Capítulo 1
Cuatro años más tarde
Poco después de salir de la gasolinera, Quentin cogió el móvil de última generación que se encontraba sobre el salpicadero.
Intentó desbloquearlo, pero el cacharro estaba protegido con identificación por huella dactilar.
Lo apagó —se negaba a que lo rastreasen mediante geolocalización—, lo lanzó al asiento del copiloto y pulsó el botón para poner la radio.
El rapero Nekfeu, con su tema Nique les clones , sustituyó la música clásica del CD y propagó su punzante discurso a través de los altavoces del sedán.
«Ya no veo más que clones, todo esto empezó en el cole. ¿De quién te aprovechas para seguir adelante? Aquí, todo el mundo interpreta un papel soñando con ganar millones. Y yo florecí como una rosa entre las ortigas».
Quentin se limpió el sudor de la frente, bajó la cremallera de la chaqueta bómber y miró por el retrovisor.
No había nadie en la carretera, solo curvas, la noche y el muro oscuro de las montañas.
A pesar de lo que acababa de hacer, se sentía bien, sereno y libre.
Le gustaba aquella atmósfera de fin del mundo, lejos del hormigón, del ruido, de los gritos de las mujeres golpeadas por sus vecinos de rellano.
Pronto dejaría atrás los gigantes de granito y regresaría a su desgraciado bloque de viviendas en Échirolles, donde se pasaría el día durmiendo, fumando porros y jugando a la Play hasta la próxima vez.
El teatro de su vida miserable, resumido en tres actos.
Miró de reojo los billetes esparcidos sobre el asiento del copiloto, bajo su Beretta y el móvil.
No era mucho, pero llegaría el día en que tendría suficiente dinero ahorrado.
Él también se marcharía, como su padre, pero no por los mismos motivos.
Acarició la cruz que colgaba de una cadena de oro enganchada al retrovisor y sonrió. Dios velaba por él.
El resplandor azulado de las luces giratorias lo sorprendió al salir de una curva cerrada.
Bajo el destello de los faros de su coche, un hombre ataviado con un chaleco naranja agitaba una barra luminosa.
Había un camión pesado estacionado a lo largo del aparcamiento, que estaba siendo inspeccionado por un pastor belga malinois y su guía canino.
La aduana francesa.
Quentin maldijo. Después de llevar a cabo su jugada, había salido de la autopista y se había adentrado en las curvas montañosas para evitar ese tipo de líos.
Soltó el pie del acelerador. ¿Qué demonios hacían allí esos cabrones a esas horas de la madrugada, y en pleno parque natural de Chartreuse?
Los agentes aduaneros eran como la rabia: no se conformaban con un simple control de identidad, lo registraban todo a fondo y metían a su alimaña de cuatro patas en la cabina y el maletero.
Durante una fracción de segundo, se planteó dar media vuelta, pero, entre la estrechez de la carretera, el quitamiedos y el barranco, huiría pisando huevos.
Y, además, el agente ya le había echado el ojo y le hacía señas para que se apartara en el arcén.
Respirar, no desmoronarse, pensar… Cinco hombretones.
Tres vehículos, dos de ellos Peugeot 308 trucados.
El joven tenía la ventaja del factor sorpresa, así que tomó una decisión.
Total, no tenía otra alternativa. Fingió que reducía la velocidad, como si fuera a aparcar, y, cuando el tipo llegó a la altura de la ventanilla abierta del lado del conductor, pisó a fondo el pedal derecho.
Escuchó los gritos de los hombres y vio cómo dos de ellos se abalanzaban hacia sus vehículos.
Quentin conducía por su vida, por su libertad.
Le esperaban una decena de kilómetros de curvas traicioneras antes de llegar a Grenoble.
No había escapatoria: solo darle caña al acelerador y rezar por salir con vida de aquel infierno de asfalto.
Con el historial que arrastraba, le caería un buen paquete si lo atrapaban. Ya no tenía nada que perder.
Una sirena rompió el silencio en el desierto mineral de las montañas.
Quentin encadenaba acelerones y reducciones de marcha como si estuviera en un videojuego.
Las mismas sensaciones, pero esa vez con un billete al infierno en juego.
En una ocasión, evitó por los pelos un quitamiedos y rozó el precipicio.
Los neumáticos traseros chirriaron y el vehículo zigzagueó, pero logró mantener el control.
Quentin soltó un grito de rabia, pues acababa de sacarles unos cincuenta metros a sus perseguidores.
Tan hábil como su piloto virtual en el circuito de Nürburgring.
Su último pensamiento fue para su madre, cuando la Parca le cobró su billete tres curvas más adelante.
No llevaba puesto el cinturón de seguridad, así que, en el momento del impacto contra los bloques de hormigón de una barrera de seguridad, atravesó el parabrisas: parte de su cuerpo quedó sobre el capó, mientras que la otra fue retenida por el airbag.
El vehículo continuó dando bandazos unos diez metros más, bajo una lluvia de chispas, hasta detenerse por completo al borde del barranco.
La frenada instantánea de treinta kilómetros por hora a cero no fue tan violenta.
De hecho, la fina cadena con la cruz permaneció enganchada al retrovisor.
Pero, finalmente, Quentin salió despedido y sufrió una caída de más de cuarenta metros, como una cerilla arrojada al vacío.
Su cráneo fue el primero en estrellarse contra las rocas, y la brusca desaceleración provocó que sus órganos internos explotaran.
El corazón se desprendió de la aorta y le reventó un riñón.
Su existencia, sus dieciocho años, todos sus recuerdos, sus risas y sus llantos, se pulverizaron en menos de un segundo, en una carretera anónima de montaña entre Chambéry y Grenoble. El vehículo había sobrevivido, salvo por los cristales, hechos pedazos, y la parte izquierda, destrozada.
El conductor del Peugeot 308, Marc Norez, agente aduanero desde hacía veintidós años, llamó a la Policía y a los bomberos.
Aquella noche, que debería haber sido tranquila, terminó convirtiéndose en una auténtica pesadilla.
Había tenido tiempo de ver el rostro del fugitivo antes de la persecución, justo en el cordón policial.
De aquellos rasgos tan jóvenes que recordaba, solo quedaba una silueta minúscula sin cabeza, apenas visible a pesar del alcance de su linterna.
Qué lástima. ¿Por qué el individuo se había dado a la fuga?
¿A qué le temía? ¿Qué hacía en aquella carretera aislada a esas horas tan intempestivas?
Norez conversó durante cinco minutos con su compañero de equipo, luego bordeó el quitamiedos y se dirigió hacia el resto de sus compañeros, que acababan de llegar.
Cuando el pastor belga y su dueño salieron del coche, el animal se mostró inquieto de inmediato.
Se lanzó como una flecha hacia el maletero intacto y empezó a ladrar, al tiempo que arañaba la pintura con las patas.
Uno de los agentes, arma en mano, pulsó el botón para abrirlo.
Retrocedió al descubrir el cadáver de una mujer.
Le habían arrancado el rostro.