Capítulo 2
La luz blanca y fantasmal del alumbrado, la noche al acecho tras los árboles, como un reptil listo para surgir, y los contornos oscuros y dentados de las montañas al fondo dibujaron en la mente de Vic Altran un cuadro de Pierre Seinturier.
El policía de la brigada de investigación criminal no conocía al artista ni sus obras; sus ojos tan solo se habían cruzado con su nombre y uno de sus dibujos cuatro años atrás, en algún lugar, sin duda en una galería de arte en Grenoble.
Su cerebro había ido a buscar la información como el brazo mecánico de una jukebox , y la había colocado en su conciencia sin poder evitarlo.
Unos quince hombres ya se movían por el lugar de la tragedia, abrigados con cazadoras y gorros que protegían su cabeza: bomberos, agentes aduaneros y funerarios, un equipo de la Policía científica, y sus compañeros de la Policía judicial de Grenoble, Ethan Dupuis y Jocelyn Mangematin.
Saludó a cada uno de ellos por su nombre de pila y le repitió a su compañero de equipo, Vadim Morel, que le diera instrucciones al fotógrafo forense.
Morel le sirvió un café fuerte de un termo que siempre llevaba encima, sobre todo cuando las temperaturas congelaban tanto las copas de los árboles como los dedos humanos.
Con el vaso en la mano y la nariz escondida bajo la bufanda, los dos hombres se dirigieron hacia el quitamiedos.
Desde lejos, cualquiera podría haberlos confundido —ambos de cabello moreno, fisionomía similar y media vida a sus espaldas; los llamaban «V otro rostro que Vic guardaría en su catálogo interior.
Se la devolvió y echó un vistazo por encima del quitamiedos.
Consiguió discernir, más abajo e iluminados por el corazón de la noche, a los trabajadores de la Policía científica.
—¿Cómo han bajado hasta ahí?
—Por un sendero un poco más alejado.
Se acercaron al vehículo de cristales tintados, cuya puerta delantera derecha estaba abierta. Morel señaló los elementos colocados en bolsas de pruebas precintadas que se encontraban sobre el asiento.
—Se hallaron en el suelo, en el lado del copiloto: algo de pasta, una Beretta y un teléfono móvil con la pantalla hecha trizas. Pero lo que nos interesa está en el maletero.
En el maletero del vehículo accidentado se hallaba el cadáver de una mujer, medio envuelta en una lona verde. El cuerpo había sido impulsado hacia el fondo del compartimento por la violencia del choque.
La cabeza estaba dentro de una bolsa de plástico transparente, sujeta con una goma elástica gruesa y azul alrededor del cuello, y girada hacia la luz exterior de los halógenos.
El rostro había sido despellejado —una superficie roja como lava en ebullición—, dos órbitas vacías que parecían aguardar sus ojos.
En un rincón del maletero había bidones de productos de limpieza, lejía, cubos, fregonas, una pala y dos sacos de cal viva.
Vic levantó la lona. Le faltaban ambas manos, cortadas de un tajo limpio. Los antebrazos estaban envueltos en plástico hasta los codos, sujetos con cinta adhesiva en lugar de gomas elásticas como en la cabeza.
—Qué asco. Podías haberme avisado.
Vadim Morel alzó su vaso en un gesto que venía a decir: «No hay de qué».
—Me parecía que te habías levantado con el pie izquierdo. ¿Es por el divorcio?
—Nathalie quiere quedarse con MammaM [1] . ¿Te das cuenta de lo que pretende? ¡Es mi perra! Y ahora quiere añadirla a la infinita lista de todo lo que ya me ha quitado. Una forma muy emotiva de poner fin a un matrimonio de quince años, ¿no te parece?
—Sin intención de hacer un chiste de mal gusto…, les das la mano y te cogen el brazo. Y, hablando de manos, si las estás buscando, están en esa esquina, ahí.
Vic se hizo a un lado para no bloquear la luz artificial. Se fijó en una bolsa gruesa, también sellada con cinta adhesiva, junto al guardabarros derecho, cerca del compartimento del gato. Era el tipo de bolsa que se usaría para congelar comida.
—¿Estaban así embaladas?
—Tal cual. Nadie las ha tocado. Lo mismo con los brazos y la cabeza: bien empaquetadas como si fueran simples trozos de carne. El tipo era precavido, tuvo cuidado de no ensuciar el coche.
—¿Y los ojos y el rostro? ¿Dónde están?
—Ni idea. En el coche no, eso seguro.
Vic alzó el paquete y lo orientó hacia las linternas. Las manos, cuyas palmas estaban apoyadas la una contra la otra, terminaban en unos dedos cerosos. El radio y el cúbito parecían haber sido cortados con un tajo limpio. Morel sacó un chicle de una cajita y se lo metió en la boca.
—Todo apunta a que el cráneo está destrozado por la parte posterior. Tal vez le haya desgarrado el rostro con un bisturí, y le haya sacado los ojos con una cucharilla, como en las pelis. Ya sabes, en plan Hannibal Lecter. Cuesta creer que ese cabrón no tuviera ni veinte años.
Vic volvió a dejar la bolsa en su sitio y se concentró en el cadáver.
La víctima parecía ser una mujer joven, de cabello corto y rubio.
Estimar su edad era misión imposible, ya que no tenía ni piel ni ojos, y la sangre se había endurecido en la superficie, como magma solidificado.
Quizá tendría alrededor de veinte años. Teniendo en cuenta la presencia de la pala y la cal viva, que acelera la degradación de las materias orgánicas, era bastante evidente que Quentin Rose planeaba enterrar el cuerpo en algún sitio.
—¿Ninguna identificación sobre ella?
—Nada de nada. Lo sabremos cuando le realicen la autopsia, pero no será hasta mañana por la tarde, y eso siendo optimistas.
Los forenses están desbordados desde hace dos días por el accidente de autobús en Chamrousse.
Y prefiero no pensar en los posibles resultados de los análisis de ADN.
A lo mejor nos llegan dentro de diez años, con algo de suerte.
—Ah, sí, Chamrousse…
El teléfono de Morel empezó a sonar.
—Perdona, es Poirier. He pedido una verificación de matrícula. Al menos eso es rápido.
Se alejó para atender la llamada. Vic sorbió el café, el vaso apretado entre sus guantes gruesos.
Las manos forman parte de los marcadores de identidad de una persona, al igual que el rostro y los ojos.
Las huellas dactilares, el color del iris, la forma de la nariz…
Era evidente que había una intención clara de hacer que aquella mujer fuese anónima.
¿Planeaba Rose deshacerse de las manos en un lugar y del resto en otro distinto?
¿Adónde se dirigía? En aquel caos infinito de alerces y pinos, ¿dónde podría enterrar a su víctima sin la sombra de un testigo?
Vic detestaba los primeros pasos de un caso, pues existían tantas direcciones a seguir que normalmente le provocaban migrañas.
Con un poco de suerte, este asunto podría acabar incluso antes de comenzar, ya que el principal sospechoso —un rostro en un documento de identidad— estaba muerto.
Pero había un único problema: como él jamás respondería a sus preguntas, deberían buscar las respuestas por su cuenta.
El policía analizó los alrededores: los destellos crepitantes de las cámaras, los pinos alzándose al fondo, la curva del asfalto con líneas blancas, su jefe de equipo discutiendo con el sustituto del fiscal, también sacado de la cama a rastras en plena noche.
Un cuadro lúgubre se pintaba en directo en su memoria; una fracción de horror de una precisión extrema, robada en el instante presente.
Durante la siguiente hora, el magistrado autorizaría el levantamiento del cadáver, el coche sería remolcado y daría comienzo la investigación, justo cuando quedaba una semana para Navidad.
Serían sus primeras vacaciones a solas con su perra, sin su hija ni su mujer, con la convocatoria en el tribunal para el 12 de enero, momento en que Nathalie y él lucharían por la custodia de Coralie.
No podía decir que estuviera afrontando la segunda mitad de su vida bajo los mejores auspicios.
Tras colgar la llamada, Vadim Morel corrió hacia su jefe y luego le hizo un gesto a Vic para que lo siguiera.
—Ha habido un atraco en una gasolinera, a unos veinte kilómetros de aquí, en la A41, entre Chambéry y Grenoble. Ocurrió poco antes de las diez de la noche. He venido con el jefe, así que nos llevamos tu chatarra.
Se subieron al coche de Vic. Morel apartó un montón de papel del asiento del copiloto y unas latas vacías de Coca-Cola, que lanzó a la parte trasera.
—Esto es tan caótico como tu cabeza. Y encima huele a mierda, joder. ¿Cuándo piensas poner un poco de orden aquí dentro? Ahora entiendo por qué no quieres que me pase por tu casa. Sin tu mujer, debe de ser Chernóbil.
—Deja en paz mi casa, mi mujer, mi perro, y dime qué pinta un atraco en todo esto cuando tenemos dos cadáveres entre manos.
Morel tuvo que hacer fuerza con el cinturón para abrocharlo. Escupió el chicle, cogió una pastilla de menta de una bolsita que llevaba en la guantera y la examinó antes de metérsela en la boca.
—El tío apareció de la nada, mangó unos cientos de euros de la caja y se piró con un coche robado, después de amenazar a un conductor que estaba echando gasolina.
—Déjame adivinar: ¿Quentin Rose robó un Ford gris?
—Y el cadáver que venía con él, efectivamente.
1 Notación original.