué iba a pasar ahora con el nuevo Jullian, el que no tenía memoria? En medio de aquella desgracia, ¿cabía la posibilidad de reconstruir un futuro juntos? ¿Había una segunda oportunidad?
Ese miércoles, alrededor de las ocho de la tarde, se acostó en su cama vacía, del lado de Jullian, con las piernas recogidas y en posición fetal, para intentar tranquilizarse a sí misma.
Miró la puerta, abierta de par en par hacia la oscuridad del pasillo.
Se levantó para cerrarla con pestillo y volvió a sumergirse bajo las mantas.
La almohada olía a almizcle. Era la caricia del perfume de su marido; el recuerdo de su fuerza imperturbable.
Antes de bajar la intensidad de la luz —escribía cosas horribles, pero no quería dormir a oscuras: no esa noche—, se quitó el reloj y fue a guardarlo en el cajón de la mesilla de noche.
Le dio un vuelco al corazón cuando descubrió un arma dentro.
La reconoció al instante, pues ya se había topado con ella en alguna de sus investigaciones: era una SIG Sauer 9 mm Parabellum.
Sabía que era el arma por excelencia de la Policía: en su libro, Judith había matado a Arpageon con la misma pistola.
La agarró por el mango. Era una pistola de verdad.
Ya había disparado con ese tipo de armas en un centro de entrenamiento.
El número de serie no estaba limado, por lo que no parecía tratarse de un arma de juguete, ni de una pieza del mercado negro vendida por un fajo de billetes.
¿Qué hacía un instrumento de la muerte como aquel metido en el cajón?
¿Dónde lo habría conseguido Jullian? ¿Por qué ese modelo en concreto, el mismo que aparecía en El manuscrito ?
Presionó el pulsador del cargador y lo deslizó hacia abajo.
La recámara estaba casi llena. Casi.
Al igual que en el libro, solo faltaba una bala.