Capítulo veinticuatro
CAPÍTULO VEINTICUATRO
W esley se quedó boquiabierto cuando me reconoció.
—Molly. ¿Qué haces aquí? —Luego, como si se diera cuenta de cómo había sonado, trató de arreglarlo—. Creía que estabas pasándotelo bien en el baile.
—Sí, sí. —Me devané los sesos tratando de decidir qué le decía—. Esto…, es que he quedado con alguien. En el pub . Y luego volveré dentro.
Aunque la excusa era mala donde las hubiera, no lo puso en duda. Al fin y al cabo, el Headless Monk quedaba más cerca de esa puerta que de la principal. Tras un momento, la abrió.
—Pues hasta luego.
¿Y ahora qué? Me moría de ganas de preguntarle por el móvil de Thad.
Cómo podía tenerlo. De dónde lo había sacado.
Por no hablar del paradero de El manuscrito maldito .
Me había fijado en que no llevaba zapatillas naranjas.
¿Eso quería decir que no había matado a su primo?
¿O lo de las zapatillas solo había sido una cortina de humo que yo me había empeñado en convertir en una pista?
Una cortina de humo naranja. Ya no sabía ni lo que me decía.
La puerta se cerró a nuestra espalda. Wesley le echó un vistazo al callejón al tiempo que me lanzaba miraditas. Tuve la clara sensación de que quería que me fuera.
—¿Esperas a alguien? —le pregunté. No era asunto mío ni tampoco muy sensato seguir alborotando el avispero.
—¿Por qué? —dijo con tono cortante—. ¿Y qué si espero a alguien?
—Por nada —contesté, pensando que Wesley estaba claramente a la defensiva. Era él, casi seguro que era él—. Nos vemos.
Eché a andar y lo dejé allí solo, debajo de la farola. ¿El pub estaba en esa dirección? «Sí». Uf.
Me había alejado un poco cuando me detuve, saqué el móvil, actuando como si hubiera recibido algo, y aproveché para enviar un mensaje al número de Thad.
«Me retraso. Llegaré lo antes posible».
Oí con claridad el sonido de notificación del móvil de Wesley, que empezó a escribir en la pantalla con furia.
Esta vez fue mi teléfono el que sonó.
«Cinco minutos máximo».
Bien por Wesley. No iba a dejar que el librero, por inventado que fuera, lo mangoneara.
Por desgracia, él también había oído mi móvil; bueno, el de prepago. Notaba su mirada acusadora desde donde estaba.
La adrenalina corría por mi cuerpo, pero era incapaz de moverme. Sentía las piernas pesadas y pegadas al suelo, como suele ocurrir en las pesadillas.
Wesley se acercó a mí a grandes zancadas.
—¿A qué juegas, Molly?
Me cuadré y cerré las manos en puños.
—No, ¿a qué juegas tú? —La mejor defensa era un buen ataque, ¿no? De modo que disparé mi única bala—. El inspector Ryan tiene tus mensajes. Así que ándate con cuidado. Con mucho cuidado.
Se detuvo a medio paso.
—¿Qué…? ¿El inspector…? ¿Has…? —Luego, puso el pie en el suelo y levantó las manos—. Yo no lo maté. Lo juro.
—¿Y por qué debería creerte? O sea, no yo, el inspector. Tienes el teléfono de Thad. Lo has tenido desde el principio. ¿Por qué no se lo has dado a la policía si eres inocente?
Bajó la barbilla.
—Creí que podría ayudar —balbuceó—. Me refiero a averiguar quién lo hizo.
La excusa era tan absurda que solo podía ser cierta. Me acerqué unos pasos.
—¿Se lo quitaste al…? ¿A él?
Eso sería truculento… e indicaría que no había llamado pidiendo ayuda tras la agresión. Fuimos nosotros quienes dimos el aviso y en ese momento el teléfono ya no estaba.
Negó con la cabeza.
—Sí, hombre. ¿De verdad crees que…? Se lo dejó en la habitación. Cargando. Lo vi allí y lo cogí antes de que llegara la policía y la registrara. Pensé que encontraría alguna pista. Que descubriría con quién había quedado. Quién lo había matado.
—¿Había dicho que había quedado con alguien?
Si Wesley sabía todo eso y no se lo había contado a nadie… No quería ser él cuando se enterara el inspector. Aunque Ryan tampoco iba a estar muy contento conmigo. Decidí que ya pensaría en aquello más tarde.
Wesley se cruzó de brazos.
—A mí no me contó nada. Dijo que iba a ir al parque a celebrar lo de las hogueras.
—Inclinó la cabeza hacia atrás lo justo para que la luz de la farola le iluminara la cara—.
Me preguntó si quería acompañarlo y le dije que no.
—Empezó a parpadear rápidamente. ¿Estaba llorando?
—. Si hubiera… —Tenía la voz ronca, casi rota—. Puede que…
Sentí mucha lástima por él. Conocía muy bien esa sensación de desamparo que lo invadía a uno cuando perdía a alguien.
—Ay, Wesley.
Se aclaró la garganta.
—Da igual. Sí, tengo su teléfono.
—¿Sabes quién pudo matarlo? —pregunté. Tal vez ese estudiante desgarbado hubiera hecho algún progreso, a diferencia de la policía y de mí.
—Todo empezó en la cacería —contestó—. Alguien ya lo intentó entonces.
—¡Eso mismo pienso yo! —dije animada—. No fue un disparo accidental.
—Josh estuvo conmigo todo el rato, así que no fue él.
Thad se había alejado y estaba solo, pero a la misma altura que los demás.
Sabía muy bien que no hay que adelantarse y ponerse en la línea de tiro.
—Señaló a su derecha, como si imaginara la escena—.
El disparo vino del este. Si hubiera sido alguien de la partida de caza, habría venido de la dirección opuesta.
—¿Le contaste todo eso a alguien? ¿A sus padres? ¿A la policía?
Wesley encorvó la espalda.
—Lo intenté, pero todo el mundo estaba empeñado en que había sido un accidente y le parecían monsergas. —Tocó los adoquines con la punta de las zapatillas—. A veces no hace gracia tener razón.
—Te entiendo —dije—. ¿Cómo se lo tomó Thad?
Lo pensó un momento.
—Le afectó bastante. Nos arrastró a un hotel de Edimburgo donde bebimos hasta la inconsciencia antes de tomar el tren de vuelta.
—Yo habría hecho lo mismo.
Edimburgo. ¿Dónde lo había oído mencionar antes? Daba igual. No era el momento ni el lugar de ponerme a pensar en eso.
Wesley levantó la cabeza.
—Así que le has enviado mis mensajes a la policía. ¿Y por qué motivo exactamente?
Sabía que llegaríamos a esa pregunta tarde o temprano. Traté de decírselo con mucho tacto.
—Reginald Dubold no va a venir. No hay comprador para el manuscrito.
Y la policía y yo sabíamos que él estaba involucrado en el robo. Eso me lo guardé, pero se sobreentendía.
Wesley se quedó pasmado. Luego, giró sobre sus talones, abrió la puerta y echó a correr.
Sí que era rápido cuando quería.
—¡Espera! —exclamé—. ¡Wesley!
Me abalancé hacia la puerta y la agarré antes de que se cerrara. Ojalá me hubiera mordido la lengua. Con fuerza. ¿Iba a deshacerse del manuscrito? ¿O incluso a destruirlo? Abatida y maldiciéndome por ser una bocazas, me levanté las faldas y salí corriendo tras él.
Por suerte, no se dirigió a los dormitorios, donde yo suponía que guardaba el libro robado, sino que continuó adelante, en dirección al patio principal. ¿Volvía al baile?
Lo perdí antes de llegar a la entrada arqueada que conducía a dicho patio, pero vi que era el único camino que Wesley podía haber tomado, así que crucé la galería.
Cuando salí por el otro lado, vi a un monje alejándose a grandes zancadas. Ahí estaba. Aunque sabía que era un pecado, atajé por el césped para acortar la distancia.
Él continuó sin detenerse y, cuando pasó bajo una luz, reparé en las zapatillas.
Vaya. Naranjas. ¿Ahora resultaba que estaba siguiendo a Oliver?
Aquello era un disparate, había gente disfrazada de monje por todas partes.
Los imaginé recorriendo los patios con las manos metidas en las mangas. Como seguramente hacían siglos atrás.
Exasperada con mi propia e incorregible imaginación, vi que aquel se acercaba al campanario.
Unos arcos recorrían la parte inferior del edificio, sobre los que se alzaba la torre que alojaba la campana.
Conforme me acercaba, vi entrar al monje de las zapatillas naranjas.
Otra persona surgió de las sombras. Wesley.
—Se acabó lo que se daba —dijo.
El otro monje se echó a reír y adiviné que se trataba de una mujer.
—¿De qué hablas?
Wesley le indicó que se acercara señalando el móvil y el otro monje se retiró la capucha con un gesto impaciente.
«Sophie Verona». Cuando llegó junto al joven, me percaté de que tenían una altura y una constitución muy similares.
Y de que llevaba zapatillas naranjas. Según Tim, habían vendido un montón de ese tipo. Tanto de hombre como de mujer.
¿Sophie era el corredor enmascarado sospechoso de asesinato? Thad y ella trabajaban juntos en el instituto, en cuya contabilidad, según Amy, pasaba algo raro. Sophie había dejado que Thad rehiciera el trabajo para obtener una nota más alta.
Y seguramente también se encontraba en Edimburgo, en la conferencia de Oliver, el día que dispararon a Thad mientras este cazaba.
—De que he recibido un mensaje de Reginald diciendo que tenía un comprador —dijo Wesley.
—¿De verdad? Eso es magnífico. ¿Ha mencionado la cantidad?
Sophie y Wesley se habían conchabado para robar el manuscrito y estaba segura de que Wesley se había encargado del trabajo sucio. Era el estilo que le pegaba a Sophie.
Wesley bajó el móvil.
—Déjame acabar. —Tras una pausa, prosiguió—: Los mensajes no eran de él, alguien ha usado un teléfono de prepago.
Me llamó la atención que no mencionara mi nombre. ¿Quería mantenerme alejada de la línea de fuego? Qué detalle por su parte.
—¿Se trataba de una broma? —preguntó Sophie con aspereza—. Aunque, si te ha enviado ese mensaje, es que está al tanto del asunto.
—Exacto —dijo Wesley—. Sabe que robamos El manuscrito maldito , pero eso no es lo peor. La policía tiene los mensajes.
—¡¿La policía?! —chilló Sophie antes de empezar a insultarlo y a darle manotazos en la cabeza y los hombros.
—¡Eh! —exclamó Wesley mientras se apartaba tratando de esquivarla—. ¡Para!
Llamé a la policía para informar entre susurros de una agresión, con los gritos y las protestas de fondo. Contaba con que Sophie confesara el asesinato de Thad cuando la interrogaran sobre ese altercado.
Wesley consiguió alejarse de los brazos que seguían atacándolo y salió corriendo del campanario con el hábito agitándose tras él. Yo continuaba con el teléfono en la oreja. ¿Sophie también huiría?
No, se quedó allí, caminando arriba y abajo. Decidí que la vigilaría para facilitarle el trabajo a la policía.
Acababa de colgar después de que me hubieran asegurado que unos agentes se dirigían hacia allí cuando oí unos pasos en el camino. Imaginé que se trataría de Wesley, que volvía para tener la última palabra, por eso no me sorprendí al ver un disfraz de monje.
Hasta que se retiró la capucha. Oliver.
—¿Sophie? —La llamó—. He estado buscándote. —Entró en el campanario y se acercó a ella—. ¿Qué ocurre?
Sophie le dio la espalda.
—Nada. He discutido con alguien, nada más. Dame un momentito.
—¿Y si volvemos al baile? Vamos a tomar algo y a celebrar tu ascenso.
—Eres de lo que no hay —dijo ella con voz admirada—. Creía que estarías resentido y enfadado.
—Y lo estoy —reconoció él entre risas—, pero no contigo. Con el doctor Cutler ya es otra cosa.
Mientras la pareja decidía qué hacer, vi que aquella era mi oportunidad para aclarar algunos temas. Puse el teléfono a grabar y me acerqué al campanario.
—Eh, Oliver —lo saludé—. Estás ahí. —Se volvieron hacia mí. Los dos iban vestidos idénticos, incluidas las zapatillas naranjas. Me eché a reír—. ¿Os habéis fijado en que los dos lleváis las mismas zapatillas?
Oliver levantó un pie y miró los de Sophie.
—Pues sí. Son mis favoritas.
—Las mías también —aseguró ella—. Las mentes brillantes… —Se arrimó un poco más a él y lo tomó del brazo.
—Enhorabuena, doctora Verona —la felicité—. Ya me he enterado de lo de su ascenso.
Sophie inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.
—Debo decir que, esta semana, el instituto ha elevado mi interés por la literatura gótica —proseguí—.
Y El manuscrito maldito me está gustando mucho.
Me encantaría leer su artículo, doctora Verona.
El que habla del justo castigo. —Me volví hacia Oliver, haciéndome la ingenua—.
Hablaste sobre ese tema en la conferencia de Edimburgo, ¿verdad?
—Era una ponencia conjunta —contestó Oliver. Le dio un ligero codazo—. Y menos mal, porque tuve que empezar sin ti.
Ella suspiró.
—Y eso que siempre presumo de ser puntual.
—¿Dónde estaba? —pregunté, tratando de contenerme. Aunque al final cedí a la tentación—. ¿Cazando un poco, quizá?
Abrió mucho los ojos.
—¿Qué? ¿Cómo…?
—Ha sido una corazonada —dije—. Decidiste disparar al azar contra Thad, usando la conferencia como tapadera.
¿O lo planeaste cuando descubriste que el pabellón de caza estaba muy cerca de la ciudad?
En cualquier caso, como no funcionó, lo intentaste de nuevo.
Qué lista, Sophie, desviando la atención hacia alumnos que tenían motivos para guardarle rencor.
—Molly, ¿de qué hablas? —preguntó Oliver con gesto desconcertado.
Sophie hizo el ademán de echar a correr, aunque para eso tendría que abrirse paso entre nosotros.
—Huye si quieres, pero no servirá de nada —le advertí—. La policía viene de camino.
Como si me hubieran oído, unas luces azules y blancas lanzaron destellos más allá de la puerta principal, reflejándose en los edificios.
Aun así, lo intentó, por supuesto, y nos apartó de un empujón. Oliver se me quedó mirando.
—¿Qué está pasando?
—Ella mató a Thad. Y participó en el robo de El manuscrito maldito . —Distinguí unos movimientos en la puerta que comunicaba con el patio y me acerqué a la cuerda de la campana—. Tápate las orejas.
Tiré de la cuerda y la campana sonó una, dos, tres veces. Eso atraería su atención. Thad Devine obtendría justicia. Y, con un poco de suerte, pronto devolveríamos el original de El manuscrito maldito a la biblioteca de Hazelhurst House.