El manuscrito Capítulo 10
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Capítulo 10

—No tardamos en descubrir que Jullian había mentido. Mientras tu hija desaparecía, él no estaba en el trabajo, sino con Natacha Dambrine, su jefa y arquitecta del patrimonio. Le llevó un tiempo admitir la verdad y estuvo a punto de ir a la cárcel por una historia de adulterio.

Léane le dio un buen trago a la copa. Recordaba las insoportables acusaciones contra su marido, y lo patético que le había parecido Jullian cuando les admitió su aventura, a ella y a la Policía; la vergüenza que lo había devorado, su caída al infierno justo después.

Y ella había estado completamente ciega y no se había enterado de nada, estaba demasiado absorbida en la búsqueda de ideas para un libro que, cuatro años más tarde, se convertiría en El manuscrito .

A pesar de la rabia y de la decepción, lo había apoyado y se había quedado a su lado: lo único que importaba era la desaparición de su hija. Pero los cimientos de su relación ya habían empezado a resquebrajarse.

—La coartada de tu marido se sostiene en tres puntos: uno, la palabra de Dambrine; dos, la existencia de su picadero, descubierto en la torre del fuerte de Ambleteuse; y tres, la localización de su teléfono, que indicaba una posición GPS en Ambleteuse, a sesenta kilómetros de aquí, en el momento de tus llamadas avisando del retraso de Sarah.

No hacía falta ser adivino para ver que Colin odiaba a Jullian, aunque no lo demostrara abiertamente.

—La Policía judicial descartó a tu marido como persona de interés.

Habría que ser tan retorcido como algún personaje de tus libros para secuestrar a su propia hija, dejar el móvil en el fuerte de Ambleteuse para fingir una presencia allí, involucrar a su amante en la mentira y convertirla en cómplice del crimen.

—Jullian adoraba a Sarah, nunca le habría hecho daño. Es mi marido. No puedo concebir que él haya hecho algo así.

—Existen un montón de motivos por los que uno puede hacerle daño a otra persona, aunque la adore.

Pero dejémoslo estar. De todas formas, no encontramos ninguna fisura, ninguna prueba que contradijera su versión de aquella noche.

A partir de entonces, la investigación cayó en saco roto: sin testigos, sin sospechosos, sin móvil y con un silencio de seis meses…

hasta que recibisteis ese mechón de pelo enviado desde Drôme, el 20 de julio de 2014.

La información se expandió como la pólvora por los archivos de la Policía y llegó al equipo de criminología de Lyon, que llevaba año y medio investigando tres desapariciones.

La primera, cerca de Villefranche-sur-Saône, en enero de 2013; la segunda en Arcachon en julio del mismo año; y la tercera en Gap, en noviembre.

El único elemento en común que une todos estos casos y los convierte en uno solo es el mechón de pelo, enviado por correo al domicilio de las víctimas unos meses después del secuestro…

Léane clavó la mirada en un punto sobre la mesa baja. El momento atroz en que abrió aquel maldito sobre y descubrió los largos cabellos rubios quedaría grabado en su memoria hasta el fin de sus días. Jullian, al borde del agotamiento, se desplomó y tuvo que ser llevado al hospital.

—Y es ahí cuando entra en escena quien por aquel entonces todavía desconocíamos que era Andy Jeanson…

—Sí. Chicas jóvenes, guapas, que desaparecen sin dejar el más mínimo rastro.

Se supone que el criminal conseguía entrar en las casas de las víctimas, pero sin dejar rastro de allanamiento.

Los lugares de los secuestros están bastante lejos entre sí y las cartas se enviaron desde distintas ciudades, pero los sellos siempre indican el mismo departamento, Drôme, donde es probable que resida el secuestrador.

Y lo más importante son los mechones de pelo, pues vinculan las cuatro desapariciones…

Colin aplastó el dedo índice sobre un número anotado justo en el centro de una de las páginas de su libreta.

—Quinientos doce. A uno de los policías se le ocurrió contar los pelos, y descubrió que siempre había quinientos doce.

Ni uno más, ni uno menos. Quinientos doce pelos por cada mechón enviado.

Nuestro secuestrador cuida hasta el más mínimo detalle.

Los policías intentaron crear un perfil y llegaron a la conclusión de que podía tratarse de un depredador migratorio, un tipo que viaja pero que tiene un punto de anclaje en Drôme, un asesino que se coloca en algún lugar y ataca en cuanto tiene la oportunidad.

De ahí su apodo: el Viajero. Y todo esto nos lleva al área de autocaravanas, a quinientos metros de aquí…

Así, surge una hipótesis: ¿y si el secuestrador de Sarah hubiera estado estacionado en una autocaravana en Berck, entre las pocas personas presentes, la noche de su desaparición?

Colin pasó la página de la libreta. Se sabía el caso de memoria, pero su propia letra lo ayudaba a evocar un momento preciso, un lugar, una atmósfera.

—Volveremos al tema de las autocaravanas, pero por ahora continuemos.

En 2014 y 2015, desaparecen otras cinco chicas después de Sarah.

Viven en Saint-Malo, Toulon, Trappes, Vannes y Creil.

Eso eleva el número de desapariciones a nueve, contando a tu hija.

Nueve jóvenes sin problemas, bien integradas en sociedad, de las que nadie volvió a tener noticias.

A finales de 2015, el asunto toma un giro inesperado.

Otro caso. Laure Bourdon, de veintidós años, desaparece en Marsella.

Dos días después de ser raptada, logra escapar de la autocaravana donde su secuestrador la mantenía retenida, justo cuando había parado en plena campiña por un pinchazo en una rueda.

La chica corre por la carretera, un coche la recoge y el conductor tiene la suficiente sangre fría como para apuntar la matrícula de la autocaravana.

La Policía detendría al conductor del vehículo unas horas más tarde, en un peaje.

—Andy Jeanson, cuarenta y cinco años.

—Sí, un capataz desempleado, obsesionado con los rompecabezas y los problemas de lógica.

Las paredes de la habitación en su casa, cerca de Lyon, estaban llenas del número 2 y sus múltiplos, así como de movimientos de partidas de ajedrez.

Cientos de construcciones de metal y madera, candados con combinaciones numéricas, abarrotaban habitaciones enteras.

Un verdadero chiflado. La gendarmería empezó encargándose de este caso, pero la Policía de Lyon no tardó en enterarse del asunto y estaba convencida de haber atrapado finalmente al secuestrador, el hombre invisible que llevaba dándoles guerra durante tres años: Andy Jeanson.

Léane solo se cruzó con los ojos negros de Andy Jeanson una vez, durante la reconstrucción de uno de los secuestros, en Villefranche-sur-Saône.

Una multitud de policías los separó a ella y a su marido del asesino, y finalmente los tuvieron que alejar porque Jullian, fuera de sí, intentó abalanzarse sobre Jeanson.

El asesino los observó con una total ausencia de emoción; ni un ápice de compasión tras su bigote gris y sus ojos apagados.

Colin regresó con dos vasos de agua, se bebió el suyo de un trago y continuó:

—El problema es que Jeanson no revela toda la verdad; dosifica la información a cuentagotas.

No niega los nueve secuestros, pero durante las primeras semanas de detención no dice dónde están los cadáveres.

No obstante, incluso sin esos cuerpos, no hay duda: él es el hombre a quien buscan.

Los sobres encontrados en un cajón de un mueble de su casa son los mismos que los que contenían los mechones de pelo recibidos por los familiares de las víctimas.

Su autocaravana estaba llena de ataduras, rollos de cinta adhesiva, sedantes y todo tipo de drogas, en compartimentos ocultos que él mismo fabricó.

Además, se descubrió un escondite ingenioso bajo la cama, del tamaño de un cuerpo, que es el lugar donde se cree que encerraba a sus víctimas.

Léane se giró hacia las contraventanas cerradas. Mientras escuchaba cómo la arena golpeaba los listones, se imaginó la oscuridad y las sombras que cubrían el exterior.

—Tras los barrotes de su prisión, finalmente empieza a hablar.

Después de tres meses de encarcelamiento, indica la ubicación de tres cadáveres, en unos bosques situados en los Alpes.

Ese hijo de puta lleva a la Policía hasta unos lugares concretos y les da las coordenadas GPS exactas de las tumbas. Debido a…

Se detuvo, dubitativo. Léane le hizo un gesto para que continuara, y añadió:

—Ya te he dicho que puedo escucharlo, Colin.

—Muy bien. Debido al estado de descomposición causado por la humedad del suelo y la cal viva, los cuerpos son imposibles de identificar, pero el ADN revela que pertenecen a la primera, la tercera y la séptima chicas secuestradas.

Jeanson admite las violaciones y las mutilaciones, y proporciona todos los detalles con tal entusiasmo que resulta repugnante.

Su modus operandi era el siguiente: mantenía a sus víctimas retenidas en la autocaravana durante varios días, las forzaba a mantener relaciones sexuales y terminaba matándolas con sus propias manos.

La mayoría de las veces, las estrangulaba o les golpeaba la cabeza mientras dormían.

Luego se deshacía de los cuerpos en la naturaleza: los enterraba profundamente y les espolvoreaba cal viva, que compraba en diferentes tiendas de jardinería para no llamar la atención.

Es un miserable que se deleitaba con sus explicaciones y disfrutaba jugar con la Policía.

Léane respiró profundamente. Cuando Jeanson fue arrestado, quiso saberlo todo, al igual que Jullian y los demás padres. Quiso descubrir el calvario que tuvo que vivir su hija y enfrentarse a la bestia.

—Desde lo más profundo de su prisión, recordaba con exactitud las coordenadas GPS de la ubicación de cada cuerpo.