Capítulo veintidós #3
Tenía un mensaje. ¿De qué número? Sentí que el corazón me aporreaba el pecho cuando reconocí los últimos cuatro dígitos del de Thad. Lo sabía. Alguien se había llevado su móvil. ¿El asesino? ¿El asesino y el ladrón eran la misma persona?
«Tranquilízate y abre el mensaje».
Decía: «Me alegro. ¿Qué precio han aceptado?».
Oh, oh. No tenía ni idea de lo que habían convenido Dubold y el ladrón. ¿Qué le decía? Finalmente me decidí por algo impreciso.
«Más de lo que habíamos acordado. Están impacientes».
«Genial. ¿Cuándo podemos hablar? Me gustaría saber más, en persona».
¿Y ahora qué? Podía hacerme pasar por Reginald Dubold en un mensaje, pero no en la vida real.
Lo que sí podía hacer era montar guardia y ver quién acudía a ese encuentro imaginario.
Finalmente, ideé un plan.
«¿Frente a la Master’s Lodge Gate del St. Aelred en quince minutos?».
«Hecho».
Tenía un cuarto de hora para informar a Daisy y Tim de lo que ocurría antes de ir a la puerta.
Lo pensé un momento. ¿Y si le remitía los mensajes a Sean Ryan?
Como mínimo debería saber que alguien estaba usando el teléfono de Thad.
Sopesé si hacer lo mismo con sir Jon, dado que estaba investigando el robo de manuscritos.
Sin embargo, un par de cosas me convencieron de lo contrario, además de que quizá no le hiciera gracia que me inmiscuyera en su investigación.
No podía asegurar que lo que Dubold pretendía vender era el manuscrito.
O que Dubold hubiera sido el contacto. Solo eran suposiciones.
Lo único indudable era que alguien había usado el teléfono de Thad, todo lo demás era fruto de mi mente calenturienta.
En cualquier caso, sí se los pasé a Sean, con un comentario.
«Por casualidad, he descubierto que alguien está usando el teléfono de Thad. He pensado que deberías saberlo. No te preocupes, no voy a encararme con nadie en persona».
Ahora que el móvil de Thad estaba encendido, quizá podían triangular la señal y localizarlo con esa magia tecnológica que usaban para encontrarlos.
En lugar de esperar una respuesta, que seguramente me pondría de vuelta y media, guardé los teléfonos y cerré el bolso. Tenía que ir a buscar a Daisy y a Tim. Lo más probable era que estuvieran preguntándose qué me había ocurrido.
Seguían en la pista y, en cuanto ella me vio, se acercó a mí sin dejar de bailar.
—Vamos, Molly. —Me tendió las manos.
—Después. —Me incliné hacia ella para hablarle al oído—. Han contestado al mensaje. Es de Thad.
—¿Qué?
Se colocó una mano alrededor de la oreja.
Le di unas palmaditas al bolso.
—El teléfono de Thad —repetí, dándole unas palmaditas al bolso, y vi que Daisy asentía—. Voy a espiarlo sin que me vea. Master’s Gate.
Se apartó y arrugó la frente.
Junté el índice y el pulgar de cada mano para formar dos círculos y me los puse sobre los ojos. A continuación, deslicé un dedo sobre los labios, como si los cerrara.
Daisy dejó de bailar y puso los brazos en jarras.
—Te acompaño.
Negué con la cabeza. Me acerqué de nuevo a su oreja.
—Nos descubrirá. —Ya nos veía a los tres, a Daisy, a Tim y a mí, intentando escondernos detrás de un árbol—. No voy a decirle nada, lo prometo.
Daisy me agarró con fuerza por el brazo.
—Ten cuidado —dijo—. Si no has vuelto en diez minutos…
Me aparté y asentí. Me miró durante unos segundos antes de zambullirse de nuevo en la pista.
Cuando me pasé por el guardarropa para recoger mi abrigo, aún me quedaban cinco minutos. La Master’s Lodge Gate estaba en el siguiente patio, así que crucé el césped en diagonal para dirigirme hacia allí, por lo que pasé junto al campanario.
Encontré un seto detrás del que esconderme, desde donde veía la puerta con claridad y a cualquiera que se acercara.
El viento sacudía los arbustos y las nubes se deslizaban poco a poco sobre la luna, oscureciendo aún más el sombrío y escasamente iluminado patio.
El ambiente no podía ser más gótico y, cuando vi que una persona alta y con un hábito de monje avanzaba por el camino, resultó tan espeluznante que contuve un escalofrío.
Instantes después, se impuso la triste realidad y tuve que reprimir un gruñido: quien fuera llevaba la capucha puesta, de modo que no podía verle la cara. ¿Y ahora qué? Abrí un huequito entre los arbustos para ver si lograba atisbar la nariz, la boca, lo que fuera.
El hábito se mecía al paso del monje, que continuó su camino. Ya casi había llegado a la puerta. Dos minutos más y la habría cruzado.
No me quedaba otra alternativa. Pese a que le había prometido a Daisy que no lo haría, tendría que salir de mi escondite y hablar con el monje.
La figura encapuchada se dispuso a abrir la puerta, que quedaba a unos tres metros de mí, y corrí al camino, como si no hubiera salido de entre los arbustos.
—¡Un momento! —le pedí—. Espera, ¿vas a salir?
Mi plan consistía en hacer ver que no sabía si la puerta estaba cerrada por dentro. Las visitas tenían que entrar y salir por la principal, donde se encontraba el bedel.
El monje se dio la vuelta y la capucha le cayó hacia atrás. Unos rizos pelirrojos brillaron a la tenue luz de una farola.
Wesley.