El manuscrito
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Prólogo
El invierno: hambriento, agresivo, implacable.
Desalentaba a los corredores de los domingos y, con su ala helada, daba un fin prematuro a todos los propósitos de Año Nuevo.
Sarah no pensaba lo mismo; lo veía como una motivación extra para llevar a cabo su entrenamiento.
Cada vez quedaba menos para los campeonatos departamentales de carreras de medio fondo, y ella planeaba brillar en cada uno de ellos.
Con la cabellera rubia escondida bajo un gorro de lana azul y verde, las manos protegidas por sus guantes de running y el brazalete reflectante apretado alrededor del brazo, la estudiante de secundaria de diecisiete años descendió las escaleras de la villa y se asomó al despacho.
—¡Mamá, me voy!
Nadie le respondió. Sin lugar a dudas, su madre se encontraba paseando por las dunas o a la orilla del mar, en busca de inspiración para su próxima novela.
Respecto a su padre, jefe de obra en la restauración del patrimonio, nunca llegaba a casa antes de las siete de la tarde, y últimamente las siete se habían convertido en las diez de la noche.
Cada vez era más habitual que sus padres no se cruzaran, que no se dedicaran ni una mirada, que cenaran en silencio, cara a cara, como un par de carpas doradas.
Por eso Sarah se negaba a casarse. Si ya le costaba aguantar tres meses con un tío, mejor ni hablar de pasar diecinueve años en el mismo acuario…
La Inspiradora se alzaba tras las dunas de la bahía de Authie, en el extremo sur de Berck.
A Sarah le parecía que «La Inspiradora» era un nombre un tanto cretino, pero fue entre las paredes de la villa —una ruina tirada de precio que habían adquirido hacía diez años y que, por aquel entonces, se conocía como La Rosa de las Arenas— donde Léane, su madre, maestra en aquella época, había escrito su primera novela de éxito.
Se accedía por un camino de asfalto lleno de baches, trescientos metros después de haber dejado atrás el faro blanco y rojo que vigilaba la costa.
En cierto modo, la casa anglonormanda marcaba el fin de la humanidad y el comienzo del reino de la naturaleza.
Los únicos visitantes se reducían a un puñado de gaviotas, posadas en lo alto del tejado de pizarra, constantemente azotado por el viento cargado de arena.
Sarah odiaba la arena, pues era una materia repugnante que se incrustaba hasta en el más mínimo resquicio, azotaba las ventanas y ensuciaba los coches.
Se sacó un selfi con los ojos alegres, como dos grandes lagos de luz azulada, y le envió la foto a su madre, acompañada del mensaje «He salido a correr», tras lo cual dejó el móvil sobre la mesa del salón, salió y cerró la puerta con llave.
La joven deportista pasó por delante del cobertizo de los carros a vela y se adentró en un sendero entre las dunas.
Unos metros más adelante, llegó a la vía asfaltada, la carretera que conectaba la bahía de Authie con la explanada.
En verano, el lugar se llenaba de caminantes, la mayoría atraídos por la colonia de focas y leones marinos que llevaba una eternidad allí asentada.
Pero en aquel 23 de enero de 2014, a las 17:30 h, en la oscuridad que las farolas apenas conseguían atravesar, no quedaban más que los fantasmas de los vendedores de gofres y los espectros inasibles de las cometas.
A pesar de que el frío no le molestaba, Sarah detestaba la temporada baja y solo anhelaba una cosa: escapar de la Costa de Ópalo.
Aquellas ciudades, ubicadas en el fin del mundo y carentes de vida la mitad del año, parecían cementerios marinos.
Sus restaurantes y bares permanecían escondidos tras las persianas metálicas; sus habitantes, encerrados en casa, bebiendo o dejándose consumir junto al fuego, aferrados a la túnica negra del invierno…
Un verdadero hogar para moribundos. Sus padres —sobre todo su madre, gracias a unos buenos derechos de autor— estaban a punto de comprar un piso en el centro de París.
Cambiar una villa de trescientos metros cuadrados en el corazón de las dunas por un apartamento de tres habitaciones en un quinto piso con vistas a la torre Eiffel les vendría de perlas.
A fin de cuentas, no se trataba de vender La Inspiradora, sino de tener un segundo domicilio en la capital.
Su madre jamás podría escribir sus historias de asesinatos y secuestros en otro sitio que no fuera junto al mar del Norte, pues tenía con su casa el mismo vínculo especial que un viejo marinero con su barco.
Léane estaba convencida de que la villa le daba buena suerte.
Supersticiones de una escritora, suponía la joven.
En media hora, Sarah apenas se cruzó con nadie, pues había cuatro gatos por la zona.
Las olas perezosas apenas pintaban de blanco la parte baja del dique.
Berck naufragaba como una ballena muerta hacia el abismo.
Cuando una neblina gélida comenzó a congelarle el rostro, la joven decidió dar media vuelta: era una motivada, sí, pero tampoco estaba tan mal de la cabeza.
Bordeó el hospital marítimo —el decorado perfecto para una película de terror— y pasó por delante del faro y su ojo de cíclope.
En la zona para las autocaravanas, se sorprendió al toparse con una decena de vehículos atrapados entre los cobertizos para botes y las montañas de arena.
Los tintineos de luz que surgían del interior delataban la presencia de los valientes que se habían acercado a la costa, a pesar del frío que pelaba.
Se los imaginó embutidos en pijamas calentitos, atontados viendo la tele o embriagándose con interminables partidas de cartas, acompañados por una botella de vino.
Se guio por la luz azulada de las farolas para regresar al borde de la bahía de Authie.
Tras un centenar de metros difíciles por la arena húmeda, guiada solo por la luz reflectante que llevaba sujeta al brazo, por fin logró percibir, a través de la neblina espesa, las luces difusas de la villa: latidos de vida en medio de aquel infierno de arena.
A pesar de las capas de ropa, el viento punzante del oeste le calaba hasta los huesos.
Ya comenzaba a imaginar los placeres de un buen baño, con los auriculares puestos y Happy , de Pharrell Williams, a todo trapo.
Cogió la llave del lugar donde la había dejado y la introdujo en la cerradura, pero la puerta no estaba cerrada con llave.
—¡Mamá, ya estoy aquí!
No se fijó en la sombra que se alzaba a sus espaldas, ni se dio cuenta de que levantaba el brazo para golpearla.
El dolor en el cráneo.
Después, la más absoluta oscuridad.
Seis meses más tarde, un mechón compuesto por quinientos doce pelos —ni uno más, ni uno menos— llegó por correo al buzón de La Inspiradora.
La Policía confirmó que eran de Sarah y relacionó el caso con el modus operandi de un individuo que todavía andaba suelto, autor hasta el momento de cuatro secuestros.
El sobre había sido franqueado en Valence, en el departamento de Drôme, a ochocientos kilómetros de allí.
Léane y Jullian Morgan no volvieron a ver a su hija.