El manuscrito maldito (Cozy Mystery 3) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

CAPÍTULO VEINTITRÉS

El manuscrito maldito (continuación)

El primer pensamiento que me asaltó tras la extraordinaria revelación del monje fue que jamás leería Las divagaciones de un monje .

Pese a que procuraba hacer lo correcto, era desazonadoramente consciente de mis imperfecciones y lo último que deseaba era verlas expuestas sobre el papel, por así decirlo.

También comprendí el motivo por el que Estella había leído el libro sin sufrir menoscabo: era un alma inocente, inclinada a pensar lo mejor de los demás.

—¿Qué hizo mi padre? —preguntó con expresión atribulada. Empezó a temblar—. Debió de ser horroroso si el hecho de enfrentarse a sus pecados lo llevó a la muerte.

—No nos corresponde a nosotros juzgarlo —contestó el monje, a mi entender, con suma prudencia. Esa vía, tratar de conocer lo incognoscible, solo le procuraría dolor a Estella. Su padre había fallecido y ya no había nada que pudiera hacerse.

—Su padre está en manos de Dios.

La joven se tapó la boca.

—Eso espero. En lugar de… la alternativa.

El monje le tocó un hombro.

—Rece por su alma, querida niña. Es lo único que nos queda.

Desde mi rebeldía ocasional, sentí que sus palabras apelaban a mi espíritu de contradicción.

—Seguro que no es más que un cuento. ¿Cómo puede ostentar semejante poder un simple libro?

Me lanzó una mirada furibunda por respuesta.

—¿Acaso desea probar suerte? ¿Por qué ha muerto tanta gente tras entrar en posesión de ese volumen maldito?

—Quizá murieron de miedo, sabedores de su fama —repuse—. Sus expectativas hicieron recaer sobre ellos su propia desgracia.

El hombre sacudió la cabeza con tristeza.

—Un pobre desgraciado vivió lo suficiente para escribir una carta en la que relató su experiencia.

La belleza del libro lo fascinó hasta que se adentró en él.

Dijo que vio las felonías que había cometido escritas con claridad ante sus ojos, con detalles que solo él podía conocer.

Falleció poco después, suplicándole el perdón a su familia.

En mi opinión, aquello no eran más que delirios producto de un estado de ánimo exaltado. En lugar de discutir, decidí dejar al monje en su solitario e incómodo refugio y regresar a la villa.

—Le deseamos buenas noches —dije, cogiendo mi lámpara—. Espero que duerma bien.

Nos siguió con la mirada mientras nos dirigíamos a la puerta.

—Su escepticismo es comprensible, pero le ruego que, en esta ocasión, no trate de demostrar que me equivoco. Si pudiera, impediría que ese libro se cobrara más vidas. Sin embargo, en tanto que la codicia del hombre no tiene fin, me temo que eso nunca ocurrirá.

Al principio, estuve a punto de replicar con la intención de aclarar que la codicia no tenía nada que ver con mi interés en el libro.

Luego, me vi obligado a reconsiderar sobre esa conclusión precipitada.

¿Acaso no había viajado tan lejos en compañía del señor Coates por la comisión que me había prometido?

Aunque el raro y afamado ejemplar ejercía una gran fascinación sobre mí, no habría recorrido tan largo camino de no haber existido una compensación.

Si no fuera por los honorarios acordados, en esos momentos estaría sano y salvo en casa, en Cambridge, metido en mi cama y profundamente dormido. Cuánto deseé que así fuera. Salvo… Estella me cogió del brazo cuando atravesamos el oscuro pasillo.

—¿Está preocupado por el señor Coates? —preguntó—. Yo sí.

Para mi vergüenza, no había vuelto a pensar en él durante la aventura que acabábamos de vivir. Tras comprobar que no se encontraba en su dormitorio, me había dirigido a las ruinas y lo había olvidado por completo.

—¿Por qué dice eso, signorina ?

—Estella. —Apretó la mano sobre mi brazo—. Después de lo que hemos pasado juntos, lo considero mi amigo.

—Matthew —respondí con un nudo en la garganta. Me honraba su aceptación y esperaba demostrar que era digno de ella, pese a que, como comprendí con pesar, mi nula preocupación ante el bienestar del señor Coates debía de resultar decepcionante.

La ayudé a abandonar las ruinas usando las piedras caídas a modo de escalones.

A continuación, emprendimos la vuelta a través del campo abandonado, plagado de trampas para los incautos.

Aunque el viento era frío y húmedo, resultaba tan vivificante como las estrellas que tapizaban el firmamento sobre nuestras cabezas.

Nos detuvimos a descansar a mitad de camino del jardín de la villa.

—Debería salir de noche más a menudo —dije, echando la cabeza hacia atrás—. Aunque en la ciudad es distinto; las luces y el humo suelen ocultar el cielo. Allí, la bruma del río arrastra un frío húmedo que cala hasta los huesos.

Estella se estremeció.

—Creo que yo tampoco saldría. Qué horror.

—Oh, Inglaterra también tiene sus cosas buenas. Así como Cambridge.

Le describí las aulas donde se impartía el saber, las calles pintorescas y los mercados repletos de productos excelentes, y comprendí que deseaba impresionarla con el atractivo de mi ciudad.

—Eso ya no suena tan horrible —reconoció ella, ciñéndose más el chal alrededor de los hombros—. ¿Seguimos? Está refrescando.

Cuando nos acercamos a la villa, me percaté de que las luces de la biblioteca estaban encendidas y supe de inmediato que encontraríamos al señor Coates allí.

Las librerías repletas de libros raros y selectos eran un canto de sirena para aquellos susceptibles de sentirse atraídos por ellos.

Unas horas antes, había tenido dificultades para apartarme de ellos, convencido de que había más tesoros esperando a ser descubiertos.

—Pasaré por la biblioteca antes de retirarme a mi habitación. Creo que el señor Coates está allí —apunté cuando entramos en la casa.

—Te acompaño —dijo ella—. Tal vez necesite sustento. —Me lanzó una mirada—. Puedo preparar una bebida caliente o algo de comer si te apetece.

Pese a que estaba helado y un ponche caliente no me habría venido mal, rechacé su oferta. No deseaba importunarla y la hora del desayuno no estaba lejos.

Habían encendido más lámparas, de manera que ya no necesité la mía para encontrar el camino a la biblioteca.

Estella ahogó un grito cuando entramos. Me volví hacia donde dirigía su mirada y vi al señor Coates recostado en una silla, con un libro abierto en el regazo.

Me asaltó una terrible certeza: el hombre había encontrado el manuscrito maldito y había cometido el error de leerlo.

Corrimos a su lado.

—Coja el libro, Estella.

Aparté la vista por temor a salir lastimado por una simple mirada. O, quizá, a que se me aplicara la condena que tanto merecía. La joven se hizo con el libro y lo cerró de golpe mientras yo me inclinaba sobre mi benefactor.

El señor Coates tenía la barbilla apoyada en el pecho y los ojos cerrados, por lo que traté de buscarle el pulso en el cuello. Lo encontré, débil y deslavazado.

—Está vivo. —Lo agarré por el hombro y lo sacudí con suavidad—. Señor Coates. ¿Señor Coates? ¿Me oye? —Me volví hacia Estella—. Llame al médico.

—Habrá que ir al pueblo, pero yo me ocupo.

Salió corriendo de la habitación, sin duda para despertar a uno de los criados.

—¿Señor Marlboro? Apenas lo veo. Todo está oscuro…, muy oscuro.

—Guarde la calma, amigo. Descanse. El médico llegará enseguida.

Con los ojos cerrados de nuevo, se humedeció los labios.

—No hay médico que pueda salvarme, es mi alma la que está enferma. —Esbozó una sonrisa torcida e irónica—. He caído en la trampa que quería tender.

Supe de inmediato a qué se refería.

—Pretendía eliminar a su tío con el libro para heredar.

De pronto todo cobró sentido. El señor Coates había buscado un regalo que halagara al viejo gruñón por su rareza y valor, sabiendo que, con un simple vistazo, el codicioso conde obtendría lo que se merecía.

Pese a que vivía bastante aislado, rodeado de libros, había oído hablar de él.

El conde representaba lo peor de Inglaterra, una mancha para quienes se jactaban de proceder de «noble cuna». No había nada noble ni honorable en él.

Sin embargo, el señor Coates había caído en su propia trampa. No había sido capaz de resistirse a la tentación de hojear el libro. Tras la experiencia de Estella, tal vez creyó que los rumores eran exagerados y que las muertes respondían a meras coincidencias.

El hombre alargó la mano y me agarró por la manga.

—Señor Marlboro. Se lo ruego. —Hizo una pausa, tratando de respirar—. No le entregue ese libro a mi tío. Ni a nadie. He cometido un grave error que me costará la vida.

—Claro que no —repuse, rezando para que se repusiera de algún modo. Quizá no congeniara con él, pero no deseaba que le sobreviniera una muerte prematura.

No volvió a hablar. Continuó sentado, con la barbilla apoyada en el pecho y la respiración cada vez más dificultosa. El reloj de la chimenea marcaba los minutos mientras esperábamos la llegada de la ayuda.

Apenas le quedaba aliento. Caminé por la alfombra atenazado por la urgencia. El viaje de ida y vuelta al pueblo no resultaría fácil en la oscuridad. ¿Y tras una tormenta? Podría haber rocas u otros obstáculos que impidieran el paso.

Nunca me había sentido tan impotente como durante la espera de ayuda en aquella ilustre biblioteca. Al otro lado de los altos ventanales, el cielo clareaba con el amanecer y, poco a poco, el pálido gris del horizonte empezó a teñirse de rosa.

El señor Coates seguía en la silla, inmóvil; ya apenas respiraba. La horrible imagen de un reloj que se quedaba sin cuerda asaltó mi mente, ese movimiento de las manecillas, cada vez más lento, hasta que finalmente se detenían por completo.

Así también nuestros años y nuestras horas se ralentizan y se interrumpen, ajenos nosotros a su fin inevitable. Mientras velaba al señor Coates, no pude por menos que reflexionar sobre mi propia vida, sobre si estaría satisfecho si muriera en ese instante.

Durante el tiempo que me quedara, debía esforzarme por hacer lo correcto, enmendar mis errores en tanto pudiera y tratar de obtener el perdón cuando no fuese posible.

Tal vez, pensé entre desvaríos, exhausto y sin apenas sostenerme en pie, el libro podía usarse como una advertencia: si temes lo que puedas leer en él, reflexiona. Mira en tu corazón y arrepiéntete.

El sol bañaba el horizonte de oro cuando oí unos pasos en el pasillo. Las puertas se abrieron de golpe y entró un hombre con un maletín, seguido por Estella y el criado.

Mientras el médico atendía a su paciente, la joven se acercó a mí.

—Siento haberte abandonado. He considerado que debía ir al pueblo yo misma, en compañía del criado. Temía que no se supiera transmitir la urgencia de la situación.

El médico quizá habría rechazado la petición de un criado, pero ¿la de la dueña de la villa? No, no desearía perder su auspicio.

—Ayúdenme a trasladarlo —ordenó el médico, indicando un sofá cercano.

Entre el criado y yo colocamos al señor Coates bocarriba, mientras Estella revoloteaba a nuestro alrededor, preguntando de qué modo podía servir de ayuda.

—Me temo que no hay nada que hacer —anunció el médico—. Solo busco que esté cómodo en sus últimos momentos. Su corazón ha sufrido una gran conmoción. Este hombre no llegará al mediodía.

Estella ahogó un grito.

—Lamento oír eso. Por favor, haga cuanto sea posible para que no sufra.

El médico frunció el ceño.

—Tal vez debiera llamar a un sacerdote para que le diese la extremaunción.

El manuscrito maldito se había cobrado una nueva víctima. Decidí que sería la última.