El manuscrito Capítulo 8
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Capítulo 8

Léane se sobresaltó al sentir una mano sobre el hombro.

Salió de su somnolencia y parpadeó varias veces.

Colin estaba de pie a su lado; el rostro, pálido y cansado.

Jullian dormía profundamente justo a su derecha.

Los pitidos monótonos de los distintos aparatos, las sombras azuladas de la habitación, las estrellas de escarcha pegadas a la ventana…

Así que aquella horrible historia sobre una agresión no había sido solo una pesadilla.

Se frotó la nuca mientras esbozaba una mueca de dolor.

—¿Qué hora es?

—Las siete de la mañana.

El policía recogió una fotografía de Sarah, justo a los pies de Léane, y se la entregó.

Se había dormido con la imagen de su hija entre las manos.

En el papel satinado, desgastado de tanto manosearlo, Sarah sonreía, vestida con ropa deportiva, con su gorro verde y azul, un gran pompón en todo lo alto, calado hasta los ojos, y los dedos formando una V de victoria.

Era la foto que le había enviado la noche de su desaparición, la última imagen de su hija con vida, y que Jullian había usado para imprimir miles de panfletos.

Léane la guardó en su cartera con amargura.

—Venga, vamos —dijo Colin, haciendo un gesto con la cabeza—, te acompaño a la villa. Quiero comprobar que todo está tranquilo allí y que estarás a salvo.

—No, prefiero quedarme cerca de él.

—Se lo van a llevar para hacerle más pruebas y tardarán varias horas. El médico quiere que no se sienta demasiado perturbado antes de empezar, es importante. Además, tú necesitas descansar.

—No, me quedo igual. Esperaré en recepción.

Léane miró a su marido con tristeza.

—Ni siquiera reconoce a su propia hija… Lo ha olvidado todo. ¿Cómo se puede olvidar una tragedia así? Una tragedia que… te destroza en lo más profundo de tu ser.

Besó con ternura a su marido en la frente. Se sentía mal por él, y al mismo tiempo estaba furiosa. ¿Quién pudo haberlo agredido así, sin más? ¿Y por qué?

Soltó una de las llaves de repuesto que estaba sobre la mesilla de noche, salió en silencio de la habitación y se reunió con el policía, que intentaba tranquilizarla como podía.

—Jullian ha recibido un golpe violento en la cabeza. Es normal que tenga este tipo de pérdidas de memoria. Por lo menos, aún sabe quién es. La amnesia no es total.

—Sí, pero puede durar semanas, aunque no haya rastro visible en los escáneres. Incluso es posible que… que no vuelva a recordar algunos episodios de su vida. Que los pierda para siempre.

—Los médicos siempre toman precauciones y evitan ser demasiado optimistas, lo sabes de sobra.

—Me moría de ganas de hablarle de la muerte de Sarah, para provocarle una especie de electroshock .

Es horrible verlo así, como un envoltorio vacío…

Justo él, que ha luchado tanto y que nunca quiso rendirse.

¿Qué voy a hacer? ¿Cómo se le puede volver a enseñar a alguien unos recuerdos tan traumáticos?

¿Cómo explicarle lo que Jeanson le hizo a nuestra hija? Eso… eso no hay forma de explicarlo.

Colin esbozó una tenue sonrisa.

—No son las mejores circunstancias para volver, pero te va a venir bien tomarte un respiro, estar tranquila, lejos del bullicio.

Tiempo al tiempo. Y, lo más importante, deja que los médicos hagan su trabajo, ¿vale?

Jullian va a salir adelante, va a recuperar la memoria, y todo volverá a ser como antes.

Él aquí, tú en París. La normalidad, vaya.

Había amargura en su voz. Se quedó a su lado durante todo el tiempo que duraron las pruebas de Jullian.

Cuando el médico se acercó a hablar con ellos al final de la mañana, Léane no supo mucho más.

Ahora tenían que analizar los resultados y, lo más importante, dejar que Jullian descansara.

Tras la partida del médico, Colin sacó las llaves del coche y las agitó.

—Bueno, pues te sigo. Sé prudente, el viento ha disipado la niebla y sopla con fuerza.

Al meterse en el coche, Léane sintió un vacío abismal.

Su marido, amnésico, privado de sus recuerdos.

Conocía bien cómo funcionaba la memoria: seis años antes había escrito una novela cuya protagonista sufría amnesia tras ser agredida y violada.

Las amnesias retrógradas eran consecuencia de conmociones físicas o psicológicas.

Montar en bicicleta, caminar, recitar las tablas de multiplicar o los nombres de los presidentes de la República era pan comido, pero recordar eventos personales era una misión imposible.

Jullian no se acordaba de ella, a pesar de que se conocían desde hacía veinte años.

No había visto ni el más mínimo destello de reconocimiento en su mirada, solo dos trozos de carbón helados.

Le habría bastado ponerse una bata blanca para que él la tomara por una doctora más. Una desconocida.

Ese pensamiento fue insoportable. ¿Hasta qué punto se había quebrado la memoria de su marido?

¿Qué pasaría cuando se enterara de la desgracia que le había ocurrido a su hija?

¿Sentiría alguna emoción o permanecería tan indiferente como si le anunciaran la visita del embajador de la Patagonia a Francia?

Se le constriñó la garganta cuando la silueta del faro de Berck se reflejó en el parabrisas y la pequeña carretera llena de baches hacia su villa se desplegó bajo las ruedas del coche.

Aquella urbe parecía un organismo en proceso de mutación, una peligrosa bestia salida de un cuento fantástico.

Léane ahora sentía algo peor que el miedo: un agarre visceral que le anudaba las entrañas, como cada vez que veía ese faro barrer con su haz la costa oscura, dejando atrás las autocaravanas e imaginando las sombras a lo largo de las rocas; la impresión de que aquel pueblo era un parásito en sí mismo, que había crecido en su vientre y había puesto sus huevos infectos allí.

Revivió la mano negra de Enaël Miraure subiendo desde el fondo de la garganta y sintió náuseas.

Unas serpientes de arena se deslizaban sobre el asfalto, se enrollaban alrededor de los baches, y las dunas se cerraban a su alrededor, como si quisieran sepultarla, asfixiarla.

Siempre esa arena, una y otra vez, como escupida de las fraguas del infierno.

Léane echó un vistazo por el retrovisor para asegurarse de que Colin seguía detrás de ella.

El vecino más cercano vivía a más de trescientos metros, y podrías gritar hasta morir sin que nadie te escuchara.

La carretera terminaba en un callejón sin salida frente a La Inspiradora. Jullian no había metido el cuatro por cuatro en el garaje, un acto poco habitual en él, ya que era un maniático del orden.

Aparcó detrás del vehículo y salió, enfundada en su abrigo.

Colin hizo lo mismo y la ayudó con sus maletas, encorvado bajo las ráfagas de viento.

Una avalancha de trocitos de conchas, rocas y todo lo que la erosión había digerido durante siglos azotaba los listones de las contraventanas, lo que producía un sonido parecido al de un palo de lluvia.

Un aliento saturado de sal y algas brotaba desde mar adentro, y los jadeos perdidos de las olas venían a asaltar el flujo natural de la bahía de Authie.

Los sonidos, los olores… Léane empezaba a sentir cómo los malos recuerdos afloraban de nuevo.

Subió rápidamente los escalones de teca e introdujo la llave en la cerradura, que se resistió.

—Joder, parece que ha cambiado la cerradura.

—Seguro que fue por lo del allanamiento.

—Se me ocurrió coger sus llaves de la mesilla de noche. Voy a probar.

Las sacó del bolsillo, sopló entre sus manos congeladas y probó suerte: funcionaba.

En el momento en que la puerta se abrió, sonaron cinco pitidos seguidos de una alarma que le desgarró los tímpanos.

Con las manos sobre las orejas, Léane vio una consola blanca llena de botones.

La pantalla pedía un código. Probó cuatro o cinco combinaciones, pero fue en vano.

Enseguida volvió a salir, pues era imposible quedarse dentro por la potencia sonora.

Se refugiaron en el coche de Colin, quien terminaba una conversación telefónica.

—He llamado al número que había en el panel de control de la alarma.

Una especie de agencia de vigilancia ya estaba al tanto y llegarán en unos diez minutos —dijo mientras ponía en marcha el motor para encender la calefacción—.

En cuanto a la investigación, nos hemos puesto en contacto con el proveedor del servicio telefónico de tu marido y hemos analizado el extracto que nos proporcionaron, que abarca los últimos treinta días.

No hay mucho que decir, pero hemos visto una llamada extraña realizada el viernes pasado.

Jullian llamó a un psiquiatra de Reims y borró la llamada de su historial, por eso no encontramos nada al principio.

—¿Un psiquiatra? ¿En Reims?

—Sí. He podido hablar con él. Se llama John Bartholomeus. Solo me ha dicho que lo único que sabía era que quería una cita para esta mañana. Pero no acudió, por una buena razón, claro…

—¿Jullian en una consulta con un psiquiatra? Y, de todas formas, ¿por qué querría una cita en un sitio tan lejos?

—Está claro que, teniendo en cuenta la distancia, tu marido no pidió la sesión por un problema psíquico: Bartholomeus también es perito psiquiátrico ante los tribunales.

Se desplaza por todo el país cuando es necesario.

Le pregunté si por casualidad había trabajado en el caso Jeanson, pero parece que no.

De todas formas, quizá haya algo que investigar por ese lado. Me encargaré de ello.