El manuscrito Capítulo 3
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Capítulo 3

Un coche de la gendarmería de Touvet ya estaba estacionado en el lugar cuando V parece dispuesto a negociar.

Un disparo al suelo. Esta vez, el propietario del Ford retrocede dos pasos.

Todavía con actitud amenazante, Rose cierra el depósito de la gasolina, se sube al coche y arranca a toda velocidad.

Al principio inmóvil, el desconocido termina por desaparecer del ángulo de la cámara. El gendarme pausó la grabación.

—Creemos que huyó en dirección contraria a la autopista.

A la derecha del área de descanso hay una franja con árboles y, después, campo abierto.

A quinientos metros hay una salida, que lleva hacia varios pueblos y otras carreteras comarcales.

Teniendo en cuenta su comportamiento y el hecho de que conducía con una matrícula falsa, no esperé a que llegasen ustedes para avisar a la gendarmería de la zona.

Es de noche y hay pocas probabilidades de que lo encuentren, pero nunca se sabe.

—Ha hecho lo que debía. ¿Algún testigo?

—Ninguno por ahora. El gerente estaba en estado de shock tras el atraco y no se fijó en nada. Yo mismo me encargué de revisar todas las cámaras, y eso es todo lo que tenemos.

—Así que no tenemos ni idea de cómo es físicamente… En cualquier caso, habrá que echarle un vistazo al historial de la videovigilancia y comparar los modelos de los vehículos. Puede que nuestro hombre ya haya pasado antes por aquí a echar gasolina con su matrícula real.

Vic salió de la tienda acompañado por los dos hombres, y se acercó al surtidor número 4. El gendarme señaló la manguera de combustible, que seguía tirada en el suelo.

—¿Tal vez podríamos sacar una muestra de ADN de la manguera?

—En el vídeo se ve que llevaba guantes. Pero no se preocupe por el ADN, vamos a recoger de sobra en su coche.

Vic se fundió en la noche mientras observaba las luces de las casas en lo alto, aferradas a las montañas.

Cientos de destellos plateados, de vidas suspendidas en el espacio.

El hombre al que buscaban se había desvanecido entre aquella miríada de estrellas.

¿De dónde venía con un cadáver mutilado en el maletero?

¿Y hacia dónde se dirigía? El policía pensó en la joven víctima, con las manos cortadas.

Tal vez sus padres estuviesen esperando su regreso en alguna de esas casas.

Quizá su madre ya la estuviera buscando, o su padre hubiera llamado a sus amigas.

Una cosa era cierta: no volverían a verla jamás.

Se dio cuenta de que estaba contando las luces, de que una maldita voz en su puto cerebro hecho polvo quería saber cuántas lámparas seguían encendidas desde el área de descanso de Le Touvet, en el departamento de Isère, como si fuera una información de vida o muerte.

Otros números giraban sin parar en su cabeza: el euro con treinta y cinco que costaban las chocolatinas —dieciséis céntimos más caras—, los cincuenta y siete litros y treinta y tres centilitros que había visto en la pantalla digital del surtidor 4 y los horarios de apertura y cierre de la tienda.

Y se acordaría para siempre de todas aquellas cifras, hasta el día de su muerte, sin saber muy bien de dónde provenían.

Mientras tanto, veía a Morel charlando con el gendarme, seguramente explicándole que su compañero era un tipo un poco raro, que no hablaba demasiado, pero que ya se había acostumbrado después de más de diez años trabajando juntos.

Con un suspiro, Vic hizo una llamada rápida a un técnico de la Policía judicial que se había quedado en el lugar del accidente, para pedirle que comprobara si el número del chasis era legible —evidentemente, precisó que, en ese modelo de coche, debería encontrarse grabado en la carrocería, en la parte delantera derecha, justo debajo del parabrisas—, y colgó tan pronto obtuvo la respuesta.

Luego volvió junto a los dos hombres y se dirigió a su compañero:

—El número de serie del chasis del vehículo ha sido borrado.

—Qué precavido el tío. Sin rostro, matrícula falsa, sin número de serie. Y, para colmo, un Ford gris…, como si no hubiera tropecientos por toda la región. No será fácil localizarlo a través del coche.

Vic se metió las manos en los bolsillos.

—Por muchas precauciones que haya tomado, esta noche nos hemos colado en su mundillo sin que se lo esperara. Ojalá seamos su regalo de Navidad más preciado.