Capítulo 5
A veces ocurre un fenómeno extraño cuando uno se acerca a las ciudades costeras del norte en pleno invierno: en un abrir y cerrar de ojos, una guillotina de niebla se estrella contra el parabrisas y da la sensación de transportarte a un universo postapocalíptico, donde los monstruos pueden aparecer en cualquier momento contra las ventanillas del coche y llevarte mar a dentro, hacia el agua turbia y glacial.
Una tarde pegajosa como aquella le había quitado a Sarah; una tarde en que la obscuridad tenía hambre, en que las dunas habían amordazado a su hija para arrastrarla hacia sus recovecos más oscuros.
A Léane se le erizó la piel y le puso el seguro a las puertas.
Sabía que era una estupidez, pero sus temores —tan irracionales como repentinos— le carcomían la vida desde su adolescencia.
Rostros deformes girando a su alrededor, decenas de manos acosándola en sus pesadillas, noches en vela, despertándose con un sobresalto…
hasta pasados los treinta años, cuando por fin escribió sus primeras páginas y le dio vida a Enaël Miraure, como si la escritura hubiese sido su válvula de escape.
No había querido hablar de esa angustia con la periodista.
Justo en ese momento, veía la autocaravana de Andy Jeanson emerger de entre la bruma, deteniéndose en medio de la carretera y acercándose hasta aplastar sus manos grandes y huesudas contra el cristal de su coche.
Incluso entre rejas, aquel hombre al que llamaban el Viajero la seguía como si fuese su sombra, escondido tras cada respiración, tras cada mínimo parpadeo. Era su propio hombre del saco.
Llegó al hospital alrededor de la una de la madrugada, ubicado en plena campiña francesa, a cinco kilómetros de Berck-sur-Mer.
Colin la esperaba sentado en un banco de la sala de espera.
Llevaba una cazadora negra puesta de cualquier manera y una de sus típicas camisas de cuadros.
Un flequillo color fuego le caía en forma de coma sobre una mirada firme y sincera.
Era policía en un pueblito que a nadie le importaba un bledo, pero no por ello se tomaba su trabajo a la ligera: afrontaba con la misma seriedad tanto los casos más banales como los más estimulantes, aunque menos frecuentes, que la mayoría de las veces terminaban en manos de las jurisdicciones superiores.
Se levantó en cuanto la vio, con unas ganas irrefrenables de abrazarla.
Sin embargo, se conformó con guiarla hacia la máquina de bebidas y meter un euro.
Notó lo marcadas que tenía las facciones y lo pesados que parecían sus párpados.
Le daba la sensación de que había adelgazado mucho durante esos dos meses.
—Estoy esperando novedades del médico, no debería tardar mucho más. Su vida no corre peligro, pero… fue bastante violento de todas formas.
—¿Qué ha pasado?
Colin le tendió un café con poco azúcar.
—Un viandante lo encontró inconsciente en el camino que conecta la bahía con el dique, del lado del faro, alrededor de las siete de la tarde.
Estaba tirado en el suelo. La ambulancia lo trajo aquí.
Le han golpeado en el cráneo y el cuello; puede que hayan intentado estrangularlo.
Por ahora, no tengo más información. No tiene pinta de un ataque por robo: la cartera, la llave de la villa y el móvil estaban en su bolsillo.
De hecho, sabemos hasta el recorrido que hizo gracias a una aplicación de salud que estaba en segundo plano en su smartphone .
Jullian había terminado una caminata de unos cinco kilómetros a lo largo del dique, que había iniciado una hora antes. Debía de estar volviendo a casa.
Léane intentaba entender la situación. ¿Desde cuándo usaba Jullian ese tipo de aplicaciones?
Odiaba ese tipo de tecnología que controlaba tu vida, que te permitía adelgazar, sentirte mejor y saber cuántos pasos habías dado al día.
Incluso solía decir que, algún día, la gente enviaría a su teléfono a correr en su lugar.
—¿Por qué le harían algo así?
—No tengo ni idea, pero Jullian no solo tenía amigos.
Tu marido iba en contra de todo: la justicia, la investigación y los testigos.
Quizá no lo sepas, pero hace menos de tres semanas estuvo a punto de pasar la noche en una celda por su comportamiento en comisaría.
Estaba borracho y nos llamó de todo. Si no fuera quien es, lo habría encerrado sin pensármelo dos veces.
—Está buscando el cuerpo de Sarah.
—Puede ser, pero de eso hace ya cuatro años. Hoy en día vaga por las calles de Berck como un fantasma. Sus búsquedas empiezan a rozar el acoso, y no todo se puede justificar. Los policías trabajamos, aunque él piense lo contrario.
—Hasta que Jeanson no diga dónde está enterrado el cuerpo de nuestra hija, Jullian seguirá destruyendo todo lo que le rodea. Y destruyéndose a sí mismo.
Su mirada se desvió.
—Ven aquí…
Colin la apretujó contra su cuerpo, con un brazo.
Tuvo la sensación de abrazar un bloque de hormigón. Léane se alejó con cierta brusquedad y volvió a centrarse en el café.
—Discúlpame, Colin, pero…
—No te preocupes. Lo entiendo.
También incómodo, Colin echó un vistazo hacia la entrada, donde brillaba la luz giratoria de los bomberos o una ambulancia, y volvió a centrar su atención en Léane.
—He revisado el historial de llamadas de su teléfono. He visto que lo llamaste varias veces ayer y anteayer.
—Sí, porque me dejó un mensaje de voz. Te lo pongo.
A través del altavoz, la voz de Jullian sonaba grave y monótona. Hablaba de una información importante en relación con su hija, Sarah.
—Desde entonces, ni rastro de él. No contestó ninguna de mis llamadas.
Colin apuntó la información en una libreta que guardaba en el bolsillo interior de su cazadora desde hacía años, junto a un bolígrafo con la tapa toda mordida. Se lo metió entre los labios.
—Hace tres días, su padre lo llamó para avisarle de que vendría desde Montpellier para las fiestas.
Acabo de escuchar el mensaje en el móvil de tu marido.
Para que lo sepas, el teléfono queda retenido como parte de la investigación.
Llamé a tu suegro para avisarle de la agresión mientras venías en camino. Estará por aquí mañana.
Léane asintió. Jacques Morgan había perdido a su mujer hacía seis meses, a causa de un suicidio por sobredosis de medicamentos.
Léane nunca había visto a su suegra feliz.
En lo más profundo de su mirada siempre había brillado una tristeza terrible, cuyo origen Léane, y hasta Jullian, desconocían.
El alcohol, los antidepresivos y los ansiolíticos habían marcado el ritmo de su vida.
A veces, la novelista se preguntaba cómo Jacques había podido soportar todo aquello.
Colin la sacó de sus pensamientos:
—Ya que nos estamos sincerando, hay algo que debes saber. Hace alrededor de dos meses, Jullian llamó a comisaría temprano por la mañana para alertar de un robo con allanamiento.
Léane dejó suspendido su gesto y el vaso de papel quedó a la altura de la barbilla.
—¿Un robo con allanamiento?
—No quería que te enteraras, así que me pidió que no te dijese nada. No quería que te preocuparas. Sabía que tu libro iba a salir pronto a la venta y que tendrías la cabeza en otra parte. Yo mismo me acerqué a la villa para echar un vistazo, pero…
Parecía incómodo. Léane estaba pendiente de cada palabra que salía de sus labios.
—…pero todo parecía intacto. Jullian estaba durmiendo en el primer piso y no escuchó nada.
Nos dijo que le habían hurgado en sus cosas, que se había dado cuenta de que unos papeles habían sido desplazados, que el individuo también se había metido en el cuarto de baño para robar objetos normales y corrientes, como jabones y cepillos.
Y también que echaba en falta algunos ejemplares de tus novelas que se encontraban en la librería.
Léane tenía la sensación de estar en medio del último round de un combate de boxeo: recibía golpe tras golpe. Tiró el resto del café a la basura. El sabor metálico se le quedó en la garganta.
—Estaría delirando. ¿Jabones? ¿Mis novelas? ¿Quién querría eso?
—Además, no había ni rastro de que se hubiese cometido una efracción. Jullian nos confirmó que todas las puertas estaban cerradas con llave. El asaltante, si es que hubo uno, tuvo que entrar con una llave.
—¿Crees que se le fue la cabeza?
—Se había pasado bebiendo la víspera, Léane.
Al igual que el día anterior, y el anterior a ese.
Había unas cuantas botellas tiradas en el fregadero.
Te lo repito, últimamente lo hemos recogido varias veces a la salida de diferentes bares del pueblo.
No teníamos forma de comprobar todo lo que nos contó.
¡Estábamos hablando de cepillos para el pelo!
¿Y quién se molestaría en robar tus libros si se pueden encontrar en librerías?
¿Por qué arriesgarse a colarse en vuestra casa para hacer ese tipo de cosas?
Aun así, registré su denuncia, pero he de admitir que no tuvo ningún seguimiento.