El manuscrito Capítulo 6
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Capítulo 6

De entre las ciento veintisiete víctimas con las que Vic se había topado sobre una mesa de autopsia, sesenta y seis eran hombres, cuarenta y cuatro mujeres, once niños y un recién nacido.

Una montaña de estadísticas le saturaba la mente: el número de ahogados, de quemados, de accidentados, de rubios, de morenos, de calvos…

Se acordaba de la dirección de cada víctima, de los lugares y las fechas en que se hallaron los cadáveres, del peso, de la altura, de las condiciones meteorológicas y, lo que es peor, de los rostros: una galería mórbida de ojos vaciados de vida, de narices fracturadas, de mejillas hundidas, verdosas, azuladas o simplemente grises.

Eso no lo hacía sentirse desdichado, ni loco, ni un obseso; solo lo convertía en un trastero de crímenes pasados, y le sobrecargaba la memoria.

Vic padecía hipermnesia, un fenómeno que le hacía recordarlo todo o, mejor dicho, le impedía olvidar nada.

Durante mucho tiempo, su capacidad excepcional para memorizar le pareció una ventaja.

Cuando era niño, leía, escribía, aprendía y calculaba más rápido que cualquier otro crío de su edad.

Pero la esponja de su cerebro, que al principio estaba completamente seca, se había empapado demasiado rápido.

Sus padres, conscientes de su increíble facultad, lo apuntaron a clubes de ajedrez y de astronomía, lo enviaron a clases de violín y de piano, y lo inscribieron en un colegio para alumnos precoces.

Lo suscribieron a decenas de revistas de ciencia, historia y geografía; le regalaron diccionarios por Navidad; se montaron la película de que llegaría a convertirse en un investigador reputado, en el premio nobel de física, en un pianista prodigio…

Mientras tanto, Vic soñaba con jugar al fútbol, correr con sus compañeros, jugar al escondite.

Pero no le dejaban tiempo para ser un niño.

A los veintidós años, recitó el número pi con mil cuatrocientas cifras decimales y ganó su primer concurso de memoria, rodeado de adultos feroces que lo veían más como a un rival que como lo que realmente era: un niño.

Había disfrutado de su año en el servicio militar: el ejercicio físico, la disciplina, el manejo de armas, el mismo uniforme para todos, el trato de igual a igual con sus compañeros, que no sabían nada sobre él.

Las caminatas por el barro en pleno invierno, con los pies ensangrentados.

Recibir golpes en el ring . Había sido toda una revelación.

No se convertiría en investigador astrofísico, pero serviría a su país, sumergido en la multitud gris de los uniformes.

Fue en el cuartel donde le hablaron del oficio de policía y enseguida tomó una decisión: su memoria enciclopédica le ayudaría a resolver casos y a perseguir criminales.

Tres años más tarde, salió de la academia de Policía de Cannes-Écluse como teniente y solicitó que lo destinasen a Grenoble, el lugar donde se había criado.

Al año siguiente, sus padres se mudaron y no asistieron a su boda.

Le habían dado la espalda a su hijo, y «miserable» fue la última palabra que escuchó salir de los labios de su madre.

Unos años después, Vic aceptó participar en un programa de televisión sobre la memoria con la esperanza de que sus padres lo vieran, se sintieran orgullosos y retomaran el contacto con él.

Tras sus ochenta y tres victorias consecutivas, que lo llevaron hasta el día en que cumplió los cuarenta, aún no había recibido ni una sola llamada.

Así que perdió la partida siguiente y volvió a codearse entre cadáveres.

Ahora, más de veinticuatro horas después de lo que había descubierto en el maletero de un coche, el centésimo vigésimo octavo cuerpo lo esperaba, recién salido de la cámara frigorífica y tumbado sobre la mesa de acero, iluminado por la luz quirúrgica, demasiado fuerte para su gusto.

Ophélie Ehre, una de las forenses del Instituto de Medicina Legal de Grenoble, ya se movía alrededor del cuerpo cuando V los agujeros en los lóbulos aún no se han cerrado del todo.

Tiene una fractura grave en la parte posterior del cráneo: el sujeto fue golpeado con un objeto pesado y punzante, como un martillo, lo que provocó una hemorragia severa en la cavidad craneal.

La piel del rostro ha sido retirada por completo.

Aquí se pueden observar las marcas del corte.

Tuvieron que utilizar un bisturí y trazar un óvalo alrededor del rostro, pasando por la frente, las sienes, la barbilla, y luego tiraron, tal como hago yo en las autopsias…

En cuanto a los ojos, fueron extraídos con destreza: extirpación, globo ocular seccionado de forma limpia.

Vic se acercó al cuerpo al tiempo que arrugaba la nariz.

Se había rasurado y abierto el cráneo, pero la bóveda estaba partida en el lugar donde la habían golpeado.

Vic buscó el cerebro y lo localizó sobre la báscula para órganos.

A su lado, las manos cortadas: dos arañas blanquecinas que parecían querer saltar sobre él. Devolvió su atención al cadáver.

—¿Indicios de agresión sexual?

—Lo sabré en media hora. He localizado unas marcas compatibles con ataduras aquí, en la zona de corte de este antebrazo, y aquí, en las manos.

También he preparado algunas muestras para enviar a toxicología: pelos, uñas, humor vítreo…

, lo que tal vez nos ayude a saber un poco más sobre su régimen alimenticio de estas últimas semanas y la presencia de estupefacientes o medicamentos en su organismo.

Pero para eso también habrá que esperar.

Yo diría que una semanita. El laboratorio está hasta los topes con lo de Chamrousse.

Vadim estaba estático, con las manos en los bolsillos.

Vic entendió que allí dentro hacía todavía más frío que afuera.

No le agradaban las autopsias, pero ¿quién sería capaz de fingir que le gustaba algo así?

Y, además, aquella víctima era apenas unos años mayor que sus hijas.

Tanto Coralie como Hélène, de tan solo dieciséis años, podrían haber sido aquella joven fallecida.

Vic se quitó rápidamente esa idea insoportable de la cabeza.

Vio en el rostro de su compañero que había pensado lo mismo: solo un enfermo habría podido cometer un acto semejante.

La forense los instó a acercarse a las manos y les mostró una línea de tinta azul alrededor de cada una de las muñecas, justo a la altura del corte.

—Parece que dibujó estos círculos alrededor de las muñecas para hacer un corte preciso.

Siguió la línea prácticamente al milímetro.

—Señaló una larga cicatriz en el dorso de la mano derecha—.

Esta es una herida antigua, debe de remontarse a hace años.

Voy a mandar todo esto al laboratorio de anatomía patológica; ellos se encargarán de darnos más detalles.

Volvieron a acercarse al cadáver. La forense procedió con una incisión en forma de Y.

Vic se preguntó qué clase de tarado sería capaz de extraer un rostro, mutilar y torturar de esa forma.

Volvió a pensar en aquel hombre de la gorra, embutido en su abrigo acolchado, que se encontraba tan pancho en la gasolinera.

Precisamente esa situación tan banal era lo que hacía tan difícil localizar a algunos depredadores.

Al igual que Andy Jeanson, aquel asesino podía ser el vecino, un amigo, un amante…

, y llevar una doble vida perfecta. Obrero de día, verdugo de noche.

En cuanto la médica separó los grandes colgajos de carne a ambos lados del esternón y las costillas, unos olores que parecían concentrar toda la putrefacción del mundo alcanzaron sus fosas nasales.

En cierto modo, los cadáveres se asemejaban un poco al whisky : desprendían distintos aromas según su antigüedad, el ambiente en el que habían envejecido y la humedad…

Vic se apartó para dejar trabajar a la forense.

Mientras la observaba manipular sus instrumentos y desplazarse de la mesa de autopsias a la de laboratorio, se la imaginaba como la directora de una orquesta macabra, una exploradora de la muerte ante la que los órganos cantaban y los ligamentos vibraban como el arco de un violín.

Ehre se tomó su tiempo cuando llegó a los órganos genitales, que pesó y diseccionó.

Confirmó la presencia de una sustancia lubricante, como la que deja un preservativo.

«Mutilar sí, pero siempre con precaución», pensó Vic con estupor.

Una de las características típicas de los asesinos metódicos: la capacidad de contenerse, pese al aumento de la excitación y el deseo de matar.

Tras el examen, Ophélie Ehre cosió lo mejor que pudo el envoltorio vacío; una vulgar muñeca de carne que terminaría al fondo de un cajón deslizante, quizá durante años, el tiempo que los llevara identificarla, o si el ADN no les aportaba pistas.

Vic observó los antebrazos cortados. ¿Por qué diseccionarlos de ese modo y separar el cuerpo de las manos?

Hizo varias idas y venidas entre la mesa de laboratorio y la de autopsias, dubitativo, con la repentina sensación de que algo no cuadraba.

—¿Tienes un metro?

La forense le tendió una cinta flexible.

—¿Sabes lo que es la «distracción», en el ilusionismo?

Ehre alzó las cejas.

—Es una técnica que consiste en centrar la atención del público en un punto concreto mientras se está llevando a cabo otra acción. Funciona porque es imposible que un ser humano interprete con precisión la totalidad de los estímulos que recibe. Me da la sensación de que…

Vic midió el diámetro del miembro izquierdo amputado, después su circunferencia, y siguió los mismos pasos con las muñecas de las manos cortadas. Miró fijamente a la forense con pavor.

—… de que eso es lo que ha pasado aquí. La distracción. Todos nos hemos centrado en el cuerpo, le hemos asociado estas manos sin prestar atención. No es culpa nuestra, es… es nuestro cerebro quien nos juega malas pasadas.

Vic cogió las manos.

—Si observamos con atención, nos damos cuenta de que no tienen las mismas dimensiones que las muñecas. Hay más de un centímetro de diferencia…

Las colocó lo más cerca posible de los brazos seccionados. Ehre se arrancó la mascarilla de papel mientras contenía el aliento. De repente, entendió adónde Vic quería llegar.

—Mierda. No son las suyas.