El manuscrito Capítulo 7
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Capítulo 7

A la izquierda, una estatua con aire de dios griego miraba fijamente a Vic con sus ojos de nácar.

Detrás, un jabalí disecado con el pelaje manchado de sangre humana y, apoyada en su costado derecho, una rueda de camión inmensa, con fragmentos de hueso incrustados en el caucho.

Más allá, motos destrozadas, bicicletas retorcidas, obras de arte envueltas, protegidas y numeradas con unas etiquetas amarillas.

La muerte irradiaba de cada objeto, mezclada con el olor a cera, polvo y metal frío.

Tras el episodio en el Instituto de Medicina Legal y un rápido desvío por comisaría, Vic había decidido pasar la noche solo, en el depósito asegurado de las evidencias de la Policía judicial, donde se guardaban a buen recaudo todos aquellos objetos voluminosos que no podían almacenarse en sobres, cajas o bolsas.

Cada prueba sensible, fuera cual fuera su tamaño, debía conservarse en un lugar seguro al menos seis meses después del veredicto del juicio.

Allí se encontraba en una especie de extensión de su propio cerebro: la memoria de los casos criminales.

Aunque al principio el vigilante nocturno se mostró sorprendido por su visita, lo dejó pasar.

A Vic le gustaba trabajar en equipo con Morel, pero también necesitaba trazar su propio camino, sobre todo a las cuatro de la madrugada.

Le solían reprochar sus salidas en solitario, su carácter demasiado hogareño para ser policía, pero esa soledad era una necesidad.

La calma. Que nadie le molestara ni llenara aún más su memoria a rebosar.

Y, además, pasar el rato allí le evitaba tener que regresar a dormir a su ratonera.

Bajo la luz de los grandes neones, se dirigió hacia el vehículo que, dos días atrás, había chocado contra el quitamiedos, lo que provocó la muerte del joven Quentin Rose y desató el infierno que se escondía en el fondo del maletero.

El Ford estaba junto a la pared derecha, a unos diez metros de la entrada, y ya había sido minuciosamente inspeccionado por los equipos técnicos.

Vic había leído el informe: los especialistas de la Unidad de Identificación Judicial habían logrado recoger un pelo en la alfombrilla del conductor y detectaron rastros de esperma en el volante, la tela del asiento y la manija interior de la puerta.

Por lo tanto, en los laboratorios disponían del material genético del hombre de la gorra.

Su jefe, Alain Manzato, ejercía presión para que los análisis de ADN estuvieran listos lo antes posible.

El maletero estaba limpio como una patena, apenas salpicado por unas manchas de pintura blanca.

Los técnicos habían hallado rastros de sangre en los trapos húmedos y en los cubos.

El policía recordó la presencia de productos de limpieza y lejía.

Todo indicaba que el hombre había limpiado algo, quizá la escena del crimen, y se había asegurado de no dejar ninguna huella.

La presencia de la cal viva y de la pala sugería que planeaba enterrar el cuerpo en otro lugar.

Un asesino meticuloso. El teniente permaneció allí, con el cuerpo inclinado y las dos manos apoyadas en el parachoques trasero, todavía conmocionado por lo que había descubierto dos horas antes en el Instituto de Medicina Legal.

Las manos empaquetadas de una forma extraña, ubicadas en el compartimento del gato, apuntaban a la probable existencia de una segunda víctima.

Otra chica anónima, que solo existía por esas mutilaciones; que no tenía ni rostro, ni altura, ni color de pelo.

Dos manos arrancadas de la nada que le daban un nuevo giro a la historia: el hombre que buscaban había matado y mutilado al menos en dos ocasiones.

¿Aquellas víctimas eran las primeras? ¿O habría otras más?

Teniendo en cuenta las características poco habituales del crimen, ¿se enfrentaban a un macabro asesino en serie?

¿Existía otro Andy Jeanson que también enterraba a sus víctimas después de violarlas y asesinarlas?

¿El Viajero tenía fanáticos?

A Vic no le hacía ni pizca de gracia; solo le provocaba un disgusto y un sufrimiento ligados a la impotencia que sentía.

Aunque encontraran al criminal, nada podría devolver a las víctimas a sus seres queridos.

Estos asesinos dejaban un rastro de ácido puro por dondequiera que atacaban y, cuando encarcelaban a uno, otro tomaba el relevo… o a una escala aún peor.

Primero observó las matrículas con detalle: torcidas, sucias, antiguas.

En cambio, los remaches eran nuevos. Pasó el dedo por los bordes y recolectó unas diminutas partículas de hierro, tanto en la parte delantera como en la trasera.

Esa limadura de hierro solo podía ser el resultado de un taladro, la única forma de quitar una matrícula sin dañarla en el proceso.

Para Vic, estaba claro que el asesino alternaba entre una matrícula falsa y una verdadera.

Lo confirmaban las diferentes marcas de desgaste en el plástico del parachoques y alrededor de los remaches.

Se suponía que el desconocido de la gasolinera conducía respetando las normas de seguridad vial, a bordo de un coche de gama media, un modelo bastante popular.

Los neumáticos estaban en buen estado, lo que evidenciaba un mantenimiento regular.

El hombre no quería tener problemas con las fuerzas del orden. Un ciudadano promedio.

Rodeó el coche destrozado por la izquierda, se sentó en el asiento del copiloto y cerró la puerta de forma automática.

Justo frente a él, una escultura de bronce, con aristas salientes y el rostro aplanado, le recordó a una obra de Giacometti.

El hecho de que lo mirara fijamente lo incomodó y lo hizo consciente de su situación: estaba solo, perdido en medio del cuchitril que era aquel almacén, esforzándose por retrasar el momento de regresar a casa, donde ya no lo esperaban ni su mujer ni su hija.

Se concentró en realizar un análisis exhaustivo del interior del vehículo, pues los coches dicen mucho de sus propietarios.

Si el de Vic era testigo del caos que reinaba en su cabeza y en su vida, aquel transpiraba orden por todos sus poros.

Al principio, los chicos de la Policía científica no encontraron trozos de uñas, ni pelos, ni colillas, ni chicles aplastados.

El cenicero estaba vacío, al igual que el compartimento de la puerta.

En la guantera se encontraban el alcoholímetro, el triángulo y el chaleco reflectante, aún empaquetados.

El asiento del copiloto parecía nuevo: no mostraba señales de uso a la altura de la espalda o la cabeza.

Ni rastro de papeles de caramelos ni de paquetes de galletas.

Los cinturones traseros, atascados bajo los asientos, jamás habían sido usados. No tenía hijos.

Por el contrario, los técnicos habían detectado rastros de un disolvente en el volante —algo similar a los productos que se usan para desinfectar las manos—, así como minúsculas trazas de pintura blanca en las manijas de las puertas, parecidas a las encontradas en el maletero.

También hallaron un tique de peaje entre los pedales: según los datos, el hombre que buscaban había entrado en la autopista a la altura de Chambéry a las 21:25 h, veinte minutos antes de llegar a la gasolinera.

Eso indicaba que conducía con prudencia, a una media de ciento veinticinco kilómetros por hora.

Vic le sacó una fotografía con el móvil a la cruz que colgaba del retrovisor por su cadena de oro, y pensó en los rastros de esperma detectados en el asiento con el dispositivo CrimeScope.

Se imaginó al conductor masturbándose frente a Jesús.

Había eyaculado en el coche… ¿Quizá fantaseando con sus futuras víctimas?

¿O con la idea de que se encontraría con ellas por la noche, después del trabajo, para torturarlas?

Eso explicaba los cristales tintados: ver sin ser visto y poder dedicarse a ese tipo de actos asquerosos.

Sus deducciones lo llevaban hacia un depredador sexual, una auténtica máquina de secuestros, violaciones y asesinatos; una escoria de la naturaleza, como muchas otras que existían en el mundo.

Vic había leído una gran cantidad de libros sobre criminología y también se sabía de memoria el expediente de Jeanson, gestionado por la brigada de Lyon.

Sabía que ese tipo de criminales, organizados y planificadores, eran los más difíciles de detener porque se fundían entre la multitud.

Pero, una vez solos, cuando la excitación alcanzaba su culmen, se transformaban en temibles máquinas de matar.

El Viajero se había salido con la suya durante más de dos años, antes de cometer una metedura de pata y caer en las redes de los compañeros lioneses.

¿Por qué el propietario de aquel coche cortaba las manos y extraía los ojos de sus víctimas? ¿Qué hacía con el rostro? ¿Era un fetichista? ¿Un coleccionista?

Giró la llave en el contacto y encendió la radio.

Había un CD en el reproductor. Una melodía bien ejecutada invadió el habitáculo: un concierto de Mozart.

Vic cerró los ojos y visualizó la mano derecha del pianista, auxiliada por la ligereza de los violines.

Al igual que la cruz, le sorprendió aquel extraño refinamiento: el Concierto para piano n.º 22 , tercer movimiento, era una de las obras menos conocidas del compositor.

¿Estaban tratando con un experto en música? Pero los altavoces y el sistema de radio del coche no eran de buena calidad y no cumplían con las exigencias de un melómano. A Vic le molestaba cuando un detalle no encajaba del todo. Su mente podía quedarse dándole vueltas toda la noche.

Subió el volumen y dirigió la vista hacia la imitación del Giacometti, mientras los instrumentos de cuerda se expresaban y el sonido llegaba hasta las paredes del almacén.

¿El asesino conducía con música clásica a todo volumen?

En ese momento, una idea cruzó su mente: ¿quizá el homicida había metido el cuerpo y las manos en el maletero, cogido la carretera e introducido el disco en el reproductor con el coche en marcha?

Vic buscó la caja del CD, en vano. Seguramente había salido volando fuera del vehículo cuando impactó con el quitamiedos, o quizá el asesino la había dejado en casa.

Volvió a poner el disco desde el principio y cronometró la duración hasta el allegro vivace assai del Concierto para piano n.º 22 : alrededor de cuarenta y dos minutos.

Cuarenta y dos minutos… Solo le llevó veinte llegar a la gasolinera desde el peaje de Chambéry, según el tique encontrado.

Sobraban veintidós minutos. Si la teoría de Vic era acertada, y si Rose había cortado la lectura del CD justo después del robo, entonces el hombre que buscaban venía de los alrededores cercanos de Chambéry, quizá de uno de los innumerables pueblos perdidos entre las montañas. Un tipo de la zona.

Vic consideró que el vehículo le había revelado sus secretos.

Disponían de ADN del asesino, conocían su anatomía tosca, su coche, y podían hacerse una idea del trayecto que había recorrido aquella noche.

Si el hombre que buscaban era inteligente —y Vic estaba convencido de que así era— se enteraría de todo leyendo los periódicos: en ellos se hablaba del accidente de Rose y del descubrimiento del cadáver en el maletero.

Eso lo convertía en un depredador acorralado y peligroso.

El policía le dio las gracias al vigilante y salió del almacén.

Se dirigió hacia una zona comercial, a un cuarto de hora en coche del centro de Grenoble.

Los neones azules y rojos de los letreros se reflejaban en los charcos dispersos sobre el asfalto, como pedazos de una aurora boreal caídos del cielo.

Las calles y las tiendas no eran más que cuadros anodinos.

Los suicidas deberían acercarse a pasar una noche allí, en vez de tirarse de un puente.

Estacionó en el aparcamiento del hotel y entró en el establecimiento de bajo coste, con ese ambiente de los hotelF1 franceses de los años 2000. El encargado, un tipo flacucho con pinta de lord inglés, suspiró al verlo. Dejó la llave de la habitación, junto con un sobre, encima del mostrador.

—Su mujer se pasó por aquí a última hora de la tarde para dejarle esto. Y parecía estar bastante cabreada.

Vic se puso rojo. Eso quería decir que Nathalie estaba al tanto de que se hospedaba en ese hotel de mala muerte, con duchas y baños compartidos, veintidós euros la noche, desayuno incluido.

¿Desde cuándo lo sabía? ¿Cómo se había enterado?

Miró fijamente al encargado, con una repentina expresión de pánico en la mirada, y lo instó a continuar.

—Preguntó por su perro. Le dije que no tenía ni idea, que… En fin, no se preocupe, sigue en su caseta, bien escondido al fondo de mi jardín. Por cierto, hablando del chucho…, tuve que comprar otro paquete de pienso, y no es precisamente barato, así que…

Vic se llevó las manos a la cabeza.

—Sí, sí, lo sé, se me ha vuelto a olvidar. Yo…

Sacó un billete de veinte euros y lo dejó sobre el mostrador.

—Gracias, Romuald.

Cogió la llave y el sobre, que abrió en cuanto desapareció por el pasillo. En el interior solo encontró una hoja en la que estaba escrito, en letras mayúsculas: CAbrÓN .