Capítulo 4 #2
—Ya no estaríamos hablando de una doble página, sino de un artículo de seis páginas, se lo garantizo. Con una promoción de semejante magnitud, haríamos que los números explotaran, tanto para usted como para nosotros. Éxito asegurado.
Cuando volvió a dirigir la mirada hacia Léane, ya se había puesto en pie, con los dos puños apoyados sobre la mesa.
—Y qué pasaría con mi vida, ¿eh? ¡Váyase a la mierda! Suelte una sola palabra acerca de mi identidad o sobre el caso y le meto por el culo una denuncia por difamación y violación de la privacidad. A su maldita revista y a usted.
Se puso el abrigo, cogió el bolso y salió de la cafetería sin mirar atrás. Pam la alcanzó en la calle.
—Lo siento, Léane. No tenía ni idea de que se metería en terreno pantanoso.
—Estabais compinchadas, ¿no?
—Claro que no, jamás haría algo así. Joder, ¿de verdad me ves capaz de hacerlo? Ya conoces a Scordel, es un hacha. Me encargaré de arreglarlo todo. No hablará del tema, si eso es lo que quieres. Pero si…
Leáne paró un taxi.
—¡Pues claro que es lo que quiero! Nada de «pero si», Pam. Ni de puta broma. No me he pasado diez años de mi vida ocultando quien soy para echarlo todo por la borda con una historia sórdida. Nunca más volveremos a hablar del tema, punto final.
—Como quieras. ¿Y la entrevista con Libé a las 18:20 h?
—No.
—No puedes hacer eso.
—Claro que puedo. Y asegúrate de que nada de esto salga a la luz, o te consideraré responsable de ello.
La novelista se subió al vehículo, le dio su dirección al conductor y se apoyó en el reposacabezas.
¡Qué pesadilla! En el fondo, ya se esperaba un episodio de ese estilo.
Era inevitable que, tarde o temprano, un periodista mejor informado que los demás sacara el tema.
Una novelista de éxito que escribe historias sobre violaciones, asesinatos y secuestros, y que vive los dramas de sus propios libros.
Seguro que eso haría estallar las ventas.
El taxi la dejó en la avenida Presidente Wilson, en el distrito 16, a unos cuantos metros del palacio de Tokio y del Museo de Arte Moderno.
En cuanto entró en su piso de sesenta metros cuadrados, encendió la radio en un gesto automático y se sirvió otra copa de vino blanco.
Ya sabía de antemano que se tomaría otras dos más antes de acostarse.
Empinar el codo era la mejor forma de afrontar el vacío abismal de sus noches.
Odiaba las recepciones, los cócteles, los encuentros donde la gente solo iba a lucirse.
Lo brillante, lo falso, no podía importarle menos.
Hasta aquel apartamento, París y sus luces le resultaban extraños.
A pesar del cansancio, Léane se conectó a su cuenta de Facebook Enaël Miraure, con ochenta mil fans, la mayoría mujeres.
En la foto de perfil, que su editor había comprado a un banco de imágenes, Enaël era moreno con ojos grisáceos y el pelo corto, rondaba la cuarentena y tenía el físico al estilo Eastwood.
El cabello de Léane era rubio y rizado, y le llegaba a la altura de los hombros.
Tenía la nariz respingona y los ojos de un azul que variaba en función de la luminosidad.
La periodista no se había equivocado con el tema de la usurpación de la identidad, pero Léane necesitaba meterse en la piel de Enaël, sentir su masculinidad y su seguridad.
A veces, en la piel de Léane, sufría una especie de angustia inexplicable cuando se ponía ante una hoja en blanco.
Y, cuando caía la noche, una especie de mano encorvada subía por su garganta para acallarla, asfixiarla, como si Enaël Miraure estuviera preso en lo más profundo de su ser e intentara salir.
Se pasó un rato en las redes sociales, sola en medio de todos sus amigos virtuales.
Luego se envolvió en un chal de lana y salió a la terraza a tomarse una copa de vino.
A Sarah le habría encantado esa vista sobre los tejados de la capital, el brillo de las luces de la Torre Eiffel, el reflejo plateado del Sena.
Léane, en cambio, solo apreciaba esa locura de ciudad porque la ayudaba a evitar pensar en exceso.
París la anestesiaba, como unas gotas de absenta vertidas sobre un dulce.
Su móvil empezó a sonar. Suspiró en cuanto vio el nombre que aparecía en la pantalla: Colin Bercheron…
Decidió no cogerle el teléfono al policía y pensó en su marido.
Ella se encontraba aquí, él allí, aferrado a la costa del Norte como un mejillón a una roca.
Llevaban casi dos meses sin ponerse en contacto, excepto por un mensaje de voz que le envió la antevíspera, en el que le decía que tenía información importante.
Ella había intentado llamarlo varias veces, en vano.
Esa era una actitud muy de su estilo: tirar la piedra y esconder la mano.
¿Jullian se había hundido aún más en su paranoia?
¿Seguía buscando el cadáver de su hija a pesar de las pruebas?
Léane temía el momento en que debieran hacer oficial su separación y empezar con los papeles del divorcio.
Su relación se había ido a pique desde el año que llevaba viviendo en París.
Otro duelo al que hacerle frente. Sin embargo, en el fondo de su ser, aún brillaba una chispa, un fuego de hacía veinte años que nunca se llegaría a apagar.
El policía le había dejado un mensaje de voz, que hizo el esfuerzo de escuchar.
Léane, soy Colin. Perdón por molestarte a estas horas, pero han agredido a tu marido. Está en el hospital de Berck. No sé mucho más por ahora. Llámame en cuanto escuches este mensaje.