El manuscrito Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La alarma seguía berreando. Léane se preguntaba para qué servía: nadie podía oírla, y en diez minutos podían pasar muchas cosas.

Sin embargo, el técnico de la agencia de seguridad terminó llegando.

Colin le mostró su placa de policía, Léane aseguró ser la propietaria del domicilio, documentos de identidad en mano, y explicó que su marido estaba ausente, sin dar más detalles.

El técnico no parecía muy quisquilloso y apagó la alarma en menos de un minuto.

Léane y Colin al fin pudieron refugiarse. Ella se sacudió la ropa, cubierta de arena.

—¿Desde cuándo hay una alarma?

—Los técnicos de la agencia la instalaron hace dos meses, más o menos, después de un robo con allanamiento. Es de alta gama. Todas las salidas están provistas de sensores, por lo que es imposible entrar sin activar el sistema. Le voy a dar un nuevo código de activación y desactivación: es 2882 .

Léane anotó la información en su móvil.

—¿Por qué un código nuevo? ¿Tenéis que cambiarlo en cada intervención?

—No, es una petición del señor Morgan, después de los hechos que ocurrieron la pasada noche.

—¿Qué pasó anoche?

—La alarma saltó alrededor de la una de la madrugada.

Llamé al móvil del señor Morgan al minuto siguiente.

Respondió y dijo que la alarma se había activado cuando entró.

Le pedí su nombre y la contraseña, tal y como exige el procedimiento, pero dijo que no recordaba ni el código de desactivación ni la contraseña. Parecía… bastante alegre.

—¿Había bebido?

—Sí, y no poco. Así que me desplacé hasta aquí para comprobar que todo estaba bien.

Colin sacó su cuaderno y tomaba notas con el ceño fruncido. Léane se frotaba los hombros; a pesar de la calidez de la casa, no conseguía entrar en calor. Los eventos extraños se sucedían más rápido que en sus thrillers .

—¿Y fue así? ¿No hubo ningún problema en particular?

—No. Sin duda, el señor Morgan volvía de un bar de Berck.

Las salidas estaban intactas. Hice una inspección por toda la casa y no había nada fuera de lugar.

El señor Morgan me pidió que cambiara el código por el nuevo número que me dio, 2882 .

Firmó un papel, con bastante dificultad, y luego me fui.

¿Quiere que le eche un vistazo a la casa?

—No hace falta, gracias.

Después de pedirle una firma en un documento de intervención, el técnico le explicó a Léane el funcionamiento de la alarma. Justo cuando se dirigía a su coche, la novelista se apresuró tras él y le preguntó:

—¿Cuál era la contraseña que debía darte por teléfono?

—«SarahTesorito». Volvió a establecer la misma, así que esa es la que debe darnos en caso de que haya algún problema.

Cuando se marchó, Léane miró a su alrededor, entrecerrando los ojos. La arena brillaba y se alzaba de la duna, como un puñado de polvo dorado soplado por un gigante. Regresó a casa y cerró la puerta con llave.

Mientras tanto, Colin había hecho una breve inspección de la planta baja.

—Todo parece estar en orden. Deberías meter los coches en el garaje si mañana quieres poder arrancar. ¡La arena es un coñazo! Solo por eso, aunque tuviese los medios, jamás te compraría esta casa.

—De todos modos, La Inspiradora no está a la venta. Bueno, voy a ver qué hay en el congelador. Seguro que habrá una pizza por ahí. ¿Te vale?

—Claro.

Las habitaciones le parecieron demasiado grandes, demasiado vacías en comparación con su apartamento.

Se intuía la presencia de Jullian en detalles sutiles: una cazadora abandonada sobre un sillón, un par de zapatillas sobre la alfombra, sus DVD de la bailaora de flamenco Sara Baras apilados sobre la mesa, pero no había desorden ni caos, como ella podría haber esperado.

Se dio cuenta de lo extraña que le resultaba ahora La Inspiradora, esa casa que le había dado todo… y también se lo había arrebatado.

Calentó una pizza en el microondas y volvió junto a Colin, que leía las instrucciones de la alarma y pulsaba los botones. Léane le tendió un plato.

—Déjalo, ya me encargaré de eso más tarde.

—Quiero asegurarme de que estarás a salvo.

—No te preocupes… Se han cambiado las cerraduras, y además tengo esa sirena infernal que desanimaría hasta a un sordo.

Comieron en un silencio que le sentó bien. Léane estaba de vuelta en su casa, en esa villa sublime que ya no deseaba.

—Gracias, Colin. Por todo.

—No tienes por qué darlas. Ya sabes, apenas había empezado las vacaciones y ya me estaba aburriendo.

—Ah, estás…

—No pasa nada. Hasta el día treinta no bajaré a casa de mis padres para celebrar Año Nuevo. Ya empezaba a preguntarme cómo iba a ocupar los días. No pienso dejar que una agresión como esta quede impune.

Léane le dedicó una sonrisa. Había que estar ciego para no darse cuenta de que Colin estaba pillado por ella, y eso desde que había llegado a sus vidas, tras la desaparición de Sarah.

Léane se había dejado llevar bajo sus sábanas una noche.

Solo una noche de desesperación. Luego había leído la tristeza en sus ojos cuando le anunció su partida a París y que no volvería a esa casa.

Desaparecería para siempre en la capital.

En Berck, Léane se aferraba a Jullian, pero ella seguía estando presente, accesible, incluso en sus sueños.

Quiso poner fin a esa ligera incomodidad que se había instalado entre ellos.

Se dirigió hacia la librería, un conjunto de pequeñas cavidades talladas en la piedra al fondo del salón.

A la izquierda, un gran ventanal daba, en los días despejados, a una parte de la bahía, con su mar grisáceo y plateado cuando el sol asomaba.

Léane pulsó un botón que cerró todas las contraventanas y revisó las estanterías.

—Siempre guardo cuatro ejemplares de todas mis novelas y ahora solo quedan tres de cada una. Creo que Jullian tenía razón: alguien ha estado aquí.

Colin cogió un marco colocado junto a la librería. En él había una foto de Jullian con ropa de pescador: un impermeable amarillo, botas de goma, recogiendo mejillones.

—¿Y si Jullian los guardó en otro sitio? ¿Quizá quiso releer tus libros?

—No es solo la agresión, Colin. Están pasando cosas extrañas. Jullian utilizaba «SarahTesorito» para todo: en su ordenador, en sus cuentas en internet… Aunque hubiera bebido, ¿cómo iba a olvidarlo? ¡Era el mote que le puso a su hija! ¿Y por qué tampoco se acordaba del código de la alarma?

—El alcohol puede jugar malas pasadas. Creo que no te das cuenta de hasta qué punto se había hundido Jullian.

Colin dejó el marco en su sitio y miró su reloj.

—Ya son las tres… Me voy. Llevo sin descansar desde ayer al mediodía, a mi gato no le debe de quedar comida y, cuando no come, me destroza la casa. Creo que le dan una especie de crisis de celos o qué sé yo… Debería consultarlo con el veterinario.

Cogió las llaves del cuatro por cuatro que se encontraban sobre un mueble.

—Vamos a meter los coches en el garaje primero.

Léane bajó al sótano por una escalera al fondo del pasillo y abrió la puerta del garaje.

Colin ya había arrancado el cuatro por cuatro de Jullian y lo aparcó cerca de las bicicletas.

Léane maniobró su pequeño coche citadino.

Una vez que ambos vehículos estuvieron resguardados, cerró el garaje.

Al llegar a lo alto de la escalera y darse la vuelta, Colin ya no estaba detrás de ella.

—¿Colin?

Sin respuesta. Volvió a bajar un escalón.

—¿Colin?

—Estoy aquí… He… Ven. He encontrado algo.

Su voz sonó grave. Léane sintió cómo el estrés aumentaba. ¿Qué más le iba a contar? ¿Qué novedad extraña habría descubierto? A lo lejos, vio su pelo despeinado y algo ralo asomando por el maletero abierto del cuatro por cuatro. Colin sacaba fotos con el móvil; el rostro serio.

—Quise echar un vistazo en el maletero, por si acaso.

La novelista se acercó y se llevó las manos a la cara. Bajo sus ojos había una serie de letras burdas escritas en la parte interior y metálica del maletero, rodeadas de rasguños de uñas. Alguien había arañado ahí; alguien había querido salir a toda costa.

Las letras, hechas con sangre, formaban una palabra, una palabra que cayó sobre la conciencia de Léane como si fuera el golpe de un garrote.

VIVA .