El manuscrito Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Léane sintió un escalofrío. Jullian nunca volvió a ser el mismo desde la desaparición de Sarah.

El alcohol, la desesperanza, sus búsquedas sin ningún resultado…

¿Cuántas veces se había recorrido los kilómetros y kilómetros de dunas, a lo largo y a lo ancho, incluso meses después?

¿Cuántos kilómetros cuadrados de fondos marinos se sondearon?

¿Quedaba alguna puerta de todas las casas en Berck a la que no hubiera llamado?

¿Quedaba algún vecino que no hubiera leído uno de esos folletos impresos con la cara de su hija?

¿Cómo podía seguir viviendo en aquella casa donde, seis meses después, habían recibido un sobre que contenía cabellos de Sarah?

La casa en la que, un año y medio más tarde, se enteraron de que su hija había sido una de las víctimas de Andy Jeanson, un siniestro viajero en autocaravana que violaba, mataba y enterraba a sus víctimas en el bosque y, como si no fuera suficiente, enviaba mechones de pelo a sus padres.

Léane había huido de La Inspiradora, de aquellas jornadas dando vueltas entre cuatro paredes, de aquellas pesadillas de la infancia que habían vuelto a surgir y provocaban que se despertase gritando por las noches, de todas esas horas perdidas delante de la habitación vacía de su hija, sin lograr encontrar una sola idea para una nueva novela, esperando noticias de la investigación y reconstruyendo una y otra vez el escenario de la desaparición.

Le tenía miedo a esa casa. Sobre todo, le aterraba imaginar a Jeanson agazapado detrás de las dunas, oculto en la arena, listo para entrar en la casa y deslizarse bajo su cama; una presencia invisible que la asustaba, como el Horla de Maupassant.

Por eso se marchó, aunque Jullian se hubiera negado a seguirla hasta su piso en París.

Él prefería esperar el regreso de Sarah, convencido de que algún día volvería.

Se encerró en sus obsesiones; se negó a creer que Jeanson hubiera asesinado a Sarah y a las demás, y que las hubiera enterrado.

Tampoco quería aceptar que jamás vería el cadáver con sus propios ojos.

Se limitó a sobrevivir: bebía para olvidar la realidad y, el resto del tiempo, lo dedicaba a buscar por internet, en foros, en las carreteras; publicaba fotos de Sarah en todas las redes sociales, en portadas de revistas, o las colgaba en gasolineras, con la esperanza de que algún día alguien le dijesen al fin «ah sí, yo me he cruzado con ella» o «sé dónde está, está sana y salva».

El suicidio de su madre no había resuelto nada.

En lo que a Léane respecta, la inspiración regresó en cuanto estuvo a solas en París: a partir de entonces, empezaría a contar la historia de un escritor perverso, violador y asesino al que una mujer trastornada encerraría para obligarlo a redactar el final de su libro.

Incluso antes de escribir la primera línea, ya sabía qué título le pondría: El manuscrito .

El libro se convirtió en uno de los más vendidos de finales de año.

La voz de Colin la devolvió a la realidad:

—¿Tienes pensado quedarte unos días en Berck?

—Sí, me he traído algunas cosas.

—¿Y la promoción de tu libro?

—El libro se está vendiendo bien. Hay cosas más importantes.

Por la forma en que la miró, Léane supuso que lo interpretó como una buena noticia.

En ese momento llegó el doctor Jean Grzeskowiak.

La novelista lo conocía desde hacía tiempo.

De hecho, años atrás le había entregado documentación sobre los problemas de memoria y había respondido a sus preguntas para ayudarla con la escritura de una de sus novelas.

La saludó con un caluroso apretón de manos.

—Vamos a llevarnos a su marido para hacerle algunas pruebas más, pero sé que ha venido en coche, así que puede entrar a verlo cinco minutos. No se preocupe, saldrá de esta.

—¿Las heridas son muy graves?

—Físicamente está evolucionando bien. No tiene fracturas, pero las fuertes contusiones que tiene en el cuello le han provocado una hinchazón que podría afectar su voz y dificultar un poco la conversación con él durante algunos días.

Sin embargo, no ha sufrido ningún daño irreversible.

Nuestra mayor preocupación era el cráneo, pero no hemos detectado lesiones ni edemas.

Sus respuestas verbales y motrices son bastante tranquilizadoras.

Le haremos algunas pruebas más para asegurarnos de que no haya secuelas cerebrales, ya que perdió el conocimiento tras la agresión.

Colin había sacado su cuaderno.

—¿Lo golpearon por la espalda?

—Eso creo. En mi opinión, intentaron estrangularlo y luego lo golpearon en la parte superior del cráneo. No hay perforación en el cuero cabelludo, y el impacto se distribuye en una zona de dos a tres centímetros, así que el arma debía de ser algo bastante contundente, como un bate de béisbol.

Cada palabra utilizada golpeaba con fuerza a Léane.

Sentía una profunda rabia contra sí misma: se imaginaba a su marido solo, inconsciente en el suelo, mientras ella se empinaba una botella de vino blanco de treinta euros.

¿Por qué no se subió al coche en cuanto escuchó el mensaje que le había dejado en el buzón de voz dos días antes?

¿Por qué no percibió la urgencia en su voz, ni el peligro que tal vez ya lo acechaba?

¿Qué iba a decirle ahora sobre su hija en común?

Torcieron por el pasillo. Una vez frente a la puerta 222, Léane apretó ambos puños contra su cuerpo y entró en la habitación.

Jullian estaba tumbado sobre las sábanas, vestido con un pijama blanco, inmóvil, con una vía intravenosa en el brazo y un vendaje aparatoso en la cabeza, el rostro vuelto hacia el techo.

Se giró hacia ella con el ojo derecho hinchado y enrojecido por los vasos sanguíneos destrozados. Le habían cortado mucho el pelo.

Léane sentía cómo un calor abrasador le ardía en el vientre.

No se encontraba ante un paciente cualquiera, sino ante su marido, el padre de Sarah, el hombre junto a quien había pasado prácticamente la mitad de su vida, aquel que había soportado sus obsesiones más de lo que ella había aceptado las suyas —esas largas semanas en las que se encerraba en una habitación y en su cabeza, sin hablar, sin reír—, ese mismo hombre que, día tras día, se había ido alejando de ella.

Se abalanzó sobre él y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Le temblaban los dedos.

—Estoy aquí, contigo, ¿vale?

Él la miraba fijamente, con una evidente expresión de pánico en lo más profundo de sus ojos. Luego, con una voz quebrada que Léane apenas reconoció, dijo:

—¿Quién es usted?