El manuscrito Capítulo 4
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Capítulo 4

—Sus libros suelen abordar temas como los dobles, la usurpación de identidad, la memoria y los recuerdos.

El manuscrito no es la excepción. Tal vez sea su obra más cruda y violenta, pues trata temas que podrían llegar a herir la sensibilidad de algunos lectores, como la tortura, el secuestro y la violación.

¿Quiso poner en manos de sus lectores una novela impactante?

—No tenía nada planeado. Simplemente escribí lo que me salió. Es un libro violento, estoy de acuerdo. Pero dígame una cosa: ¿considera usted que el mundo en el que vivimos no lo es?

Léane guardó silencio. Pamela, su agente de prensa, sentada en la mesa de al lado, la fulminó con la mirada.

Aquel artículo valía oro: una doble página en Twin , la revista mensual femenina más leída por un público difícil de conquistar, con publicación prevista para las fiestas.

La periodista, Géraldine Scordel, garabateaba en su cuaderno mientras fruncía los labios.

Léane aceptaba a regañadientes participar en el tedioso juego de las entrevistas, pero se negaba a cualquier grabación de audio, así como asistir a los programas de radio y televisión.

Además, exigía revisar los artículos antes de su publicación para asegurarse de que se refirieran a ella en masculino.

Por supuesto, nada de fotos: nadie debía ver su rostro.

Aunque un puñado de personas sabía que Enaël Miraure y Léane Morgan eran la misma persona, el gran público ignoraba que, detrás del autor de sus noches en vela, se escondía una mujer.

La novelista siempre había sabido proteger su vida privada, incluso en los rincones más dolorosos.

—¿Cómo resumiría su novela? Su historia, quiero decir.

—¿La ha leído?

—Leo todos los libros de los que hablo. Pero me gustaría escuchar su versión.

Léane dio un trago a su copa de chardonnay para intentar disimular los nervios.

Siempre le había costado hablar de sus libros.

La entrevista tenía lugar en una cafetería anónima del distrito 10 de París, lejos de los barrios elegantes y de los lugares habituales para ese tipo de encuentros.

Hizo un esfuerzo sobrehumano para repetir lo que ya había contado una decena de veces.

—Es la historia de Judith Moderoi, una mujer normal y corriente, maestra, que mantiene una relación con un viejo escritor solitario, un hombre con un pasado turbulento que vive en una inmensa villa en Bréhat, una isla bretona, y que llevaba años sin publicar una novela.

—Janus Arpageon…

—Sí, Arpageon. Él invita a Judith a leer su manuscrito, todavía sin título y del que no ha hablado con nadie: se trata de una sórdida historia de violaciones y asesinatos de adolescentes cometidos por un escritor, Kajak Moebius.

Arpageon todavía tiene que escribir las diez últimas páginas y, lo más importante, revelarle a la Policía de la novela el lugar donde están enterradas las víctimas de Kajak .

A Judith le parece una obra magistral, pues ignora que Arpageo ha escrito su propia historia, y que Kajak , el personaje principal, es él mismo.

—Una especie de autobiografía novelada.

—Más bien es la larga confesión de un violador y asesino reincidente que jamás ha sido atrapado, y que decide contarlo todo a través de una novela durante sus años de vejez.

Cuando anuncia que va a enviar su manuscrito a su antiguo editor antes de redactar el desenlace, Judith decide secuestrarlo y torturarlo para obligarlo a acabar la novela.

—Como en Misery , de Stephen King. ¿Lo ha leído?

—Por supuesto, y soy muy consciente de que algunos lectores van a hacer comparaciones, como acaba de hacerlo usted. Pero el enfoque que le doy no tiene nada que ver. Es más bien un homenaje que otra cosa.

—Tiene pasajes duros… Hay una escena estremecedora de una violación cometida por Arpageon en el pasado.

También describe con detalle la fabricación de un instrumento de tortura que Judith utiliza para triturarle el pie, e incluso menciona la lista del material que compra en la tienda de la esquina.

Explica cómo eliminar rastros de ADN con lejía, recuerda que la cal viva permite enterrar un cadáver sin dejar vestigios ni olores, y revela algunas técnicas utilizadas por la Policía.

¿No le preocupa que eso pueda perjudicar a los agentes de verdad?

¿O que personas con malas intenciones puedan servirse de las ideas de sus libros con fines indebidos?

—La historia de nunca acabar… ¿Nosotros, los escritores de novela negra, fomentamos la violencia en el mundo?

¿Es eso lo que intenta decir? ¿De verdad cree que las personas con malas intenciones, como usted las llama, esperan a que se publique mi novela para actuar?

¿Que la van a usar como si fuera un libro de recetas?

Quien comete un asesinato o una violación lo hace por impulso, por odio, por rabia o por traumas de la infancia.

La novela no es más que una excusa, o un detonante, si quiere interpretarlo así.

Pero volvamos a mi historia, que de eso se trata, ¿no?

—Por favor.

—Arpageon se enfrenta a su torturadora y se niega a escribir el final.

Entonces Judith lo asesina de un disparo en la cabeza con una SIG Sauer, el arma por excelencia de la Policía, y se deshace del cuerpo utilizando una técnica que el propio Arpageon describe en su libro: con cal viva, en un hoyo cavado en el bosque, a un metro cincuenta de profundidad…

Léane esbozó una sonrisa tensa y continuó:

—Sí, lo sé, eso contradice todo lo que acabo de decir sobre que las personas malintencionadas no se inspiran en la ficción. Pero, en este caso, es ficción dentro de la ficción, ¿entiende? Así que sigue siendo ficción.

—Entiendo.

—En fin, prosigamos. Después, Judith se inventa el desenlace, con el objetivo de revelar por fin el famoso lugar donde están enterradas las víctimas.

—Ella escribe el final de la novela, una decena de páginas de las quinientas que conforman el manuscrito.

—Sí, se las apaña como mejor puede. No le queda más remedio que tomar decisiones, hacer elecciones que quizá no habrían sido las mismas que las del autor. Y se le ocurre un título algo irónico: El manuscrito . Luego envía el libro al editor, que lo publica de inmediato.

—El mayor timo del mundo editorial: publicar un libro que no ha escrito uno mismo, sino que ha sido robado a otro…

—Exacto. Salvo que, en este caso, se vuelve en su contra.

Por supuesto, tuvo su minuto de gloria, pero solo hasta que la Policía se presenta en su casa.

Solo podía haber una persona que supiese que los asesinatos descritos en el libro eran reales: el asesino.

En ese instante, Judith descubre que Arpageon era un auténtico asesino en serie, que había escrito su propia vida.

Y que, al robarle su historia, ella tomaba su lugar.

La periodista, que escribía anotaciones, poseía una caligrafía completamente ilegible.

—Y cayó de lleno en la trampa. Es una idea brillante. He de admitir que es un giro argumental muy logrado.

—Gracias.

—Lo digo de corazón. También es una hermosa estructura abismada de su oficio: usted, una novelista que cuenta la historia de un escritor, Arpageon, que a su vez narra la historia de otro escritor, Kajak Moebius.

Y salta a la vista que todos esos personajes entrelazados están profundamente atormentados.

Es como una inmersión en la psique humana, una especie de descenso al laberinto de la mente, hasta sus capas más profundas.

Kajak Moebius es monolítico, bestial, una representación del instinto violento.

Arpageon, en cambio, es más comedido, arrastrado por sus miedos y obsesiones. Un poco como usted, ¿no?

—No sé, eh… Me da la sensación de que, sin eso, no tendría nada que contar. Necesito que mis personajes sufran. Son como… destellos durante el proceso de escritura. Una especie de cortes con un cuchillo en mi cabeza.

La periodista le lanzó una mirada rápida a la asesora de prensa. Luego se aclaró la garganta.—¿Tiene algo que ver con su pasado?

—Tuve una infancia feliz, normal, si eso es lo que quiere saber. No siempre tiene por qué haber una persona atormentada o un psicópata detrás de un escritor.

—Suele haber un motivo oculto que impulsa a alguien a escribir, pero pasemos a otro tema. La escena final transcurre en los acantilados de Étretat, a la altura de la pasarela y del pico que usted llama «La Aguja Hueca». ¿Es un homenaje a Maurice Leblanc, como antes a Stephen King?

—A Maurice Leblanc, a Conan Doyle, a Agatha Christie… Un homenaje a la literatura policíaca en general, al whodunit , «¿quién lo ha hecho?». Pero, por favor, no mencione el final en su artículo.

—Faltaría más. Pasemos a otra cosa. Cuando uno tiene alguna conexión con la Policía, como es mi caso, no es complicado encontrar similitudes entre el modus operandi del asesino de su novela y el de Andy Jeanson, que, a diferencia del suyo, es completamente real.

Los dedos de Léane se tensaron alrededor de la copa.

—Igual también me inspiro en las noticias. ¿Algún problema?

Géraldine Scordel dejó su bolígrafo sobre la mesa, se quitó las gafas y se masajeó los ojos.

—Escuche, no me voy a andar con rodeos. Una fuente de confianza me ha asegurado que Sarah Morgan es una de las víctimas del Viajero, aunque el asesino en serie sigue sin revelar dónde está el cuerpo.

También sé que el juicio todavía no se ha celebrado y que se trata de un caso delicado.

Huelga decir que no me arriesgaría a mencionarlo en mi artículo sin que usted me diera su versión de los hechos.

Soy consciente de que desea permanecer en el anonimato, pero plantéese el siguiente artículo: Enaël Miraure es una mujer, y se abre en canal para contar la tragedia que vivió hace cuatro años con la desaparición de su hija, y todo lo que vino después, hasta la detención del asesino en serie Andy Jeanson, hace dos años.

Se giró hacia la asesora de prensa.